César León Vargas

Desde la voz como epitafio a una vida quieta

domingo, 11 de octubre de 2020 · 15:11

“La vida quieta” es el libro-estatua que falta en la ciudad de Córdoba, la que puede ser el faro treinta mil veces destruido, a orillas de un río sediento o de una cañada inmortal. 

“La vida quieta” es un largo verso de un poeta que no se rinde, aún cuando se agita recordando, apuntándote con ojos de mirada fija, que no deja de hurguetear la memoria, que no deja de meter el dedo en la llaga.

En el libro de César León Vargas, el verso se multiplica y se hace poema enlazando una puta de bronce en plaza Italia con la que habitaba una de las pequeñas plazoletas de Avenida Vélez Sársfield y Boulevard San Juan y con las tantas caperucitas rojas, nuestras caperucitas asesinadas por el patriarcado que nos habita. 

Fui testigo cuando el poeta vio a Eva en la gran plaza del Chaco.

Recuerdo haberlo escuchado rodeado de fantasmas decir a Eva en aquella feria del libro de Resistencia: 

“nadie se atrevió a poner en el metal la furia de tu vida

el rayo de tu sangre…”

La mujer de Lot lo miraba.

El poeta se identifica con esa libertad iluminando al mundo, (pág.59), venciendo los obstáculos de cada época heredada o vivida.

Apenas abrí “La vida quieta”, -editado en tiempos de pandemia por el esfuerzo en conjunto de las editoras Babel, Argos y la francesa Reflet de Lettres éditions-, necesité reencontrarme con el autor, con aquel librero de sótanos y calles transitadas por fantasmas; y me tomé el tiempo necesario, y repasé “El escriba de los epitafios” un libro publicado en 1990, porque intuí que había una intangible e incorregible continuidad del fervor misionero del poeta en favor de la vida colectiva, en la insistencia de bregar por lo comunitario, ese legado de nuestros muertos y muertas.

Y más tranquilo, leí lo escrito por la genial María Teresa Andruetto, estampado en la contratapa y abrí menos ansioso el libro esperado. El sentido de las palabras estaba intacto.

Leí en cada estatua, la dignidad estoica de quien levanta banderas para mañana.

Y fue un placer la lectura.

Leer a Vargas es leerse así mismo en la Córdoba de todos los tiempos. Es caminar sobre nuestros héroes, las dignas prostitutas, las metáforas de nuestra sangre.

Es marchar detrás de Roque Dalton por la avenida general Paz, compartir una caminata con Mario Benedetti por la avenida Colón, marchar con Alfonsina Storni por avenida Irigoyen, buscarle cigarrillos a Glauce Baldovin o acompañar a Raquel Sáenz, (á) Aspasia, hasta el puerto de los sueños bajo el puente Centenario.

Vargas tiene el oficio de poeta mimetizado, es un panadero que amasa las palabras para describir lo vivido entre todos, el hambre, la escasez, el vaso de vino y el grito argentino de ¡Viva Perón!

Qué otra frase puede gritar un niño de cualquier calle argentina que ve tantas estatuas que no le pertenecen y que un poeta se las pinta para comprender que son las que son, y algunas valen la pena y otras son íconos de lo que nos pasa.   

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