"Yo pude salvar a Lorca" de Víctor Amela

El libro que necesitaba el crimen del poeta

domingo, 29 de diciembre de 2019 · 16:13

-Pedro Jorge Solans.-De todas las maneras de morir, los crímenes son los que encierran los misterios más intrincados de la convivencia humana en este mundo de instantes.

Todo crimen debería tener su escritor para conocernos un poco más antes de morirnos, y palpar como hacen los ciegos cuando se acercan al peligro. Y luego, experimentar las emociones que hacen de nosotros lo que somos.

Las indagaciones de los secretos, de las tensiones, y de cuántas manifestaciones de maldad, de perversión, de ignorancia y de miedos que existen en un crimen, ofrecen excelentes tramas investigativas. Pero si quien hace una buena investigación, es un novelista como Víctor Amela, lo policial se transforma en arte; y allí, el lector se involucra en lo sucedido a través de lo que le produce la belleza de la narración.

Muchas enseñanzas nos dejaron las grandes obras que abordaron crímenes. Recuerdo entre varios haber quedado prendado con “A Sangre fría”, de Truman Capote, y con “Operación Masacre”, de Rodolfo Walsh. Sin embargo, debo reconocer que la novela “Yo pude salvar a Lorca” de Amela, -que recibiera un ejemplar gracias a la generosidad de mi amigo el poeta Chema Cotarelo-, me produjo una sensación maravillosamente compleja.

Mi primera lectura fue en la casa de Chema, en Maracena durante el otoño europeo y estuvo enfocada en saciar mi morbosidad: Quería saber algo más del crimen.

¿Quién había disparado? ¿Dónde están sus restos? ¿Cómo era su relación con sus vecinos de Granada?

Con esa lectura regresé a Argentina donde terminé leyendo por segunda vez las casi quinientas páginas.

 

A pesar de las altas temperaturas del verano en Córdoba, mi lectura siguió con el entorno de las calles del Albaicín, los campos de la Alpujarra, imaginándome la Granada pos guerra civil, donde el silencio y los secretos familiares disimulaban represiones, suponiéndome la Granada que vio Agustín Peñón, cuando llegó a la ciudad para documentarse sobre el crimen y escribir un libro sobre Federico. (Páginas 420 y 421)

Peñón fue invitado a una cena en homenaje a Pepe Rosales, Pepiniqui, en un restaurante céntrico y se cayeron bien los dos. Agustín accedió a decir unas palabras tras compartir con los comensales granadinos presentes y vencer su pudor:

“_¡Gracias por permitirme compartir este acto de amistad hacia vuestro incomparable Pepiniqui!¡Gracias por conservar España como el hermoso país que es!¡Gracias por el milagro de Granada!

_¡Olé! -vitorearon varias gargantas, entre un mar de aplausos y ovaciones.

Agustín se embriagó de su éxito al oír tantos vítores y aplausos, la situación le pareció propicia y liberó lo que palpitaba en lo más hondo de su ser:

_Y gracias muy especialmente a España, y sobre todo a Granada, por haber enriquecido al mundo con el mejor poeta que jamás ha existido: ¡Federico García Lorca!

El silencio que se hizo Agustín nunca lo olvidará…”

 Yo leía la novela imaginándome a esos granadinos, buscando los culpables y los cómplices según otros algoritmos. Pero con el tiempo y el cambio de hemisferio la obra de Amela se había transformado en una manifestación artística.

Los escritos de Amela empezaron a develarme que los misterios del crimen de Federico García Lorca son los de las innumerables disputas cotidianas y miserables que generaron sus propias guerras dentro de una mayor, cruel y sangrienta que fue el escenario perfecto para matar un mundo que aún habla en versos y cuyo nombre pertenece a la humanidad.

Para presentar un gran secreto familiar, una verdad oculta, un destino, se puede remitir a la contratapa del libro editado por booket, Editorial Planeta (2018): “Manuel Bonilla, campesino de la Alpujarra, le revela un día a su nieto Víctor, de once años, que pudo salvar a Federico García Lorca. Así arranca una historia real que atraviesa los silencios de dos familias a partir de 1936, una peripecia que sobrevuela siete decenios desde Granada de la guerra hasta Barcelona, un relato hilvanado por la luz que Lorca infundió en los corazones de los que lo conocieron, sangrantes de admiración moral más allá de la vida y la muerte.”  

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