Libros sobre libros. Por Tomás Hernández

jueves, 23 de abril de 2020 · 18:53

Libros sobre libros

Por Tomás Hernández

Escritor. Granada España.

                                                                                                A Elena Castrillo y mis amigas del Club de lectura de La Herradura

           

              El libro de actualidad estos meses es probablemente “El infinito en un junco” de la joven escritora Irene Vallejo. Subrayo mucho el ejemplar que nuestro querido amigo Antonio Cantudo le regaló a Almudena allá por el lejano, desde el confinamiento, mes de enero. No voy a desvelar la hermosa metáfora del título por respetar la intimidad entre la autora y sus ya muchísimos lectores. He dicho que es el libro de actualidad estos meses, lo cual es ya sorprendente cuando los libros son en estos tiempos flor de un día y víctimas también de la voracidad de la moda y el consumo. He aludido a la metáfora del título y creo que la autora debió añadir al final una advertencia al lector, como hace Willy Wilder en “Testigo de cargo”. Y he dicho también que leo y subrayo, leo y subrayo porque a cada página hay una sorpresa, un hallazgo, algo que nos conmueve y aprendemos.

            “El infinito en un junco” es un libro sobre otros libros, aunque es mucho más que eso, es un canto de entusiasmo y una investigación rigurosa y amenísima sobre el hecho maravilloso de tener un libro en las manos. Un ensayo de cuatrocientas páginas que se lee con la tensión y el interés de una novela apasionante.

            “Como una novela” tituló Daniel Pennac uno de sus libros, que es una defensa de la lectura en el que cuenta la pena que sintió la noche en que su madre dejó de contarle cuentos antes de dormir porque él ya sabía leer. Aquel maldito aprendizaje rompió el hechizo que había compartido con su madre durante todas las noches de su infancia, y le hizo aborrecer durante un tiempo los libros.

            Pensaba esta mañana en estas cosas, en el duermevela de la primera luz del mar en la ventana. Por eso, cuando me levanté, me acerqué al estante de la pared del dormitorio donde guardo algunos de esos libros cuyo asunto es el libro o sus maneras de leerlo. Luego los he amontonado en la mesa de trabajo mientras pensaba escribir sobre los libros en el día del libro.

            Uno de ellos es el de Adler y van Doren, “Cómo leer un libro” y su detallada descripción de las etapas de la lectura. La primera la llama la “aptitud para la lectura” que los niños manifiestan deletreando los reclamos publicitarios de las calles y los comercios. La segunda es la “lectura independiente”, la soledad del lector de la que habla Pennac. La tercera es la “construcción del vocabulario” en la que “desvelamos el significado de palabras desconocidas mediante las claves del contexto”. La cuarta es la del “refinamiento y la adquisición de las destrezas” para leer más allá de las palabras.

            Están en ese montón de libros en el rincón de la mesa, la extraordinaria “Una historia de la lectura” de Alberto Manguel, que fue lector del ciego Borges y compró una ermita en un rincón de Francia que transformó en su biblioteca, y donde cuenta como el inventor del manual, Aldo Manuzio en el siglo XV alejó al lector de los textos originales y lo acostumbró a la comodidad del resumen. O la “Historia de las bibliotecas” de Hipólito Escolar que nos habla de de las escasas bibliotecas personales de la Edad Media, de treinta o cuarenta ejemplares sujetos con cadenas a los estantes para evitar que los robaran. La “Historia del libro” de Svend Dahl, el “Mundo libro” de Petrosky o la “Historia universal de la destrucción de libros” de Fernando Báez desde la quema ordenada por el emperador Shi Huandi hasta las hogueras de Goebbels. Y está el librito de Walter Benjamin “Desembalo mi biblioteca”, que habla de su afán coleccionista de libros antes de ser asesinado en la frontera franco-española en su huida del nazismo. Y están las “Librerías” de Jorge Carrión, que cuenta su viaje por las más emblemáticas del mundo, como la parisina “Shakespeare and Company” que visitaban Joyce y Pound o la “Librería francesa” que abrió en el Berlín de Hitler la judía Françoise Frenkel y que acabada la guerra presentó una reclamación al gobierno francés, exigiendo su maleta extraviada llena de libros en la consigna de la estación d'Orly y cuyo resguardo había conservado cuidadosamente. Y hay también en ese montón de libros en la mesa, la interesantísima “Historia de las letras”, que son la materia de que están hechas las palabras que llenan los libros y escribieron el profesor Gregorio Salvador y Juan R. Lodares, fallecido cuando empezaba una brillante carrera.

            Mientras tomo estas notas apresuradas y de homenaje al libro y los lectores escucho la canción de Serrat, “Els vells amants”, que se cierra con este homenaje a la rosa y al libro:

                                    I per Sant Jordi ell li compra una rosa

                                    embolicada amb paper de plata.

                                    I per Sant Jordi ell li compra una rosa

                                    mai no ha oblidat aquesta data...

Y por Sant Jordi él le compra una rosa, envuelta en un papel de plata y jamás se olvida de esta fecha.

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