Un milagro para el abuelo

Por Jotamario Arbeláez (Poeta colombiano)
miércoles, 27 de mayo de 2020 · 20:15

 Nuestro querido hermano Jotamario Arbélaez, escribió UN MILAGRO PARA EL ABUELO, texto que nos conmueve por la situación que vive su hija Salomé y su compañero Jeff Curtis en Barcelona España. Es evidente que la angustia del poeta lo tiene en una situación que nos preocupa a todos sus amigos y hermanos. La solidaridad infinita y todo lo que se pueda hacer por nuestros hijos será muy oportuna. Y con palabras del poeta: “Me queda recurrir al milagro. Casi nunca me ha fallado. Seguro que no va a fallarme esta vez. Ayúdame Chucho

Por Enrique Hernández-D’Jesús

 

 

Estoy seguro de que la vida me ha otorgado más de lo que me he merecido, a veces verdaderos milagros operados por las divinidades de la tierra y el cielo. Con lo que logré recabar, luego de 60 años de ir de la ceca a la meca apoyado en la palanca de la palabra, manifiesta en poemas, campañas publicitarias y notas de prensa, con suerte y paciencia y un ángel como dulce compañía logré edificar mi casita familiar en Villa de Leyva.

Desde ella, y mientras voy acomodando los miles de libros de mi biblioteca y sigo en el tecleo de “Los días contados”, un estruje de la memoria, Además del cielo y las montañas que nos tocan a la ventana contemplo con mi mujer a nuestros hijos Salomé y Salvador, de 30 y 26, “haciendo la vida”. De Salva debo reportar que está bajo nuestra ala en esta pandemia, pero de Salo debo ocuparme porque está viviendo una situación angustiosa que nos tiene con los nervios de punta.

 Luego de terminar sus estudios de Pedagogía Infantil en la Javeriana, y de perfeccionar su inglés en Vancuver, viajó a Barcelona hace dos años largos a bregar por “tomarse el mundo” como le inculcó su papá. La cosa iba bien, con el cuidado de sus pupilos se sostenía, entregada a su vez a labores humanitarias. Presentó con tal brillantez el libro “Sin maletas” de Margarita Solano, que los editores españoles le ofrecieron publicar uno de ella, en lo que está sumergida. Asesora a una empresaria colombiana en trabajos que le implican viajar por el mundo. Encontró el amor de su vida en el músico gringo-italiano Jeff Curtis que se desempaña en negocios de finca raíz y con quien convive en apartamento alquilado, y en las pasadas navidades, cuando nos visitaron, hubo el anunciamiento de nuestra nieta primogénita, Emilia, para finales de agosto. Se le cumplía el sueño de su bebé para compartir en familia. Muy bien, mi mujer Claudia compró en Avianca pasajes para viajar a asistirlos en el postparto y quedarnos dos meses acompañándolos y regresarnos con ellos a nuestra casa y nuestra amplia familia a celebrar con pompa mis 80 noviembres. De repente decidieron que era mejor que naciera en Colombia y adquirieron pasajes también por Avianca. Luego regresarían, conseguirían una vivienda en las afueras y a hacer la vida en medio de su felicidad.

 Cuando nos cayó la pandemia. A todos, porque ningún habitante del planeta ni rico ni pobre está exento de riesgo. Millones viven presa de la inseguridad, del susto, del pánico, de la falta de recursos para alojarse y para comer. Y para volver a casa. Sé que en este momento todos los seres humanos, y en nuestro caso concreto los colombianos, en el país y en el exterior, están viviendo su penuria y sus sin salidas que en ocasiones van tomando tintes de drama o tragedia. Pero por el hecho de que el colapso sea universal, no puede uno abstenerse de luchar hasta donde pueda por resolver lo que le compete. Recurrí a mis blasones en la carrera cultural representando al país, mis premios, mis columnas de prensa, mis amistades influyentes, mi edad longeva recogiendo la siembra y mi disponibilidad de apoyar a mi hija en esta emergencia.

Acudí a la señora Canciller, mi coterránea Claudia Blum, y a la señora Embajadora en España, para solicitarles que mi hija, que podía viajar por derecho propia en los vuelos humanitarios, pudiera hacerlo asimismo con su esposo gringo. Ella incluso recurrió a una tutela para hacer valer su derecho a no disolver la familia dado el parto inminente. Tanto la embajadora como la Canciller fueron la mar de cordiales y claras con el poeta. Salomé podría viajar hasta que se lo permitiera el embarazo pero no su consorte, dada la prohibición de ingreso de extranjeros al país, que tiene rango de ley. Por ello tampoco prosperó la tutela. Nos ofrecieron que una vez se levantara ese veto se tendría en cuenta preferencial el cupo de Jeff.

No hay una fecha ni siquiera tentativa al respecto. Todo depende de la evolución de la peste. Pero Salomé no se aviene a dejar sólo a su amado en una de las capitales del desasosiego. Prefiere permanecer a su lado, a su lado parir a Emilia, y a su lado ver cómo permanecen con cero ingresos, viviendo episodios de depresión y tristeza, sin saber cuándo podrán volver a ver a los suyos y con el agravante de que sus actuales arrendadores les están pidiendo que desocupen para pasarse a vivir ellos. Qué tal una pareja de deambulantes con guantes y tapabocas y una niña de brazos buscando alojo.

Con el virus alborotado en las calles. Y uno mirándolos impotente desde una ventana lejana. He entendido y acatado las explicaciones de la señora embajadora y de la señora Canciller, a quienes agradezco su cordialidad y franqueza y su disposición de ayudarnos hasta donde puedan y cuando puedan. Pero el que no puede quedarse sin conocer su tercer fruto genético soy yo, mientras pongo punto final a “Los días contados” y me preparo para emprender mi último vuelo, en Avianca que ahora va para el cielo, si es que me abonan los pasajes comprados más los puntos acumulados. Me queda recurrir al milagro. Casi nunca me ha fallado. Seguro que no va a fallarme esta vez. Ayúdame Chucho.

La montaña mágica, mayo 25-20

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