El chip de Bill Gates, nuestros viejos miedos y algo sobre el destino también

Por Alejandro Frias
sábado, 29 de agosto de 2020 · 00:00

Por Alejandro Frias

(Escritor y periodista)

 

A nadie puede sorprender escuchar o leer que la creatividad humana da para todo. Y pareciera que si a esa creatividad, además de darle vuelo, la condimentamos con los elementos apropiados, los límites de la imaginación se alejan hasta lo inalcanzable.

Por ejemplo, vivimos una pandemia que nos ha llevado a una cuarentena casi global. Ahí tenemos un buen condimento: la obligatoriedad del encierro parece que ha disparado la imaginación a aquellos inalcanzables límites de los que hablábamos antes. Enntonces, hemos escuchado cosas que exceden la razón. Pero, ojo, no estamos cuestionando acá la imaginación ni la oposición a la razón, por el contrario, la imaginación y la capacidad de buscar comprensiones más allá de la razón han dado resultados superlativos tanto en las artes como en la literatura, la ciencia y hasta en la vida cotidiana. Lo que es incomprensible es que haya personas que tomen la decisión de vivir en una película de ciencia ficción.

¿Cómo es esto? Muy simple. ¿Quién no ha escuchado en estos días que lo de la pandemia es un camelo encabezado por Bill Gates para obligar a la humanidad a colocarse una vacuna con la que nos inocularán un chip que hará de cada persona un esclavo de los deseos del multimillonario empresario? Además, ¿quién no se ha enterado de la hipótesis de que con los termómetros pistola nos disparaban rayos X que nos afectaba el cerebro y hasta nos podría producir cáncer?

Para quienes creen que la segunda cuestión puede ser cierta, les decimos que los termómetros no disparan rayos X, así que calma, no hay peligro en ese sentido. En todo caso, lo peor que puede pasar es que se quede sin batería y no nos dejen entrar a algunos lugares por no habernos podido tomar la temperatura.

En cuanto a la primera cuestión, aquella del complot de Bill Gates… Bueno, mis más sinceras felicitaciones a quienes echaron a rodar esa idea, porque han logrado algo que ni siquiera al mismísimo Orson Welles se le hubiera ocurrido (y eso que con la transmisión de “La guerra de los mundos” hizo cundir el caos y el miedo por doquier), eso de convencer a miles (espero sinceramente que no sean millones) de algo tan complejo que necesitaría demostración… Pero quién puede llegar a pedir demostración cuando estas afirmaciones son recibidas como afirmaciones incuestionables.

Lo bueno, en todo caso, es que pasaremos a la historia como la civilización con más información a disposición y la más ignorante, tanto que instaló la idea de que nos convertirían en cybors al servicio de un millonario…

 

Un miedo antiguo

 

… y tal vez haya en el futuro quienes se dediquen a investigar las creencias de esta convulsionada época y le pongan un nombre a esta vuelta de rosca de un miedo milenario de la humanidad. Porque, señoras y señores, aquello de que las máquinas nos dominen no es nuevo, pero de ahí a convertirnos en máquinas mediante un chip inyectable… Ni a Edward Neumeier y Michael Miner se les ocurrió, y miren que los muchachos en cuestión crearon “Robocop”.

Pero detengámonos en eso que parece reciente pero que, en realidad, data de siglos: el temor de las civilizaciones a que sus producciones se rebelen contra ellas.

Hollywood nos ha provisto en las últimas décadas de historias en las que las computadoras toman consciencia de sí (ah, maldita Inteligencia Artificial) y ven en la humanidad una amenaza. Como ya habrán deducido, estamos hablando de las sagas “Terminator” y “Matrix”. En la primera, estrenada en 1984, las computadoras producen robots para exterminar a la humanidad. En la segunda, cuya primera parte es de 1999, las computadoras crean campos de cultivos de humanos para usarlos como baterías naturales, y para que esto funcione necesitan generar en las mentes realidades virtuales.

Resúmenes escuetos, pero tampoco hace falta mucho más, ya que la mayoría ha visto ambas películas.

Y queda un tercer film que también es digno de ser citado: “Yo, robot”. Estrenada en 2004, con un guión que es el resultado de una mezcla entre conceptos del libro homónimo de Isaac Asimov, publicado en 1950, y la novela “Calibán de Isaac Asimov”, que Roger MacBride Allen publicó en 1993. Pero acá las máquinas, robots al mejor estilo ciencia ficción, no se rebelan, sino que, debido a las leyes que los rigen, concluyen que hay que proteger a la humanidad de la humanidad misma, y eso los lleva a intentar tomar el poder.

Pero, insistimos, esto de la rebelión de las máquinas no es nuevo. De hecho, aparece en culturas prehispánicas en América y al menos en una novela de fines del siglo XIX.

 

El alma de los objetos

 

Si rastreamos hacia el pasado el miedo del ser humano a que sus producciones se vuelvan contra él, seguramente encontraremos ejemplos en muchas culturas. Pero, en honor a la síntesis, nos referiremos a dos casos particulares, aclarando que por momentos uno se tienta con incluir en esta lista la gran obra que Mary Shelley publicó en 1823: “Frankenstein”. Pero el personaje en cuestión no es una máquina, por lo que las razones por las que se rebela contra su creador son otras, recreando el mito de la creación de muchas culturas.

Dejando en claro por qué no está la creación de Shelley en este racconto, sigamos.

En 1872, el inglés Samuel Butler publicó (de manera anónima en la primera edición) “Erewhon o al otro lado de las montañas”, una novela que satiriza a la Inglaterra victoriana y que recomendamos leer, pero lo que ahora nos interesa son los tres capítulos dedicados a explicar por qué en ese lejano país al que llega el protagonista están prohibidas las máquinas.

Al comienzo de la trama, Butler nos cuenta la sorpresa de los erewhonianos cuando ven su reloj y cómo casi es condenado a muerte por portarlo. Pero más adelante nos relata la guerra que hubo entre “maquinistas” y “antimaquinistas”. Al final, estos últimos terminan imponiendo por la fuerza la idea que los motiva: así como la vida sobre el planeta se generó a partir de elementos inorgánicos, de la misma manera las máquinas pueden desarrollar consciencia, y cuando esto suceda se volverán contra la humanidad.

Hay un extenso desarrollo de esta teoría en el libro, pero por los intereses que nos trajeron hasta acá sólo nos alcanza con conocer la tesis principal de los “antimaquinistas”: desde la máquina más simple hasta el más complejo barco a vapor, todos pueden desarrollar inteligencia y atacar a los seres humanos.

 

Casi 90 años se adelantó Butler a “Terminator”. Pero hay más.

 

En torno a los siglos I y X después de Cristo, existió en América, en lo que hoy es Perú, la cultura Mochica. A quienes les interese, recomiendo guglear a los moches, conocerán la muy interesante historia de un pueblo precolombino.

Entre los mitos de este pueblo hay uno que dejaron registrado en vasijas y en un mural localizado en la Huaca de la Luna. Este mito habla de la rebelión de los artefactos. Básicamente, es la historia de una ofensiva contra los seres humanos encabezada por el Hombre Búho y en la que participan armas, vestimentas, adornos y otros objetos, e incluso animales, a los que los dioses les insuflaron ánimo (recuérdese que “animar” deriva del latín “animare”, sintéticamente, otorgarle alma a algo), cuando el Sol terminó su ciclo y comenzó la oscuridad, para exterminar a los seres humanos.

Como vemos, aparece diecinueve siglos antes de “Terminator” el temor al exterminio humano de parte de sus propias creaciones.

Y así llegamos al fin, esperando haber demostrado que la inventiva humana es grandiosa y que la idea de la “maquinización” de nuestros destinos no es nueva, por lo tanto, no está mal que haya aparecido un nuevo mito, el de la vacuna con chip para dominarnos ad eternum, en todo caso, lo que sería cuestionable es darle a este mito contemporáneo más crédito que el de la necesidad de miedos para seguir con vida.

 

Y ya que hablamos de destino…

 

Y ya que hablamos de destino y mencionamos tantas veces “Terminator”, detengámonos en algo que sucede en la segunda parte de esta saga cinematográfica.

La primera parte termina, tal vez lo recuerden, con el androide aplastado por una prensa. Y en la segunda parte descubrimos que el chip que esa máquina asesina traía en la cabeza fue rescatado por científicos que, a partir de él, comienzan a investigar y desarrollar la tecnología que llevará a la creación de una Inteligencia Artificial que se volverá contra la humanidad y que obligará a John Connor, líder de la resistencia, a mandar a quien será su padre al pasado para evitar que maten a su madre…

Ufff… me agoté de sólo escribir todo lo anterior. Pero la cosa es que, si se fijan, Connor toma una decisión que lleva a la humanidad a la guerra contra las máquinas. Una paradoja temporal, seguro, pero también una narración más en la que el protagonista toma una decisión que, a la postre, es la que genera lo que quiere evitar.

Y esto del destino como consecuencia de las decisiones que se toman para evitarlo también lo vemos en “Kung Fu Panda”, cuando el maestro Shifu envía a un pato a corroborar que Tai Lung está bien encerrado y engrillado en la cárcel en la que cumple su condena. Pero es una pluma de ese pato la que le servirá a Tai Lung para escaparse y sembrar nuevamente el miedo en el Valle de la Paz.

Destinos que podrían evitarse si no se tomasen decisiones para evitarlos, máquinas y objetos rebelados con el único objetivo de exterminar a la humanidad, vacunas que llevan un chip con el que nos convertiremos en robots al servicio de un multimillonario… Magníficas historias creadas por la mente humana… Sólo historias…

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