“La doctora es ella”

martes, 12 de marzo de 2019 · 12:58

Se recibió de médica en Córdoba y consagró su profesión a la salud pública. La marginaron por su origen boliviano. Pedro J. Solans cuenta su historia.

Por Pedro Jorge Solans, desde Carlos Paz /El Furgón –

El barrio Clínicas era un fogón encendido en la Córdoba de los años ’60 y principios de los ’70. Alrededor del hospital que le diera nombre a esta zona de Alberdi, las guitarras sonaban como llamados en cada pensión estudiantil. Las zambas, las chacareras y los valses se mezclaban sin pruritos con las discusiones políticas, en las largas tertulias con que se esperaban los amaneceres. En ese tiempo, el Chango Rodríguez anticipó lo que se vendría con su zamba “Luna cautiva”.

María Teresa García Mesa recibió su matrícula de médica cirujana en ese ambiente tras batallar contra la escasez. Había llegado desde su Cochabamba natal con un puñado de hojas de coca, un bolsito de ropa y los gastos básicos apenas cubiertos con el sudor de su familia. En pocos años sintió que Córdoba era su lugar.

Con el guardapolvo blanco y su flamante diploma juró en una guitarreada, que se había armado en su casa, muy cerca de la cancha del Club Atlético Belgrano, que jamás ejercería en la medicina privada; y con esas convicciones, ingresó a trabajar en el dispensario de Villa Páez.

La trayectoria de María Teresa fue impecable por su compromiso con los enfermos. Su figura andina, diminuta, con sus trenzas mimándole la espalda, se agrandaba cuando las papas quemaban en las terapias intensivas de los grandes hospitales cordobeses. Trabajó en casi todos. En el Misericordia, le decían “cariñosamente” Boli por Bolita; en el de Emergencia, la conocían como “La Negra”, y en el Tránsito Cáceres de Allende, solamente la llamaban “la Peti”, por petisa. Pero en el ambiente hospitalario se había ganado su lugar por el compañerismo, la sensibilidad, el conocimiento, la preocupación por sus pacientes y por esa prepotencia de trabajo que imponía con la misma alegría con que bailaba la saya afro boliviana.

Durante la dictadura militar no la pasó muy bien. Cada tanto debía enfrentar rigurosos interrogatorios emanados de la superioridad sanitaria. Ella está convencida que se salvó de vivir episodios peores porque a los militares encargados de la Salud Pública de Córdoba los frenaba su doble apellido.

Una mañana, de casualidad, escuchó decir al coronel médico Juan Carlos Zelarrayán; “esa coyita, García Mesa, capaz que sea pariente del presidente de Bolivia (Luis) García Meza. Sino, no me explico qué hace acá.”

Ella se las ingenió para que no se enterasen que había escuchado. Pasaron los años y se reía porque ella era García Mesa, y no García Meza como se llamaba el dictador boliviano.

Entre los noventa también sufrió mucho porque se angustiaba en demasía con lo que estaba pasando. Le costaba aceptar cómo estaban desmantelando culturalmente al barrio Clínicas. Desaparecían las pensiones y los hospedajes y emergían los grandes rascacielos. Se desesperaba ante el éxodo de los estudiantes hacia la zona residencial de Nueva Córdoba.

En los primeros años del siglo veintiuno había adquirido el hábito de frecuentar bares, alternaba entre el desaparecido Unión y el Sorocabana, donde bebía café para enredarse con la nostalgia. Buscaba a quién contarle cómo los estudiantes habían dejado el glorioso barrio Clínicas, el de la Reforma Universitaria, el del Cordobazo, para vivir en departamentos con amenities; y rezongaba, porque los futuros profesionales llegaban a Córdoba con automóviles y novias o novios incluidos, y utilizaban lo menos posible los servicios públicos, atentando contra la integración.

 

 

Se asombraba cómo la Casa de Altos Estudios fundada en 1613, una de las más antiguas del país y una de las primeras de América, cuya enseñanza era libre, gratuita y laica, sentía los duros golpes que le asestaba la proliferación de universidades privadas.

En el 2014, mientras ejercía en el ámbito municipal, el gobierno del radical Ramón Mestre la quiso jubilar como jefa del área de consultores externos. Ella se negó pese a que cumplimentaba todos los requisitos para acogerse a la jubilación.

Su actitud fue castigada con los métodos que se castiga en los sistemas perversos. Fue trasladada al servicio de emergencia donde debía hacer guardias de veinticuatro horas.

Una madrugada, mientras estaba de servicio, una familia acomodada económicamente que vivía en un condominio cerrado del barrio Urca, ubicado en la zona noroeste de la ciudad, tuvo que llamar de urgencia al hospital, porque no tuvo respuesta de su Obra Social Privada, (O.S.P.C.), y el caso ameritaba que saliera la ambulancia a domicilio.

En veinte minutos, María Teresa acompañada por un enfermero, esbelto, rubio, de ojos claros, llegó a la finca ubicada en la avenida Emilio Lamarca. La señora de la casa que había hecho el llamado, era, entre otras cosas, docente de la Universidad Nacional, educada y amable, los invitó a entrar. “Pase, doctor, dijo”. El hombre respondió: “Disculpe señora, yo soy el enfermero. La doctora es ella.”

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