Tinta, la luz, de Stavros Guirguenis

domingo, 8 de diciembre de 2019 · 15:18

Por José Mª Cotarelo Asturias

(Poeta y dramaturgo.)

Granada.- España

 

Me llega, providencial como la lluvia de esta tarde, un regalo caído del cielo, desde la bella Tesalónica: el poemario de Satvros Guirguenis traducido por José Antonio Moreno Jurado, “Tinta, la luz” y editado por la editorial sevillana Padilla Libros Editores y Libreros en el marco de la colección poética de autores griegos contemporáneos “El árbol de la luz”, (edición de 2019)

Stavros, que es traductor del griego al español, es también doctor en filología griega antigua por la Universidad Aristotélica de Tesalónica. Cuenta ya con cuatro libros de poemas y entre sus traducciones cabe destacar el volumen comentado del Evangelio Apócrifo de Tomás (Ed. Zitros, 2006). Tiene entre otros muchos proyectos la edición de un tomo de la poeta americana Nora May French (1881-1907) y otro sobre David Park Barnitz ( 1878-1901).

Ya antes de comenzar a leer el libro, uno tiene la sensación de que, detrás de la portada, entre el ramaje del bosque que nos espera, va a encontrar antiguas esencias, ocultas claves para las que el poeta nos pide que “glosemos todos juntos lo inaccesible”. Es une edición hermosa, tratada con cariño, como corresponde a la firma Padilla Libreros. Pero, cuando, se apartan las primeras ramas de los largos brazos del árbol encantado, donde canta el pájaro y “el sol apenas alcanza/ a ensangrentar una órbita en el cielo…” uno no deja de sentirse fascinado, atraído por la música que desprenden sus versos.

Stavros lo mismo nos habla de ontología urbana que de la luna llena, de la vivienda de los atridas, de la tierra de Emacia, las formas del logos o de la huida. Toca las cosas de este lado desde la vertiente mágica donde la poesía se recrea y se siente traductor, traducido. “¡Cómo concluimos cada uno en otro punto!” Acaso la poesía es también eso; encontrase en un poema, en un verso, en una palabra, en un punto y dejar que surja la luz, esa luz poderosa que alumbra con asombrosa persistencia, con una fuerza desconocida y en cuyo murmullo de caracola, resuenan libros, cantos, aunque “la corriente del recuerdo es insegura como el amor” y haya que preguntarse “¿a dónde va toda esa música perdida?

Un poeta se pregunta, siempre se pregunta; trata de saber que hay más allá del símbolo, del objeto, de la memoria. Un poeta tiene obligaciones para consigo y para con el mundo, más allá de los poemas, más allá de sus especulaciones filosóficas o metafísicas. El poeta debe saber que las letras son portadoras de energía, que, al conformarse en palabras, despiertan sentimientos que subyacen en el origen del ser, de su esencia inmortal, y despiertan también la magia, las sagradas formas de la vieja vida anterior. Por eso la poesía nos eleva a una percepción extrasensorial, a una comunicación superior, oculta a veces, como en la portada de “Tinta, la luz” en ajaracas, hasta que, páginas adentro, el espíritu y la materia se armonizan, se entrelazan, nos confunden y elevan. Es entonces que es fácil conversar secretamente con las estrellas. La palabra elige al lector (y al poeta) lo mismo que la golondrina al ciprés y este a los lirios, el ruiseñor al almendro y este a las rosas para que el canto de los pájaros armonice con las flores, pues, es sabido que su trino influye en el metabolismo de los vegetales, del corazón en el que alguna vez se mezclaron hombre y naturaleza. Y se confundieron, como en un poema.

Stavros se sabe poseedor de una cultura antigua, de donde bebemos los que por el mundo andamos; sus palabras nacen de esas raíces, de esa gravitación y se nota en el surco de sus páginas, en sus evocaciones, en sus referencias: “Yo mismo preparé la cicuta:/ quien quiere llamarse libre/ debe ser señor incluso/ de su traición”.

En “Pequeño poema socrático”, el filósofo que no bebe demasiado, cuando ya todos se habían rendido por el vino, “sacó de los pliegues de su ropa,/ del gastado abrigo de la palabra/ una botella de Whisky para los elegidos/ y bebió con su daimon.” Quizá el maestro, vaso de Whisky en mano, quería “descender a las profundidades de sí mismo para lograr ver su alma buena”. De ese vaso también parece haber bebido Guirguenis, y descendido a esa profundidad de la memoria para emerger como lava ardiente para apagar su corazón en el mar de sus lectores: “¿cómo cantará la incompleta melodía de las aguas?” Stavros vive cada palabra, siente cada fragmento de poema como hijo suyo, lo interioriza y lo devuelve al orbe como fragmento del gran poema indefinido que parece perseguirnos “hasta el primer momento en que la palabra/ se irradie por lo más recóndito de lo recóndito,/ en tu pensamiento” o “ como pozo que hizo subir el sol desde su interior/ e hizo rodar en el cielo/ tinta, la luz”.

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