Mirar por la ventana. Por Tomás Hernández

sábado, 13 de junio de 2020 · 18:42

Por Tomás Hernández

(Escritor. Granada. España)

            En contra de lo que ha sido mi costumbre, procuro en estos días dosificar la información. Siempre pensé que a mayor información, mayor capacidad de juicio. Pero, en estos días, la información se ha convertido, en muchas ocasiones, en una confusión perversa, el insulto en la más refinada retórica. La lucha contra el gobierno es a degüello; sobre los errores de este, muchos, y de gran torpeza política, se vierte el menosprecio, la burla, “la paguita”, el insulto, las mentiras incesantes de una derecha que ve tambalearse el muñeco y arremete contra él. Se llama asesino, al presidente del gobierno, ilegítimo, dicen; al portavoz de la COVID19, al ministro de Sanidad, al delegado del gobierno en Madrid.

            La derecha ha elegido sus títeres, el presidente Sánchez, el odiado Pablo Iglesias, la manifestación del 8M y el horror de las residencias de ancianos. No es Pedro Sánchez el culpable de las víctimas, si tuviera alguna responsabilidad, sería política y eso se dirime en los urnas, no acosando los tribunales de una justicia exhausta. Pablo Iglesias nada tuvo que ver con las residencias, pese a su inoportuna fanfarronada que creó más confusión, y el feminismo del 8M no fue el propagador de la epidemia; esa tarde viajábamos en metro, nos besábamos, fuimos al fútbol y a bailar o tomar unas copas por la noche, algunos, quizá, para celebrar la manifestaciones de otras muchas ciudades, además de Madrid, que es, para algunos, el único foco de contagio. El ministro de Sanidad, Salvador Illa no encerró a los ancianos en sus cuartos, parece que la idea provino de la Consejería de Sanidad, según denuncia el consejero por Ciudadanos, Alberto Reyero.

            Nada de eso importa, la derecha arremete y la verdad desaparece. Esta mañana, en mi paseo mañanero, veo a dos hombres hablando. Uno de ellos lleva mascarilla y viste uniforme de trabajo: “Este gobierno nos está llevando a la ruina”; el interlocutor lo confirma con varios asentimientos de cabeza. Me pregunto, ¿será consciente que lleva una mascarilla porque estamos enfermando de un mal del que no sabemos cómo nos aniquila?

            Alimenta esta burda, pero eficaz estrategia, la judialización de la política, esa peligrosa táctica que se inició en Barcelona cuando todavía Inés Arrimadas podía ganar unas elecciones allí.

            Si dañina es esta confusión, la manera de exponer los hechos no es tampoco inocente. En tertulias, editoriales, programas especializados, quienes deberían informar, en ocasiones mienten, en algunas, demasiadas, con descaro. El periodista no puede mirar por la ventana o echarse un cigarrillo si es que fuma, y presentar verdad y mentira como hechos iguales, equidistantes. El periodista existe para denunciar la mentira, como en aquellas clásica películas del oeste, y alentar la verdad. O de algo así debe de hablar su código de honor.

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