Mario Vega, el poeta que "vive en tensión con las sílabas no contadas"

viernes, 13 de diciembre de 2019 · 21:04

 

(Por Pedro Solans) El presente poético español está más vivo que nunca, camina por las grandes avenidas, en las ciudades donde los sótanos están a la vista. Es cuestión de advertir las señales que llevan a los lugares donde los poetas hablan de tensiones de los tiempos, donde discuten por las generaciones perdidas, donde evocan a las noches de sus maestros.

En uno de esos sótanos que el otoño madrileño sacó por azar a superficie el poeta asturiano Mario Vega levantó la voz de “La mala conciencia”. Un libro editado por Hiperión y cantado por los que saben de exquisiteces.

Traía bajo el brazo un prestigioso reconocimiento, un premio valenciano, pero demostraba que no se había olvidado del sueño sagrado, de los recuerdos, y de ese murmullo de sabiduría que dejaron como legado los maestros de nuestra lengua.

Vega que hace gala de su insatisfacción y apuesta a la premura como si supiera que la finitud no espera es un poeta de la “conversa,” es decir que conversa, hace periodismo en verso, usa el género epistolar, y construye su poesía con todos los elementos que tiene a su alcance, diría que hasta con el smog, el griterío, y la grasa de las capitales. No se escapa, ni usa metáforas para embellecer sus días; muy por el contrario, escribe desde un lugar y para todos, poniendo si es necesario su cuerpo, poniendo en cada letra en cada sílaba lo necesario.

En su libro “La mala conciencia” rondan como mojones de luz los fantasmas expertos en palabras preñadas, desde Francisco de Quevedo y Rocío Acebal hasta Blas de Otero, que ayudan a ver y buscar los misterios de la realidad que a veces se torna roja y en otras ocasiones se torna azul como el péndulo de los días en que el poeta escribe.

Nada es ajeno en la poesía de Vega, este asturiano nacido en Oviedo, en 1992, ni el cielo que mira de vez en cuando ni la mar que lo moja ni la tierra que se mueve al ritmo de sus versos.

 

  GENERACIÓN PERDIDA

 

Mis amigos poetas

tienen más versos que autoestima, viven

en ciudades de luz o en ciudades históricas,

o acaso en ciudades donde hay

tertulias y certámenes. A veces

habitan en ciudades

que pesan al futuro y otras veces

en ciudades de nada.

Mis amigos poetas

no matan a su padre ni le tuercen

el cuello a ningún crítico

ni se ponen la capa de poeta

ni van al Forum Magnum a lanzar

proféticos augurios

ni muestran sus heridas redundantes.

Mis amigos poetas

hablan de burlas, del dolor privado

que ellos no conocen,

dan sus mejores versos por conta

las vacaciones de la clase media

y comen macarrones, bocadillos,

usan tacones o corbata y traje

si es estrictamente necesario

y sufren de una cómoda escasez.

Leed a mis amigos,

de cuanto compartí con ellos

al calor de la noche

en las ciudades que nos son ajenas,

en días que nos van dejando fríos,

cada vez más mentira,

cada vez más recuerdo.

Y ahora paro porque sudo y creo

que me estoy afectando

y creo, me parece, que os escribo

para dejarme escrito,

con voz tan insincera a veces

y a veces demasiado tierna.

Que de Mario me viene esta costumbre

que se va haciendo incómoda: vivir

en sílabas contadas.

De los Vega la tradición de ser

más pesado que un tren de cercanías.

De mi madre heredé el astigmatismo.

Y os escribo pensando en la ciudad

desde la que os escribo —ahora en las afueras—:

una ciudad con cuestas, llena de soportales

ruinas de una pequeña burguesía.

Yo quiero que sepáis de mis amigos

que no se consideran ya poetas,

que escribieron tal día como hoy

28 de abril de 2019

el cielo en calma —día de elecciones—

mientras resuena una radial lejana

y pasa un gordo con su perro gordo,

pasa un niño tullido, pasa el día,

pasa un escarabajo pelotero

y permanece la retama enfrente,

la grúa y los grafiti.

Yo os llamo amigos tan lejanos, desde

estos malos poemas

—anticipo adjetivo para ahorrar

molestias a la nueva poesía—,

y mi llamada es una promesa,

palabras de derrota esperanzada

para malos poetas:

la tribu con la marca de Caín.

Solo pongo palabras y ya el resto

lo escribiréis vosotros.

 

 

 

LA CLASE OBRERA VA AL PARAÍSO

 

Brilla en un nuevo día

el sol de la ciudad,

igual que el primer día en que llegué

y nada cambia en ella.

La gente viaja en metro,

acude a la llamada:

A derrumbar el muro y ver la niebla.

 

Caminan por las calles,

van a comprar o al cine, cogen taxis

o el autobús nocturno,

beben en bares, bailan en las salas

de baile y humo, y luego

tienen sexo en sus casas,

o en hoteles que saben

de multitud de noches de una noche.

 

Qué bien hecho está el mundo

si no fuera por esos que se empeñan

en dormir en el suelo,

buscar en la basura, padecer

miseria y hambre. Sucios y tan fétidos,

solos muriendo en una calle sola

mientras la gente pasa indiferente.

 

No puede ser.

Es una broma absurda que no cuentan,

y al caer la noche

van a sus casas, cenan

suculentos manjares,

mientras la gente pasa indiferente.

 

Camino igual que todos a su lado.

—Es una broma— me convenzo y río,

¿cómo si no pasar desviando la mirada?

No puede ser, seguro es una broma.

 

No puede ser.

                         Habría

que estar hecho de hielo.

 

(poemas del libro La mala conciencia. Editorial Hiperión. Madrid. 2019)

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