Luz de septiembre

Por Tomás Hernández
sábado, 12 de septiembre de 2020 · 13:29

Por Tomás Hernández

(Escritor y poeta)                                                                                                          

                                                                                                                                 A Javier Celorrio, fotógrafo de la luz.

           

Tienen estos primeros días de septiembre una luz nueva, más humilde que el resplandor hiriente del verano. La cosas, los árboles, el perfil de los montes o el brillo del mar se apaciguan, como quien empieza a amoldarse a la rutina. Septiembre es el tiempo de los reencuentros, de los racimos maduros en las vides o en las parras de los patios, de los abrazos y las confidencias. Septiembre traía los rostros del amigo, el olor a lápiz y goma de borrar de las escuelas, la alegría de los corros de niños, y volvían a escucharse, a lo lejos, las campanas sobre las nieblas primerizas. Los días dorados del membrillo y los recuerdos.

            Este septiembre es triste, sin el regocijo del encuentro y con la preocupación por el contagio. Pregonar, como se ha hecho, que saldremos más fuertes de esta crisis es voluntarismo de optimista o conveniencia de político. El aire es hoy más triste y el de mañana aún no mueve las hojas de los árboles.

            Me escribía un amigo sobre el desasosiego de estos tiempos. ¿Qué decirle? Nada más aburrido que las prédicas del moralista en medio de la desgracia.

            Septiembre es hoy más triste y su luz más dañina, aunque siempre estuvo entre nosotros. Hay un conmovedor poema de Juan Ramón, “La mano contra la luz”, en el que escribe:

                                    No somos más que un débil saco

                                    de sangre y huesos,

                                    y un alfiler, verdad, podría matarnos;

                                    pero corre en nosotros la semilla

                                    que colma, libre, lo infinito.

            En esa esperanza “vivamus atque amemus,” como recomendaba aquel alocado muchacho que se llamó Catulo.

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