La Habana, entre amor, arte y copas

El periodista y fotógrafo Santiago Solans ofrece una mirada distinta de la capital cubana a través de ocho fotografías exclusivas en homenaje a sus 500 años
sábado, 28 de marzo de 2020 · 19:35

Por Santiago Solans

(Escritor, periodista y fotógrafo)

 

500 años de luz en el Hotel Nacional

 

El francés que nació en España y se crió y murió en La Habana

La vida del Caballero de París es una de las leyendas urbanas más rica de La Habana. Misterios, sombras, hechos reales asociados a datos ficticios, envuelven la historia fascinante de este personaje habanero.

José María López Lledín era un español, nacido en Lugo, Galicia en diciembre de 1899. Llegó a Cuba a los quince años y trabajó en diferentes oficios.

Según la leyenda se volvió loco después de haber sido condenado a prisión por un delito que no cometió. Al salir de la cárcel comenzó a deambular por las calles.

Con su comportamiento pintoresco y la magia de sus palabras se ganó el afecto de varias generaciones de habaneros.

Construyó su leyenda vagabundeando por el Paseo del Prado, la Avenida del Puerto, la Plaza de Armas; cerca de la Iglesia de Paula; y el Parque Central, donde algunas veces dormía en uno de los bancos; además solía caminar por la calle Muralla, Infanta y San Lázaro y por la esquina de 12 y 23, en el Vedado.

Vestía con capa negra, tenía el cabello largo y barba. Siempre cargaba con muchos papeles y una bolsa con sus pertenencias. Su historia de vida está recogida en un libro del Dr. Luis Calzadilla, titulado Yo soy el Caballero de París.

La periodista María del Carmen Ramón en su artículo Las cuerdas locuras del Caballero de París publicado en la revista digital Cubahora, señala que Calzadilla fue el último especialista en salud mental que lo atendió en el Hospital Psiquiátrico de Mazorra—, “publicó en su libro una copia fotográfica del certificado de nacimiento y la lista de entradas de pasajeros cuando él llegó a Cuba. También contiene un diagnóstico médico, así como los resultados de las pruebas de laboratorio y psiquiátricas y el reporte de su autopsia.

El Caballero confesó a Calzadilla que nunca se había casado, pero que tenía un hijo y una hija de una señora que era secretaria de una compañía azucarera. También le contó que su hijo vivía en Marianao y trabajaba en la radio, y que la madre e hija se habían ido de Cuba.

Acerca de su apodo hay muchas teorías, una de ellas relata que lo obtuvo de una novela francesa. Otra vez dijo a su biógrafo que la gente empezó a llamarlo “El Caballero” en la Acera del Louvre, del Paseo del Prado. A propósito, se dice que trabajó como sirviente de restaurante en los hoteles Inglaterra, Telégrafo, Sevilla, Manhattan, Royal Palm, Salón A y Saratoga.

Quizás, en su mente, la Acera del Louvre equivalía a París. El decía que La Habana era “…muy parisién” y que él era “mosquetero, corsario y caballero de Lagardere".

El Caballero de París falleció el 12 de julio de 1985, en Mazorra, su diagnóstico describe que padecía de parafrenia, considerado como una forma de esquizofrenia, mas no sufría alucinaciones.

Pero su desaparición física de las calles no evitó que continuaran sus andanzas, ahora en el imaginario popular, en el recuerdo y en las leyendas de esa Habana que lo eternizó en bronce y lo evoca en su día.”

 

El mojito de La Bodeguita del Medio

La Bodeguita es ya la bodegona,

que en triunfo al aire su estandarte agita,

más sea bodegona o bodeguita

La Habana de ella con razón blasona.

Hártase bien allí quien bien abona

plata, guano, parné, pastora, guita.

Mas si no tiene un kilo y de hambre grita.

No faltara cuidado a su persona.

La copa en alto, mientras Puebla entona

su canción, y Martínez precipita.

Marejadas de añejo, de otra zona.

Brindo porque la historia se repita,

y porque es ya la bodegona,

nunca deje de ser La bodeguita.

Nicolás Guillén.

 

La noche de La Habana tiene estrellas propias

Desde el balcón del hotel Inglaterra, la noche de La Habana, se traduce en la cúpula del Capitolio y el techo del teatro Alicia Alonso.

 

El viejo y el daiquiri

Qué hubiese escrito Ernest Hemingway sin el daiquiri de La Floridita en su boca y su respiro en La Habana.

 

En las calles brillan lo que saben el oficio de sobrevivir

Las calles son las mejores salas de arte, en ellas convive la humanidad completa. Vive a base de colores, música y poesía.

 

La zorra y el cuervo en Avenida 23.  

Ingresar al local a través de una cabina telefónica roja, al más puro estilo inglés, disfrutando la amabilidad habanera con el portero Ricardo es un toque de distinción.

Y escuchar excelente música afrocubana y jazz con Roberto Fonseca en piano o la hija de Chucho, Leyanis Valdés, entre tantos músicos brillantes de Cuba..

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