Taramundi vence el olvido

sábado, 09 de marzo de 2019 · 09:37

(En homenaje al poeta José María Cotarelo Asturias)

 

Por: Pedro Jorge Solans

 

 

Miles de caminos invisibles van hacia lugares que sólo aparecen en sueños,

en esos sueños que amanecen en noches de vigilia,

cuando la luna canta en idiomas de edades de bronce o de agua.

Son huellas que no sé en qué tiempo los vagabundos celtas

dejaron para que pueblos labraran horizontes

con la belleza de las praderas.

Ellos sabían de la fertilidad de los vientos,

por eso llegaron a Nío,

donde supieron sembrar en la nieve

bajo cielos con ojos abiertos.

Ellos presentían que iba a ver un amanecer

para Nìo,

que iba a ser el pesebre de un poeta.

 

Como la del Agua,

como la de los Ferreiros,

como la de los Molinos,

como la de Os Teixos,

 como la de Ouroso

 y la de Erioá,

las rutas de Taramundi sólo son de regresos.

 

En Taramundi me ofrecieron el corazón

y he bebido en el cáliz de la amistad,

y he comido en la casa de César

los manjares de Fina.

He celebrado el encuentro

en la parroquia nevada de Eduardo Vijande Lombardía.

He visto la sonrisa de la muerte en la iglesia de San Martín

cuando los vecinos despedían a otros vecinos

que se llevaban el siglo XVIII a cuestas

para el camposanto.

Los vi. Los viajeros eran acompañados por cada vecino con su flor.

Iban con flores, pinturas y esculturas de piedra,

de amores no resueltos, esculturas de penas

como el Carbayo do Poyo,

en roble de historia.

 

En Taramundi se celebra la mirada a los ojos,

el abrazo fuerte y el apretón de mano.

Todo es fruto artesanal

Como en la Casona de Villanueva de Bres,

frutos de aquellas manos gélidas que siguen moldeando

esperanzas con las aguas aldeanas

de un río que desde su nacimiento no tiene fin.

Ahí está elegante la aldea de Teixois como capitana

de la arquitectura popular con los ingenios hidráulicos y un afilador, o un molino

como aquellos de los caballeros de la eternidad.

 

No hay nostalgia que envuelva la generosidad

de los taramundeses,

y no hay más luz que la que entregan los corazones

que viven cuando los visitantes contemplan las praderas.

Ellos querían ver cómo era el otro lado de la montaña  
 

y se asomaban a las ventanas en los días de tormentas

y eran bendecidos por los relámpagos

que bajaban del cielo maravilloso de lo sembrado.

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