Entrevista a un recién fallecido

martes, 24 de marzo de 2020 · 01:37

Dedicado Sergio De Loof, en mi cumpleaños 61. 

En plena pandemia.

Marzo 2020.

 

 

El mundo se detuvo,

nadie bajó.

Las ciudades vacías

no muestran sus muertos. 

El miedo aferrado a lo desconocido

siempre binario y conspirativo

señala el aire.

Un murciélago despreciable

o un producto

de ingeniería genética.

Quién sabe

más que el virus.

 

(grasa inmunda, algoritmo descontrolado,

misil perdido, láser invisible)

 

El mundo se detuvo.

Aunque volverá a girar

la mitad

sobre su andar

sin sol.

Será otro.

No apures los pasos,

espera que la mirada

alcance el horizonte,

y que la enseñanza

de lo pasado

encarne una voz:

No corras,

puede que tu alma

escape,

y sin alma

no tendrá luz,

y sin luz

Dios no te verá.

 

¡Salud en tiempos inciertos de pandemia al instante, 

querido Bosquín Ortega! Predicador de recuerdos

de diosas de aquella tierra, mi querida Zunilda,

abuela sabia de mi vida.

 

Desde qué rincón del planeta

mirará el recién fallecido.

Desde qué ventana

de las milésimas que existen

asomará

para encender lo nuevo.

 

El universo es intuitivo.

 

El artista no elegirá ventanas,

saldrá por la puerta de la diversidad,

y construirá otro amanecer

 inconfundible.

Mano con su mano

codo con tu codo,

mirada

con la mirada general

ladrillo, y ladrillo, y más ladrillo

desde los escombros

de una escena nocturna.

 

Murió ayer,

o anteayer.

Qué importa,

si la muerte es otra.

 

Habrá sido el virus coronado

de incertidumbre

o un shock séptico

de otras batallas.

Qué polémico,

qué extravagante,

qué bebió

en su microcosmos artístico

de bares

y reductos,

de cambios sociales fascinantes.

 

Se fue en disidencia

con el estilo,

el looks,

el cross dressing

del final.

Pero se fue lo mismo

salvando a las primeras drags 

humeando

de las ruinas.

Le hizo un corte de mangas

a la convivencia conservadora

de conceptos enfermantes:

belleza, verdad, sanidad, limpieza.

 

Murió desafiando los sentidos,

los climas

y la basura humana.

Su vida fue un collage  

y nadie supo

de sus andanzas entre nosotros.

A quién amó;

le pregunté estúpidamente

creyendo en un catecismo

quemado con ginebra en 1987.

 

(recuerdo a Lucas Prodan

 desahuciado en una cama de un conventillo porteño)

 

Amé;

me respondió generosamente, 

a las figuras de plástico

que engalanan las escenografías portátiles.

Esas que visten San Telmo,

el Rastro,

el barrio Güemes

o cualquier mercado de pacotillas,

como los de Cáritas

o del Ejército de Salvación.

 

Fue un sueño

la entrevista realizada

entre tantos muertos

prefabricados,

ploteados a tamaño real

y vendidos en miles de dólares.

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