Cuando el poeta nos recibió en su bar

domingo, 08 de diciembre de 2019 · 15:07

La noche enfriaba la bebida. El escenario era un conjunto de mesas ocupadas por amigos asomados a una bohemia que no entiende de veganos ni de bebidas sin alcohol.

En un rincón se habían puesto a dialogar el silencio de las violas a la espera que la llamen. Tito Acevedo se sentía como en su casa. Tonos y toneles fue un boliche mítico de la ciudad de Córdoba pero ahora es un libro. Sí, un bar transformado en ejemplares de papel y tinta.

Ahí se lo ve leído por los que se buscan, por los que quieren saber qué pasaba, qué se escuchaba en los mostradores y en las barras de aquellos años donde podías compartir la copa con un león pero también podías ser detenido por portación de poesía.

Eran madrugadas donde beber era un milagro y un riesgo, y escuchar buena música era necesario aunque costara lo que costase.

Este sábado en Santo Diablo, con mucha gente, se presentó el poeta y su libro. Fue una celebración, una misa canyengue, por suerte esta vez, Luli no pudo cobrarle la entrada a nadie, menos a Mario Luna, y el Cuchi Leguizamón estaba distraído. 

Fue una linda noche para brindar con sidra, ver cómo un joven Marino Coufis la descoce en danza griega, bailó "Yembequico y Zorba". Fue linda noche para que Luis Tórtolo rescatara imágenes con su particular lente y retratase a los fantasmas que rondaban. Rondaban pidiéndole copas fiadas a Cristina Carbone.

En una vuelta de estrellas, Alejandro Barbeito salía de su vaina para diseñar los sueños que ya no estaban como la nueva trova.

Fue una linda noche para escuchar al "monaguillo de la dormida" -sic del gordo Ábalos- Alberto Muñoz en los clásicos de otro grande de las noches como fue Facundo Cabral, un tango a dúo y unos temas colectivos.

Ya había empezado la ronda a lo Tonos y Toneles. Apareció el charango y un tributo a nuestros hermanos bolivianos, -no al golpe de Estado- y Reyna Carbone, y Cristina Carbone, y Hudo Dezorzi, y Juan Cuello con sus pinceladas de la barriada carlospacense, y Marino Coufis.    

Y el poeta en su salsa, recordando historias y contando las metáforas callejeras que nutre su huella. Dios, el Diablo y Rasputín  coincidieron en el asombro de ver cómo un maestro puede transformar un bar en un libro. Género raro para estos tiempos que se viven.

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