Crímenes en sangre

Por Pedro Jorge Solans | Parte 1 (Extraído del libro Crímenes en sangre) Foto Melitona Enrique de Santiago Solans.
miércoles, 19 de junio de 2019 · 17:11

La sobreviviente y el silencio de Napalpi
¿Acaso la memoria sigue la línea del tiempo?

Silencio.
Melitona Enrique también apeló al silencio para salvarse. Tuvo su prueba de fuego cuando la arrastraron hacia el corazón del monte bajo la balacera policial. Tenía que aguantar el dolor. 
Las espinas, los arbustos y no sé cuántas cosas más, marcaron su cuerpo como en una yerra. Nada podía ser más fuerte que su vida. 
Sólo gesto. Nada de gritos. Nada de llantos. 
Nada.
Su tío le dijo que el silencio era tan importante como esconderse. Si era necesario había que olvidar. 
No había que volver. El llamado del santón no sonaba bien. No era el latido de los dioses; sino que parecía gemido, gemido ahogado de dolor, dolor de un corazón gigante que soportaba picotazos de cuervos.
De cuervos blancos. 
En el Aguará el cielo era tristón, y ahí, sí que no llovía. Apenas si el agua salpicaba.
Ella, una hermosa joven toba, de 23 años, no sabía cómo borrar lo sucedido esa mañana, esa mañana de sábado, sábado neblinoso.
Ese 19 de julio de 1924, sangriento, cuando esos hombres blancos, shegua lapagaic kabemaic, mataban y mataban desde un aparato que volaba. Aquellos labios de aquellas bocas con aquellas dentaduras. 
Aquellos hombres blancos, shegua lapagaic kabemaic, hombres blancos con gafas negras, que miraban y se reían desde arriba.
¡Cómo olvidarlo!
Se reían como diablos, y gritaban como lobos. 
Abrían la boca… Abrían la boca. 
Se reían y festejaban cuando caían los niños con miradas desgarradoras, tropezando con mocos y estallando contra el suelo.
Se reían y festejaban cuando caían las mujeres con muecas de dolor, con los pechos repletos de savia, desgarrados, revolcándose en la tierra, escapándose del barro de sangre, sudor y miseria.
Se reían y festejaban cuando caían los ancianos con sus brazos abiertos pidiendo clemencia para su gente.
¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo! 
Y después los policías a caballo que disparaban. Era un concierto de desgracias. Y los de a pie que degollaban con tanta furia que los uniformes reventaban. 
No parecían seres humanos. 
¿O sí? 
¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo!

Pero el miedo arrancó el párrafo más triste, insoportablemente triste.
Fue inclinando despacito la cabeza 
Silencio con la cabeza baja.
¿Vergüenza?
¿Respeto?
¿Angustia?

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