La literatura no es algo individual, y otros apuntes sobre el hecho literario

Por Alejandro Frias (Escritor y periodista)
sábado, 31 de octubre de 2020 · 00:00

Por Alejandro Frias

(Escritor y periodista)

 

Todas las personas, por el solo hecho de ser personas, tenemos algo para decir. Desde que adquirimos cierta noción de nuestro entorno y comenzamos a usar las palabras y a desentrañar lo que esas palabras nos dicen del mundo y cómo nos lo construyen, necesitamos interlocutores, precisamos de los demás para constituirnos como seres con una existencia concreta. Incluso para disfrutar de la soledad o para que se nos condene a la soledad, primero hubo de existir un otro.

Nuestro ser individual se sostiene en las palabras con las que y por las que entendemos el mundo, y nuestro decir, básicamente, se consolida ante la presencia de esa otra entidad equivalente (que, a la vez, tiene el derecho de decir y construir su cosmovisión a partir de las palabras), de esa otra persona, de esas otras personas destinatarias de lo que expresamos, a la vez de que somos destinatarios de las expresiones de los demás.

Sin esa presencia ajena a nosotros que constituye la otredad, ninguna de nuestras acciones tendría más sentido que el de mantener vivo el organismo.

Toda acción humana podría considerarse un mensaje en el cúmulo de millones de mensajes que se emiten y que buscan receptores que interactúen. En definitiva, toda acción humana es un acto de comunicación, y el arte y la literatura no escapan de esta lógica.

Llegamos así, entonces, a la primera cuestión que hace a la manifestación literaria. Si decimos, es para que alguien nos escuche; si escribimos, es para que alguien nos lea.

Dicho así, es necesario contextualizarlo. La acción literaria, el hecho de escribir un poema, un cuento, una novela, la letra de una canción, una obra de teatro, un ensayo, un grafiti, lleva implícita la consecuencia de la lectura de parte de terceros desconocidos, ajenos a nuestra cotidianeidad, sin contacto ni comunicación con el emisor en la mayoría de los casos. El hecho literario es un mensaje al vacío en busca de receptores. Y esta necesidad de lectores (que son los que le dan sentido al texto) encierra una de las primeras trampas en las que suelen caer quienes buscan manifestarse a través de la literatura.

En este sentido, aclaremos que en este trabajo dejaremos de lado las consideraciones sobre la literatura oral, la que dio origen a todo en torno a los fogones nocturnos de las primeras comunidades humanas (cuando cumplía una misión que excedía la mera narración) y que en la actualidad tiene muy buenos representantes en todo el planeta, quienes la ejercen como un arte. Esta bella forma, que combina literatura, teatro y a veces música, no es objeto de análisis aquí, por lo que nos referiremos sólo a la literatura escrita.

Retomemos entonces lo que decíamos. Quienes deciden expresarse a través de la literatura escrita en sus formas afines a la publicación en libros pueden ser, en sus primeros años, presa fácil de negociantes, como consecuencia de la urgencia de tener entre las manos los primeros ejemplares con sus obras.

Este tema tiene dos aristas. La primera, la urgencia de publicar; la segunda, la publicación.

Detengámonos en la primera de estas aristas. Ya dijimos que quien escribe necesita lectores, pero esto no significa que todo lo que se escriba merece un lector. Una afirmación tan dura precisa, tal vez, la aclaración de que la literatura no es algo que nos sale de la noche a la mañana, no es algo que nos nace de repente. No hay posibilidades de que un día tomemos un papel y una lapicera o nos sentemos ante la computadora, escribamos un texto y con eso nos hayamos convertido en escritores. La literatura exige mucho trabajo, y no es una cosa individual como se la ha mostrado desde siempre. La literatura es un hecho humano y, como tal, un hecho que involucra a más de un individuo.

Hay casos excepcionales, como los de Franz Kafka o sor Juana Inés de la Cruz, para quienes la producción literaria era casi automática y, si se nos permite, natural. Pero tanto ellos como los escritores que estudian, prueban, borran, corrigen, descartan y hasta odian sus textos tienen una carga previa que los hace producir buena literatura: la lectura.

Leer a los clásicos y a los contemporáneos, a los locales y a los foráneos, a los dadaístas y a los románticos, leer ciencia ficción y realismo sucio, historias épicas e Historia. Leer es la primera actividad que debe tener un escritor. Y, por supuesto, sus lecturas deben ser infinitamente más que sus producciones escritas. Y esto, que parece una verdad de Perogrullo, es necesario decirlo y destacarlo, porque no son pocos, en la actualidad, quienes tienen la posibilidad de acceder a publicar sus libros y no son buenos lectores, o peor, no son el tipo de lectores que cualquier trabajo con la palabra requiere.

Y para escribir literatura no alcanza solo con tener ganas de decir. Escribir literatura implica tener algo para decir pero también tener un cómo decirlo, definir formas y estéticas, tomar decisiones respecto de cada palabra que se usa, saber qué dijeron otros sobre lo que yo quiero expresar, quiénes y cuándo lo dijeron, leerlos, leer y leernos.

Vamos a una obviedad: muchos de quienes lean este texto habrán vivido la experiencia de que alguien les dijo “mi vida es como para escribir una novela”. Puede ser, toda vida es materia prima para una novela. El problema es que nos será muy difícil escuchar a alguien decir “mi vida es como para grabar un disco”, “mi vida es como para escribir una ópera”, “mi vida es como para rodar una película” o “mi vida es como para contarla en un mural”. Y por qué nadie recurre a las artes plásticas, al cine o la música para contar sus vidas, pues porque pareciera que escribir un libro es sólo sentarse ante la computadora y empezar a teclear, mientras que para hacer una película, un mural o una ópera hay que estudiar años y años y años.

Entonces, volvamos a lo que decíamos más arriba: escribir, sentarse a producir un texto literario, es un acto individual, pero la literatura es un hecho social que involucra a otra gente, otros tiempos, otros espacios.

Podemos escribir un texto literario (es decir, no solo juntar palabras una tras otra) cuando por fin hemos entendido que la producción escrita no es el resultado de una iluminación sino del trabajo. La literatura exige trabajo.

Esto no niega de ninguna manera la inspiración. Cualquiera puede tener una magnífica idea para convertirla en relato o en poema, pero la técnica con la que esa idea es llevada al texto es lo que definirá si estamos hablando de literatura o de anotaciones más propias de un diario personal.

El texto literario, salvo en casos excepcionales, es el resultado de un arduo trabajo de escritura, revisión, corrección y también de intercambio.

Es un acto de soberbia publicar un texto sin que este haya sido sometido previamente a una lectura crítica, a la mirada de esas personas en las que confiamos que puedan, con su aporte, con sus observaciones (a favor de lo que escribimos o en contra), enriquecer el trabajo.

Este es el momento en el que quienes pretenden el aplauso fácil y se refugian en la literatura como en un espacio de individualismo deben dejar de leer y dedicarse a seguir escribiendo en la “soledad del escritor”, en el convencimiento de que lo que hacen es único y, como tal, no necesita la mirada crítica de terceros, sino el aplauso de foca de los aduladores.

Sigamos adelante, entonces, con quienes asumen que la literatura no es un hecho ajeno a su tiempo, a su espacio y, consecuentemente, a su gente. Sigamos adelante con quienes pueden reconocer en la literatura un hecho de conjunto y no la acción iluminada de cuasimesías.

Llegamos así, después de habernos tomado el tiempo necesario (no nos apuremos, por favor, no nos apuremos a terminar un escrito), luego de correcciones, revisiones, alteraciones, cambios, a estar ante la presencia de un texto literario, que puede ser un poema, un cuento, una colección de poemas o de cuentos, una novela… Un texto que desea ser publicado, un texto que deseamos publicar. Y comienza aquí lo que más arriba denominamos “una de las primeras trampas” para quienes escriben.

Con el texto bajo el brazo se sale a buscar a alguien que quiera publicarlo. Por supuesto, hay quienes pueden llegar a medianas o grandes editoriales, hay quienes logran que una pequeña editorial se interese en su trabajo y hay quienes, por opción o por no disponer de otra alternativa, acceden a la publicación autogestiva.

Y como este es un tema espinoso, trataremos de ir despacio, pero no evitaremos llamar por su nombre a los piratas que dicen dirigir o ser dueños de una editorial y que no son más que intermediarios entre los escritores y las imprentas.

¿Cuál es el trabajo de una editorial? Sintéticamente: recibir los textos, analizarlos, decidir si son publicables o no, en caso de que sean publicables, firmar los contratos con los autores, editar y corregir, enviar la obra a diseño, tramitar el ISBN, publicar los ejemplares, darlos a conocer a través de la prensa o por los canales que use habitualmente, distribuir los libros y, de acuerdo a lo que en el contrato se haya estipulado, pagar las regalías a los escritores.

Pasos más, pasos menos, esto podrá vivirlo aquella persona que logre interesar con su material a una editorial. Si esta editorial es grande, mediana o pequeña, las condiciones en general varían en cuanto a que el autor tal vez deba pagar parte de la publicación o no reciba regalías por las ventas y en su lugar acceda a una parte de la tirada… En fin, son muchas las variantes, pero, con matices, el trabajo de una editorial es ese.

Por otro lado están aquellas otras empresas que se promocionan como editoriales pero lo que hacen es solo tener muy bien montado un negocio en el que venden cristales de colores a los incautos, a los desprevenidos, a quienes se apuran por querer publicar un texto y se deslumbran ante el montón de hojas encuadernadas sin ver más allá de eso.

Estas empresas tejen trampas en las que suelen caer quienes están urgidos por publicar. ¿En qué consiste el engaño? Para entenderlo alcanza con repasar la enumeración de acciones de una editorial y compararla con lo que en estos casos se ofrece.

En primer lugar, el costo de la impresión siempre corre por parte de los autores. Pero suele haber otros costos que son cuidadosamente aclarados y que se ofrecen como servicios casi extraordinarios, como algo más que se puede hacer o no, como un plus que demuestra la “calidad” de esas “editoriales”. A los autores, además de la impresión, se les pide dinero por el diseño, dinero por la corrección, dinero por el ISBN y a veces hasta el dinero para el envío de los ejemplares. Además, estas empresas no hacen distribución, por lo que la colocación de los títulos en las librerías corre por cuenta del autor. Pero, eso sí, ofrecen otras cosas como participación de los autores en las ferias del libro, claro que si la feria en cuestión no es en la ciudad en la que vive el autor, este debe correr con los gastos de traslado, hospedaje y demás.

Incluso, estas empresas ofrecen la posibilidad de establecer horarios de “firma de ejemplares” de parte de los autores en las ferias. Y es tan triste ver a estas personas sentadas ante un escritorio a la espera de lectores que vendrán a firmar sus ejemplares… Y allí se pasan una, dos horas, sin firmar un miserable autógrafo.

De estas empresas que se promocionan como “editoriales” hay muchísimas, porque muchísimas son las personas que de un día para otro decidieron ser escritoras y, simplemente, se largaron a juntar palabras.

Ahora bien. Si alguien, además de tener el texto, tiene el dinero para pagar su publicación, la opción es la autogestión. Siempre hay gente dispuesta a aconsejar a quienes desean llevar adelante un proyecto de publicación. Así, el autor puede disponer de buena ayuda a la hora de editar, corregir, diseñar e imprimir su trabajo. La autogestión es una buena opción, e incluso también se puede resolver de este modo la difusión del libro y hasta la distribución. Y si a todo esto le agregamos la posibilidad actual de realizar impresión por demanda, se puede regular la publicación de acuerdo a las necesidades.

Y, como queda claro después de todo lo expuesto, siempre será mejor la autogestión que caer en las garras de los piratas que lucran con la buena voluntad de los autores desprevenidos e impacientes.

Tenemos ya dos temas básicos a considerar respecto de la literatura: el primero, el trabajo del escritor; el segundo, la diferencia entre editorial e intermediaria entre el autor y la imprenta. Dos aspectos, si se quiere, físicos que hacen al hecho literario. Tenemos, por un lado, el texto casi como un objeto (en un archivo digital o en una impresión en papel) y el libro resultante de ese texto.

Ahora sería bueno que nos detuviéramos en algo más intangible pero no por eso menos importante a la hora de hablar de literatura. No estaría nada mal preguntarnos, por un lado, a quién le puede interesar lo que escribimos y, por otro, cuál es nuestro objetivo y el de los textos literarios que producimos.

Recuperemos una frase que más arriba utilizamos para hablar de la literatura como trabajo pero para usarla con otro fin en este momento. Volvamos a aquello de “mi vida es como para escribir una novela”, pero ahora preguntémonos lo siguiente: suponiendo que realmente podemos rescatar un texto literario de una vida en particular, suponiendo que se produce un excelente relato, suponiendo que hemos logrado, al contar esa vida, personalizar un estilo y llamar la atención de una editorial, suponiendo todo eso y varias cosas más que benefician nuestro texto, ¿qué nos puede hacer suponer que a todo el mundo le tiene que interesar lo que escribimos?

Es muy obvio lo que acabamos de preguntarnos, pero desde las obviedades vistas con detenimiento se pueden extraer muy buenas conclusiones.

He sido testigo de nóveles autores (autogestivos o que cayeron en las garras de los intermediarios) llegando con su primer libro bajo el brazo a las librerías para dejar allí ejemplares a la venta. Eso no está mal, por supuesto. Qué favor enorme sería para quienes recién comienzan que una librería exponga en vidriera su libro. Pero lo que es de dudoso anclaje con la realidad es que esos nóveles ofrezcan dejar veinte o más ejemplares en la librería cuando, en general, allí no se venderán más de uno o dos (con suerte, tres).

La pasión, el amor, la vida que cada autor le dedica a sus textos justifican que las expectativas sean altas, explican que alguien piense que la gente quiera correr a comprar sus libros como si fueran pan caliente. Pero la realidad es muy distinta. La realidad nos dice que si no hay un aceitado sistema de promoción de un libro, difícilmente pueda ser vendido de manera masiva o, al menos, de manera de que la obra se conozca más allá del entorno inmediato de quien la produjo.

Entonces, ¿tiramos la toalla y nos dedicamos a otra cosa?

¡No! Definitivamente, no. Esto que detallamos es un problema solo para quienes imaginan que a todo el mundo le interesa lo que escriben. En este sentido, a sabiendas de que hay potenciales lectores para cualquier texto, la solución es salir a la caza de esos lectores, y para eso hay que aprender a reconocer cuáles son los nichos en los que podremos encontrar a nuestros lectores.

Esto, que parece tan complejo, no lo es. Si nuestra producción es poética, hay circuitos poéticos en los que puede interesar nuestra obra. Si nuestra producción es narrativa, hay circuitos narrativos en lo que puede interesar nuestra obra. Un buen acierto puede ser que alguna revista (física o digital), algún blog, algún portal o algún suplemento cultural, entre otros, ponga el ojo en nuestro libro para darle cierta visibilidad.

Asistir a recitales de poesía, encuentros, charlas, presentaciones de libros y demás actividades en torno a la literatura también es una buena vía para identificar los lugares en los que pueden estar nuestros potenciales lectores.

Pero hay algo que no puede faltar en esta búsqueda y es que (y con esto volvemos a la literatura como un hecho colectivo) tenemos que conocer a quienes están escribiendo a nuestra par, a quienes comparten espacio y tiempo con nosotros, a quienes están escribiendo a la vez que lo hacemos y publicando en paralelo. En el conocimiento de esas otras personas que comparten el hecho literario con nosotros está la potencialidad, no solo porque también se pueden convertir en nuestros lectores, sino también porque la convivencia y la interpotencialidad abren puertas.

Esta idea de la búsqueda del nicho de nuestros potenciales lectores no es algo útil solo para nóveles y autogestivos. De hecho, las grandes editoriales, y especialmente las multinacionales, aplican esto a través del uso de varios sellos. Revisen la página web de cualquier editorial, mientras más grande mejor, y verán que manejan varios sellos. Y esto es porque las grandes editoriales saben que hay un nicho (sector) para lectores de autoayuda, otro para lectores de grandes escritores universales, otro para lectores de novelas rosas, otro para lectores de ciencia ficción, y así sucesivamente, de manera que identifican sus materiales agrupándolos bajo un mismo sello.

Llegamos así al último aspecto de la producción literaria que pretendemos abarcar en este trabajo y que hace al objetivo que nos proponemos al escribir. Y en esto hay que ser taxativo y terminante: el único fin válido de la literatura es la misma literatura.

No podemos negar que hay textos literarios que son usados con fines pedagógicos en escuelas, por ejemplo, o como portadores de principios o valores por grupos ecologistas, por citar sólo algunos casos. Y es que hay lectores que encuentran en algún libro una frase, un cuento o un poema que les es útil para su trabajo o sus intenciones. Y también hay escritores que, a la hora de sentarse a producir, piensan en un objetivo determinado para sus textos, por ejemplo, quienes pretenden escribir para que los niños aprendan algo a partir de su literatura.

No podemos negar que hay buenos resultados en casos como estos, pero tampoco podemos negar que la literatura no tiene por qué hacerse cargo de la educación, de la creación de consciencia sobre algún tema, de aspectos que otros profesionales, instituciones y organizaciones tienen como meta.

El fin de la literatura no es pedagógico, y esto es algo que se refleja en la actualidad de los textos literarios destinados a infantes y jóvenes. Hubo un tiempo en el que una narración tenía un objetivo, como el de la transmisión de generación a generación de las tradiciones y de la historia misma de los pueblos (¿recuerdan los textos orales en torno a los fogones nocturnos de los que hablábamos más arriba?). Pero desde hace décadas que lo teleológico de la literatura infanto-juvenil es solo el hecho literario.

Seamos concretos: no se puede pretender que la literatura “deje un mensaje”. La literatura no es un medio, es un fin en sí misma. La literatura es literatura, y en ella se justifica.

Para cerrar, entonces, hagamos un punteo de los cuatro temas por los que pasamos:

-Escribir no significa levantarse un día y ser, desde ese momento, escritor. La literatura exige trabajo, y no sólo individual, sino también colectivo.

-El apuro por publicar nos puede llevar a caer en la trampa de quienes lucran con la inocencia de los novatos. Siempre sería bueno que nuestros textos llamaran la atención de editoriales, pero si no es así, la autogestión es la mejor opción.

-Nuestra obra no tiene por qué interesarle a todo el mundo, por lo tanto, debemos buscar los nichos en los que tenga cabida, y esta búsqueda no es individual, sino conjunta con los contemporáneos.

-La literatura no tiene otro fin que la literatura. Así de corto.

En todo lo que hemos expuesto hay matices, por supuesto. Es decir, las experiencias personales pueden abrir variantes, y el hecho literario abarca otros aspectos que pueden mejorar el trabajo pero que, en todo caso, no eran tema de esta síntesis.

Comentarios