Unión Libre presenta a Derek Walcott

Por Enrique Hernández-D’Jesús Poeta, Curandero y Fotógrafo
viernes, 22 de mayo de 2020 · 14:48

Por Enrique Hernández-D Jesús

Editorial La Draga y el Dragón

Colección El Pulpo de la distancia

 

Derek Walcott el hermano poeta, nació en Castries en la isla de Santa Lucía en 1930. En el 2017 partió a la Isla de los creadores. Estudió Literatura en la Universidad de las Indias Occidentales en Jamaica. Creó  en Trinidad y Tobago el Taller Trinitario de Teatro, donde se montaron sus primeras obras. Fue profesor en muchas universidades americanas. En 1988 obtiene la Queen's Medal for Poetry -el máximo galardón de la poesía anglófona- y con Omeros en 1990 consigue el premio W. H. Smith. En 1992 ganó el Premio Nobel de Literatura. Participó en el X Festival Mundial de Poesía de Venezuela.

Publicó mas de 25 libros de poesía, y más de treinta obras de teatro y ensayos. Entre sus libros de poemas destacan "Otra vida", "El reino de la manzana", "El viajero afortunado" y "Omeros", es el nombre de su poema épico. De sus obras teatrales resalta "Sueño en la montaña del mono" y su ensayo literario "La voz del crepúsculo". Joseph Brodsky dijo que gracias a Walcott el idioma inglés existía. Robert Graves escribió que no conocía ningún poeta británico de origen que pudiese hacer con la lengua lo que Walcott consigue con su escritura. Seamus Heaney explicó que Walcott sabe demotizar la lengua, subvirtiéndola y enriqueciéndola hasta extremos inesperados con la introducción de giros provenientes del patois y dándole un colorido hasta entonces insólito.

 

POEMAS

Arrastrar una pezuña en la tierra con corteza de sangre.

Ruido de un riachuelo sobre piedras blanqueadas.

Toros negros que pisotean la sombra de los árboles de corcho

 

AMOR DESPUÉS DEL AMOR      

(versión del poeta Aurelio Asiain)

 

Llegará el día
en que, con júbilo,
te recibas a ti mismo que llegas
hasta tu puerta, ante tu propio espejo,
y uno al otro sonriendo se den la bienvenida

y se digan: siéntate. Come.
Volverás a querer al extraño que has sido.
Saca el vino. Y el pan. Tu corazón, devuélvelo
a sí mismo, al extraño que te ha amado

toda la vida, al que ignoraste
por otro, al que te sabe de memoria.
Esas cartas de amor en las estanterías,

quítalas; y las fotos, las notas consternadas.
Corta tu propia imagen del espejo.
Y siéntate. Hoy hay fiesta en tu vida.

 

SARGAZOS       

 versión del poeta Aurelio Asiain

 

Esa vela que descansa en la luz,
hastiada de las islas,
una goleta que surca el Caribe

en dirección al hogar, podría ser Odiseo,
camino a casa en el Mar griego;
aquel ansia de padre y esposo

bajo las arrugadas uvas agrias, es
como aquél adultero que escucha el nombre de Náusica
en el grito de cada gaviota.

Esto no tranquiliza a nadie. La vieja batalla
entre la obsesión y la responsabilidad
no terminará nunca y ha sido la misma

tanto para el navegante como para el que se retuerce allá en la orilla
sobre sus sandalias al encaminar sus pasos hacia el hogar,
desde que Troya suspiró su última llama,

y la roca del gigante ciego sacó la batea
de cuyo pozo surgen los grandes hexámetros
que terminan en marejadas exhaustas.

Los clásicos pueden consolar. Más no lo suficiente.

 

DESENLACE           

 versión del poeta Aurelio Asiain


Yo vivo solo
al borde del agua. Sin esposa ni hijos.
He girado en tomo a muchas posibilidades
para llegar a lo siguiente:

una pequeña casa a la orilla de un agua gris,
con las ventanas siempre abiertas
hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas.

más somos lo que hemos hecho.
Sufrimos, los años pasan,
dejamos caer el peso pero no nuestra necesidad

de cargar con algo. El amor es una piedra
que se asentó en el fondo del mar
bajo el agua gris. Ahora, ya no le pido nada a

la poesía sino buenos sentimientos,
ni misericordia, ni fama, ni curación. Mujer silenciosa,
podemos sentarnos a mirar las aguas grises,

y en una vida inundada
por la mediocridad y la basura
vivir al modo de las rocas.

Voy a olvidar la sensibilidad,
olvidaré mi talento. Eso será más grande
y más difícil que lo que pasa por ser la vida

 

III (Midsummer)  

Traducción de Véronica Zondek

 

En el Hotel Queen's Park, con sus blancos dormitorios de cielos altos
vuelvo a entrar a mi primer espejo local. Una cucaracha babosa
se desvía de su camino al Parnaso en el lavatorio de porcelana.
Cada palabra que he escrito equivocó el sentido. No
puedo relacionar estas líneas con las líneas en mi rostro.
El niño que murió en mí ha dejado su huella sobre
las enmarañadas sábanas, y fue su pequeña voz
la que susurró desde la garganta gutural del lavatorio.
Afuera, sobre el balcón, recuerdo cómo era la mañana
Era cual ángulo de granito en la "Resurrección"
de Piero della Francesca, el pie adormilado y frío
picando como las pequeñas palmeras cerca del Hilton.
En la húmeda Savanah, guiados suavemente por sus lacayos,
bufando, ejercitan corceles de tobillos graciosos
tan graciosos como el humo marrón de las panaderías.
El sudor oscurece sus flancos, y el rocío ha escarchado la piel
de los enormes taxis americanos detenidos durante la noche en la calle.
En oscuras callejuelas de pavimento, iluminadas por un rayo de sol
el rostro hermético de las chozas se conmueve con esa frase de Traherne:
"El maíz era naciente y el trigo inmortal",
y los cañaverales de Caroní. Con todo el verano por delante
una brisa camina hacia los muelles, y el mar comienza.

 

VII (Midsummer)

Traducción de Véronica Zondek

 

Nuestras casas están a un paso de la alcantarilla. Cortinas de plástico
o vulgares reproducciones ocultan lo sombrío tras las ventanas –
la máquina de coser a pedales, las fotos, la rosa de papel
sobre su paño. El sendero de entrada está indicado por tarros rojos.
La altura de un hombre al pasar es idéntica a la de sus puertas
y las puertas mismas, usualmente no más anchas que ataúdes,
han tallado a veces medias lunas en sus grecas.
Los montes carecen de ecos. No el eco de las ruinas.
Los sitios eriazos cabecean con sus palanquines de verde.
Cualquier fisura en la vereda fue labrada por la falla original
del primer mapa del mundo, sus fronteras y poderes.
Cerca de un montón de arena roja, de la siembra, de la gravilla abandonada
cerca de un lote quemado, una selva fresca exhibe sus verdes
y salvajes orejas elefantinas de ñame y dasheen.
Si quisieras, al otro lado del pequeño muro, es posible
recapturar una infancia cuyas enredaderas inmovilizarán tus pies.
Ese es el destino de todo vagabundo, así su marca,
que mientras más vagabundea, más ancho se le hace el mundo.
Por eso, no importa cuan lejos hayas viajado, tus
pasos hacen más hoyos y la maraña se multiplica–
o por qué pensarías tan repentinamente en Tomás Venclova
y ¿por qué ha de importarme a mí lo que fuera que le hicieran a Heberto
cuando los exiliados deben dibujar sus propios mapas, cuando este asfalto
te lleva lejos de la acción, más allá de los setos de flores no alineadas?

 

Gros–Ilet         

Traducción Frank Báez 
 

De esta aldea, húmeda como un paño gris en agua salada,
llegó un lenguaje protegido por conchas marinas,
con una sombra de bayas en sus axilas
 y codos como flexibles remos. Cada ceremonia comenzaba
en las vaguadas,  los vertederos, los funerales en el amanecer
 y en el atardecer al que asistían los cangrejos. El mar resistía 
los olores. Las anclas de las islas descendían a gran profundidad  
    pero se veían
siempre nítidas en la arena. Un montón de tiburones,
y a menudo la raya, con aletas tan anchas como velas,
se alzaban con miradas insomnes desde los ondeantes corales,
y un pescador sostenía un bagre como una cabeza con tentáculos.
Y la noche con sus puntuales e inextinguibles faroles
era como la Noche de los Muertos vuelta al revés, así como  el 
    murciélago
que mantiene su visión particular del mundo. Así sus ojos miran 
    abajo,
divirtiéndose con nosotros, y se percata de que estamos
caminando de manera extraña,
y se pregunta sobre nuestro sentido de equilibrio, cómo dormimos
tan semejante a los muertos, cómo confundimos
sueños con cosas tan ordinarias como clavos, o rosas,
cómo las rocas envejecen con el musgo,
cómo el mar traza surcos que no tienen ninguna relación con el 
    tiempo,
y la arena hace remolinos que no tienen ningún sentido,
y las sombras solamente les responden al sol.
Y en ocasiones, semejante a una goma gastada,
el negro lomo de un delfín. Elpenor, tú
que te rompiste el culo, borracho, tambaleándote escotillón abajo,
y tú timonel que navegas, como el rayo bajo la respiración de las 
    olas,
sigan adelante, aquí no hay nada para ustedes.
En este sitio hay diferentes velas y vestimentas, los muertos
son diferentes. Otras conchas cuidan nuestras tumbas.
Hay diferencias más allá del paraíso

de nuestro horizonte.
Esto no es el Egeo púrpura como la uva.
No hay vino aquí, no hay queso, las almendras son verdes,
la uva de playa es amarga, el lenguaje es el de los esclavos.

 

A Norline          

Traducción Frank Báez 
 

Esta playa permanecerá vacía
para nuevas auroras color pizarra
con versos que las olas
continuamente borran con sus esponjas,


y alguien más vendrá
desde la casa en que todos duermen,
un tazón de café calentándole sus manos
como el cuerpo mío que refugiaba el tuyo,

a memorizar este pasaje
con una golondrina chupadora de sal,
como cuando alguien ama el verso
de una página, y es difícil pasarla.



 

 

CUL DE SAC VALLEY (I)

 

Un recuadro de amanecer
en un taller en la falda de la colina
dio a estas estrofas
su zancuda forma.
Si mi oficio es bienaventurado;
si esta mano fuera tan
esmerada, tan honesta
como las de su carpintero,
cada marco, resuelto
en sus ángulos, se haría
eco de esta construcción
de madera sin pintar
como las consonantes, volutas
salidas de mi cepillo de carpintero
en el criollo fragante
de su veta natural;
desde una mesa de caballetes
se enroscarían a mis pies,
ces y erres, con raíz francesa
o africana occidental
de un rico dialecto,
nunca leído
pero ligero sobre la lengua
de su senda nativa;
pero los árboles se acercan
a mi cordel calibrado
en forma de tablas biseladas
de pino sin pintar,
como el murmullo de la caracola,
la exhalación de la madera refresca
la memoria con su aroma;
bois canot, bois campêche,
siseando: Lo que quieres
de nosotros nunca podrá ser,
tus palabras son inglés,
es un árbol diferente.

 

FAMA

 

Esto es la fama: domingos,
una sensación de vacío
como en Balthus,
callejuelas empedradas,
iluminadas por el sol, resplandecientes,
una pared, una torre marrón
al final de una calle,
un azul sin campanas,
como un lienzo muerto
en su blanco
marco, y flores:
gladiolos, gladiolos
marchitos, pétalos de piedra
en un jarrón. Las alabanzas elevadas
al cielo por el coro
interrumpidas. Un libro
de grabados que pasa él mismo
las hojas. El repiqueteo
de tacones altos en una acera.
Un reloj que arrastra las horas.
Un ansia de trabajo.

 

 

LOS MARISCADORES DE CARACOLAS


Dado que la peluda ortiga, la bifurcada mandrágora y la maligna
seta, la baba de sapo o el afilado y espinoso erizo
son, por su naturaleza, venenosos, no deberíamos dudar de
lo que murmuran haber visto con sus ojos de luna los mariscadores de
caracolas.
¿Quién es este príncipe? ¿Qué yelmo lleva?
Vemos volar alto a los rabihorcados carroñeros, cada vez más abundantes,
vemos que nuestro aliento traza formas vacilantes,
pero ¿qué es lo que le perturba en los empapados acantilados,
mientras mira las estrellas insomne como el mar?
¿Qué embozados rumores atraviesan el reino,
ocultándose de las linternas de los vigilantes nocturnos en las calles mojadas?
Abofeteados por nuestros inquisidores, los mariscadores de caracolas sólo
farfullan:
«Es como una concha soldada a la roca del mar,
y no hay cuchillo que pueda desprenderla».

Los sutiles torturadores
fingen creerlo. El moderno sermón del prelado
muestra que no hay mal, tan sólo voluntad mal orientada,
pero los ojos de los pescadores de caracolas son grises como ostras
y la negra vela se desliza lentamente bajo su quilla musgosa.
«Es Abdón el usurpador, a cuyo corazón se adhiere el sapo.»
«No hay nada bajo su yelmo salvo vuestro miedo».
«Ha bebido las cuencas sorbidas de sus propios ojos,
y escamosas garras aferran la empuñadura de su espada».
«¿Y reaparece una vez que habéis hecho la señal de la cruz?»
«Sí. El escorpión de mar acude a su silbido como un perro».
«Bajo su saliva ácida los buitres despliegan sus paraguas,
y el mar reluce como su cota de malla a través de la niebla.
Se aferra al cuello de este mundo y no hay forma de desprenderle».
Cuando les damos caldo, y esto se prolonga durante noches,
el más joven mira el vapor hasta que se enfría.
«Si es Abdón el usurpador, ¿qué usurpará?»
Se estremece. «Ojalá se le enfrenten plateadas legiones de serafines».

Les explicamos que es la luz de la luna amotinada sobre las olas,
el espejismo de los pescadores, que tan sólo están enloquecidos
por la sal en los cortes de las palmas de sus manos, pero todos creen
que es Abdón, que lo que se yergue en el empapado rompeolas,
haciendo temblar sus alas nervudas como un perro mojado,
erecto como una pastinaca, es una manta, no el demonio;
pero el más joven repite con voz inhumana
por la afonía, como el cansino retirarse de las olas
sobre la roca ulcerada por las caracolas: «Si no es él, ¿por
qué entonces desgarran la luna las nubes de negro manto
y ahogan su redondo grito como el de una loca?»
Ojos salvajes como caracolas sobre la cuchara alzada.

 

SILABARIO ESCOLAR

 

No tenía dónde registrar
el avance de mi trabajo
salvo el horizonte, ningún lenguaje
salvo los bajíos en mi largo paseo
hasta casa, por lo que extraje toda la ayuda
que mi mano derecha pudiera aprovechar
de las algas cubiertas de arena
de lejanas literaturas.

El rabihorcado era mi fénix,
yo estaba embriagado de yodo,
una gota de la púrpura del sol
teñía de vino el tejido de la espuma;
mientras araba blancos campos de olas
con mis canillas de muchacho, me
tambaleaba al deslizarse el banco
de arena bajo mis pies,

entonces encontré mi más profundo deseo
en las oscilantes palabras del mar,
y el esquelético pez
que era aquel muchacho tomó cuerpo en mí;
pero vi como el broncíneo
atardecer de las palmeras imperiales
curvaba sus frondas convirtiéndolas en preguntas
sobre los exámenes de latín.

Yo odiaba los signos de escansión.
Aquellos trazos a través de las líneas
llovían sobre el horizonte
y ensombrecían la asignatura.

Eran como las matemáticas
que convertían el deleite en designio,
clasificando los palillos lanzados al aire
de las estrellas en seno y coseno.

Enfurecido, hacía rebotar una piedra
sobre la página del mar; seguía
barriendo su propia sílaba:
troqueo, anapesto, dáctilo.

Miles, un soldado de infantería. Fossa,
una trinchera o tumba. Mi mano
sopesa una última bomba de arena para lanzarla
hacia la playa que se desvanece lentamente.

No obtuve matrícula
en matemáticas; aprobé; después,
enseñé el latín básico del amor:
Amo, amas, amat.

Vestido con una chaqueta de tweed y corbata,
maestro en mi escuela,
vi como las viejas palabras se secaban
como algas en la página.

Meditaba desde el acogedor puerto
de mi mesa, las cabezas
de los muchachos se hundían suavemente
en el papel, como delfines.

La disciplina que predicaba
me convertía en un hipócrita;
sus esbeltos cuerpos negros, varados en la playa,
morirían en el dialecto;

Hacía girar el meridiano del globo,
mostraba sus sellados hemisferios,
pero ¿a dónde podían dirigirse aquellos entrecejos
si ninguno de los dos mundos era suyo?

El silencio taponó mis oídos
con algodón, el ruido de una nube;
escalé blancas arenas apiladas
intentando encontrar mi voz,
y recuerdo: fue
un sábado casi a mediodía, en Vigie,
cuando mi corazón, al volver la esquina
de Half-Moon Battery,
se detuvo a mirar cómo el sol
de mediodía fundía en bronce
el tronco de un gomero
sobre un mar sin estaciones,
mientras la ocre Isla de la Rata
roía el encaje del mar,
un rabihorcado llegó volando
a través del entramado de un árbol para izar
su emblema en los cirros,
con su nombre, fruto del sentido común
de los pescadores: tijera de mar,
Fregata magnificens,
ciseau-la-mer, en patois,
por su vuelo, que corta las nubes;
y esa metáfora indígena
formada por el batir de los remos,
con un golpe de ala por escansión,
esa V que se abría lentamente
se fundió con mi horizonte
mientras volaba sin cesar
más allá de las columnas, mordisqueadas por las ovejas,
de árboles de mármol caídos,
o de los pilares sin techo que fueron en tiempos
sagrados para Hércules.

                                                                                                                    Ramón Palomares con Derek Walcott

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