La guitarra del Bocha Campo, in memoriam

Por José María Cotarelo Asturias (Granada, España)
miércoles, 13 de mayo de 2020 · 16:32

Por José Mª Cotarelo Asturias

(Poeta y Dramaturgo)

 

Se nos fue de gira nuestro amigo, el gran músico, el Bocha Campo. Me vienen a la mente, así de pronto, tres guitarras: la de Carlos Zárate en España, la de Gonzalo Franco en Uruguay, y en Argentina la de Bocha Campo. Los tres guitarristas tienen en común haber interpretado, cada uno a su estilo, "El sueño de Federico" con el magisterio de su arte, el cual solo ellos dominan, y todo el corazón. Hay una cuarta guitarra que acude a este encuentro sin saber muy bien por qué y es la de Atahualpa Yupanki, quizá por aquello de "Amalaya la noche traiga un recuerdo/que haga menos pesada la soledad". Esta soledad, sí, cuando ya se duermen las luces del pedregal. Ahora que la noche se viste de duelo y se llena la estancia de tantos recuerdos que son difíciles de ordenar. Acá una nota, allá un gesto, una risa, un brindis, un abrazo, un no sé qué, que envuelve las horas y la memoria y se hacen, casi sin quererlo, llanto.

Muchos de los suyos acudieron a este dolor que se pronuncia en el eco de cada nota, que rebusca en los archivos las fotografías digitales aún a sabiendas de que cada una es un latido, un volver a pasar por el corazón y revivir aquel instante. Son cosas de la nostalgia, tal vez, que se puso traje de melancolía en esta oscuridad donde hasta los grillos callan y una nube en forma de cuchillo atraviesa esta luna de mayo y llueve adentro.

No, no cantan los grillos como en aquella otra noche en la casa de Julio Méndez en Villa Carlos Paz, en la Córdoba argentina, en la que Damian Grassi recitaba versos de "El sueño de Federico" y Julio apostillaba, acompañados por Bocha a la guitarra. El asado había sido espléndido y el generoso vino se apuraba en las copas. No recuerdo si a la cita acudió algún salvífico Fernet con cola. Pero todo pudo ser.

Otros de los imponderables asistentes en aquella memorable cita fueron Daniel Grana, que dirigiera la obra y que desde su pedestal asentía mientras se interiorizaba en las escenas imaginables y Pedro Solans, alma mater, que trataba de hallar en su celular cómo inmortalizar el momento.

Grillaban los grillos, los perros aullaban y la noche se cerró en música, poesía y canto. Ahora, pasado el tiempo ¡tan despacio!, ahora que la soledad del amigo es un degüello y se tiñe de soledad la madrugada y se agolpan amontonados esos recuerdos, no puedo por menos que alzar de nuevo la misma copa con los mismos "imponderables" de aquella noche y en profundo silencio escuchar, muy quedo, de nuevo, la guitarra de Bocha Campo.

Puede que esta otra noche suene su guitarra, puede que su mano toque mi hombro y se tiña de sombras la soledad y puede que el alba me encuentre triste frente a su inmensidad. Puede.

¡Como para no recordar y no sentir por un largo rato su calor y su presencia y dejar que la emoción se deshaga como quiera!, ¡Como para no recordar su magisterio en la obra que tomó como suya y la influencia y consejos que dio a sus compañeros de reparto! Y puede que, así de pronto, entre las notas de su guitarra, se me piante un lagrimón. Puede.

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