Villa Carlos Paz y un nuevo circuito turístico

Un paseo por el camino del escritor

Por Pedro Jorge Solans (Autor de El Pantanillo de Ernesto Sábato)
sábado, 15 de agosto de 2020 · 18:09

Por Pedro Jorge Solans

(Autor de El Pantanillo de Ernesto Sábato)

eEl escritor y su esposa Matilde Kusminsky Richter. 

 

 

 

Fotografía (Gentileza de Mario Sábato) El escritor y su hijo en El Pantanillo.

 

Desandar el viejo camino a Cabalango en un Ford, Modelo 38 conducido por Lorenzo Binimelis, genera varias sensaciones: rompe lo lineal del tiempo, y hace sentir que Villa Carlos Paz siempre reserva una experiencia extraordinaria, única, para quienes se animan al paseo por el camino del escritor.

Otro de los camiones que transportaban a los visitantes en los años 40. Este es un Dodge, Modelo 40, propiedad de Andrés García, padre de Lito.

 

Y me animé a revivir las andanzas de un grupo de artistas y escritores que dieron obras admirables al mundo.

Casa Legany diseñado por el arquitecto Ángel Lo Celso.

 

En un contexto similar a los años 40 del siglo pasado, esperé bajo la sombra del reloj Cu Cu la llegada del camión Ford 38 que nos llevaría hasta Cabalango. El pájaro mil veces vitupendiado me avisó la llegada del transporte mientras yo miraba la iglesia del italiano Carlos Marella.

Interpretación del diseñador gráfico Fabián Torres del reloj Cucu y los canales de agua recuperados en Villa Carlos Paz en el año 2056, al cumplirse 150 años de la inauguración del canal de riego construido por Carlos Nicando Paz.   

 

Saludé y me acomodé al lado de Luis Hernán López. Nos saludamos, y me contó que también viajaban Ernesto Sábato y su esposa Matilde. Sonrío y no puedo creer, aunque disimulo. Le pregunto a Luis, si el camino sigue siendo de tierra y me cuenta que está adoquinado con veredas y farolas hasta la plaza Sábato.

Binimelis arrancó, y volvió a saludar. Llevaba como acompañante a su yerno, Lito García.

A doscientos metros giró por calle Roma y puso la marcha necesaria para encarar la subida.

“Esta calle no es la más vieja del pueblo. Se abrió cuando Carlos Paz anexó a su estancia Leocadia, las tierras del Saladillo,”-explicó García. 

Luis me miró, y preguntó: “¿Pero esta calle no es parte del viejo camino a Cabalango, por donde bajaban los animales de la zona de Tanti que llevaban al mercado de Córdoba?

La pregunta generó una conversación que nos llevó a los años de las Mercedes y Encomiendas.

A todo esto, el Ford avanzaba. Había quedado la esquina de la Parada 5, la esquina de las Ontívero, el aserradero de Tulio Riva, de la artesana Norma Carelli y la casa del rockero Pappo Napolitano. Al ingresar a la barriada de Carlos Paz Sierras, la geografía nos recibió con paisajes que, en los años 40, tuvieron un tupido de verdes impensados.

García explicó; cuánto tardaban aquellos viajes cuando venían al pueblo para provisionar a la gente. –“Había toda clase de animales, y los cueros servían para canjear por lo llamado vicios, yerba, alcohol, tabaco.”-

En un momento, el Ford se frenó, y en marcha muy lenta giró por la calle Cimarrosa, y López recordó al compositor napolitano que a fuerza de la ópera bufa terminó su nombre en una calle que pertenece al camino del escritor en un bello lugar remoto de las sierras cordobesas.

La esquina donde se gira para tomar el camino del escritor en Carlos Paz Sierras

 

Aquel alumno de los grandes maestros de la antigua escuela italiana, como Piccinni o Sacchini nos introdujo al camino rural. El Ford tuvo unos metros de ensoñación y en esa atmósfera, las aguas del arroyo Las Catitas nos recibieron con música suave. Binimelis y García se pusieron traje de guía mostrándonos que estaban en su lugar.

El camión se detuvo en el paso sobre el agua que bajaba suave. Agua para la derecha, agua para la izquierda por debajo de un puente pequeño, presumiblemente estilo Art Decó, y entre los verdes de la vegetación sobresalía un cartel que chorreaba humedad: “Aquí comienza el camino del escritor”.

Interpretación del puente Art Decó que podría estar sobre el arroyo Las Catitas, portal de ingreso al camino. 

 

Todos nos dimos vuelta y miramos a Ernesto Sábato. Él agachó la cabeza con timidez, y Matilde Marta Kusminsky Richter saltó de alegría, y aplaudía, y aplaudía.

El arquitecto Ángel Lo Celso observaba en silencio.

López bajó para fotografiar y grabar un video de un minuto y medio, y al ascender, me preguntó en voz baja:

-¿Estará pensando en otro diseño, el arquitecto. Va muy callado. O, algo no le gustará?

Se refería a Lo Celso que subió antes que nosotros al Ford. Binimelis y García lo habían pasado a buscar por la hostería Blue, la casa Legany que él diseñó en 1938, en la calle Pellegrini.

Entre el legado que dejó el maestro del Art Decó argentino está esa casa donde luego se hospedaron artistas como Ariel Ramírez y se fundara El Diario de Carlos Paz; acotó López.

El paseo siguió, lento muy lento, la tierra se acercaba al humedal, las piedras, el aire, el cielo se complotaban para que las maravillas golpearan nuestros rostros.

Las lomas, las curvas, el avance lento buscando un encuentro. Algún animal tardío, algún duende de aquellos que pintaron, escribieron, pensaron, bailaron en esos lugares, en aquellos años.

De golpe, pareció que nos pasó una motocicleta. Alguien dijo; -¡El Che Guevara!- García movió la cabeza. -Era muy chico, apenas anduvo unas pocas veces por aquí;- respondió.

Sábato asintió con la cabeza.

Ernesto El Che Guevara y su moto

 

El camión por suerte iba muy despacio. Había mucho por conocer, mucho por disfrutar.

“Aquí está. Es la ventana del escritor. Una piedra con una ventana”, señaló López con el asombro propio de un descubrimiento. ¡Qué vista!

La piedra de la ventana. Hoy Ventana del escritor.

 

Luis Hernán López y Valentina López en la ventana del escritor mientras grababan un video.

 

Sábato se sonrojó ante la mirada feliz de Matilde. El Ford se detuvo y descendimos, y por una pasarela construida con madera y piedra llegamos a la ventana. Desde allí, la vista no podía ser más mágica. La cañada de las Talas parece reverdecer o volverse mar con las miradas, y el cielo, un mimoso horizonte recostado sobre las sierras.

La ventana del escritor a la espera de una pasarela.

 

Me atreví recordar la novela El Túnel, (E. Sábato, 1948) “el protagonista (el pintor Juan Pablo Castel) y su amante (María Iribarne) se conocieron en el salón Primavera de 1946 donde él presentó un cuadro llamado Maternidad. María se acercó a la obra y posó su mirada en la imagen de una joven que mira el mar desde una ventana. Castel se enamoró por ese pequeño gesto. Más tarde ella le confesaría que se había conmovido con la pintura.”

El silencio aturdía. López quería abrazar lo que estaba sucediendo, pero no le alcanzaba las manos y se resignó a grabar en con su teléfono celular.

El paisaje y el predio de la plaza Sábato.

 

Yo aproveché, y seguí con mi relato, “El Túnel escapa al burdo encasillamiento de novela policial u otra clasificación. Los problemas metafísicos encarados de una forma original y personalista hacen que esta obra psicológica surja de la frontera oscura de un hombre, a la cual hemos tratado de aproximarnos por uno de los tantos senderos que nos propone el autor como ingreso a la inmensitura agobiante y tempestuosa del mar que se veía desde una ventana, la misma que creyó compartir con ese fantasma llamado María Iribarne en El Pantanillo, cuando veía la cañada de Los Talas desde esta piedra, la piedra de la ventana.”

El paseo siguió a marcha lenta. En algo coincidimos todos: El Pantanillo es un lugar mágico. López, sabiendo cuál era la próxima parada, decidió caminar para tomar unas fotografías distintas de la finca Villa Santa Catalina. Una casa construida por Binimelis con colaboración del jesuita Antonio Font, y que luego sirvió de morada para quienes la alquilaban en verano. Allí, don Lorenzo desplegó su historia.

Recordó con precisión a sus huéspedes, y se detuvo en la familia del crítico de arte Cayetano Córdoba Iturburu y de los Guevara de la Serna.

La Villa Santa Catalina era la única casa en condiciones de recibir a familias en plan turista. Las otras viviendas eran ranchos o casas precarias, de campo, que estaban alambradas para el resguardo de los animales.

Entre la Santa Catalina y la plaza Ernesto Sábato, vimos una piedra con el poema que Alejandra Pizarnik escribiera a El Pantanillo y dedicara al cineasta Federico Valle. “La tierra más ajena” (A; Pizarnik. Págs. 25 y 26. Año 1955.)

 

La poeta Alejandra Pizarnick

EN EL PANTANILLO

                                         A don Federico Valle

1

Mil pasos arrastran pacientes las suelas maduras en rocas distintas.

Tal vez una gota gima deseando la antigua espesura en tardes más libres que ésta (balbuceante de colorido impuro, el sol inhibido, de agua cobriza, de potros con colas etéreas, de llanto de cactus impotente...).

La cascada reverdea los pastos silenciosos que nutren la negra pelambre de la tierra vestida de brillo.

Sombras persistentes, imágenes constantes que obligan a las retinas a cargarlas alegremente en frágiles moles. Montañas vibrantes de cercanía solar, de lluvia inaudita, de flores invisibles posibles de crear bajo tanto cielo, tanta lumbre cromática, tanta conjetura de lugar.

2

Mis dedos teclean iguales… (acaso contribuyan con sus ruidos a aumentar los

fondos de los ruidos naturales).

Las voces se elevan queriendo matizar las aspiraciones de soledad a que obligan

los espacios. Cánticos pujantes de fragancia primaveral caen sorpresivamente en la niebla. Los espacios espesan las notas. Labios cerrados por arrugas hábilmente conseguidas. Labios plegados sobre dientes felices. Labios que ríen bajo la opresión tensa del ungido manto de varios tonos (yo rojo, tú azul, él verde, ella gris...). Comienza la lid cromática. Cada color requiere un espacio mayor en la tela. Claro que ninguno quiere sucumbir. Claro que ninguno desea disolverse anónimamente. Y así se sigue, así se camina, así se mira esfumar las blanco-negras hojitas de este calendario que transpira el sudor de un calor intangible.

 3

Las montañas permanecen impávidas. Tremenda duda: arañarse bajo el manto

carnal o remover los tallos difusos tratando de encontrar a la luz de un embeleso

descolorido el perfil de la flor única.

 

El genial cineasta Federico Valle, visitante ilustre de El Pantanillo, pionero de la cinematografía argentina.

 

El camión Ford se detuvo en la plaza Sábato. Allí, el único que no descendió por timidez fue el escritor. Matilde fue directamente a la escultura donde ella está escuchando a su esposo que lee uno de sus trabajos, el libro “Uno y el universo” que escribiera en 1943, mientras vivían en el rancho La Tapera, ubicado a quinientos metros bajando al arroyo Las Catitas y a pocos metros más del río Los Chorrillos.

Algarrobos y un retoño del árbol de su casa en Santos Lugares donado por su nieta Luciana Sábato rodean a la escultura de los Sábato en su plaza de El Pantanillo. Gente que se fotografía, otros contemplan el maravilloso entorno, y una pareja sentada en un banco de cemento comparte un mate.

Histórica posesión de la plaza Sábato. Municipales plantan los primeros algarrobos.

 

Los puestos de artesanías y souvenirs abren a las 10 y cierran a las 20 en verano y en invierno a las 18 horas; pero el horario se adapta a las visitas, sobre todo, a quienes llegan caminando, peregrinando hacia el encuentro de Juan Pablo Castel, María Iribarne, Hunter, los protagonistas de El Túnel, o con los personajes de Sobre héroes y tumbas o Abaddón el exterminador.  

Lito García presentó al encargado del lugar que -por su devoción al lugar, al escritor y aquellos duendes que veranearon aquí- le dicen Ernestito. Lo saludé, y le pregunté; si lo llaman Ernestito por Sábato o por el Che; y sonriendo, mientras lo miraba de reojo al escritor, con gesto de picaresca serrana me respondió por los dos.

García había calculado una parada de 30 minutos, y el Ford recién pudo arrancar a la hora.

Nos quedaba recorrer el río Los Chorrillos con su arena; un paraíso de agua iodada donde el sol abrasa y piedras milenarias te guiñan un ojo cuando te pierdes en la locura de los tiempos.

El regreso fue más rápido. Sólo el Ford se detuvo en el puentecito sobre el arroyo Las Catitas, Binimelis quería que leyéramos unos versos del poeta carlospacense Aldo Parfeniuk, que fueron cincelados en una piedra del lugar, y ubicados al costado del camino como una despedida. El adiós de un puma o de un pez del lago.

El poeta carlospacense Aldo Parfeniuk

 

“¿Dónde

algo como estas madres,

                        las sierras,

cubriéndose noche y día

las espaldas?

 

(A. Parfeniuk. Sustituciones. Pág. 49. Los días verdaderos.)

 

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