«Luis Alfonso en la Asociación de Academias de la Lengua Española»

En los 70 años de la Asociación de Academias. (por Jorge Cruz)
viernes, 17 de diciembre de 2021 · 13:54

Por Jorge Cruz

Fuente: Boletín informativo de la Academia Argentina de Letras

 

«Setenta años atrás, durante el Primer Congreso de Academias de la Lengua Española, quedaron fundadas la Asociación que iba a reunirlas y su Comisión Permanente. El acontecimiento tuvo lugar en México, en el espléndido Palacio de Bellas Artes del Distrito Federal, por iniciativa del entonces primer mandatario de ese país, Miguel Alemán Valdés, miembro de varias Academias de la lengua y doctor honoris causa por varias universidades. La nueva entidad había nacido con el designio esencial de «trabajar a favor de la unidad, integridad y crecimiento de la lengua española». El Congreso se anunciaba como un gran acontecimiento, las expectativas pronosticaban un importante suceso, una resonante consagración de la hermandad hispanoamericana. La Academia mexicana se había esmerado en convocar personalmente a la Real Academia enviando a tres de sus componentes, presididos por su director, el filólogo y lingüista Alejandro Quijano. La recepción en España había sido excepcional, pues varios académicos españoles habían recibido a sus colegas mexicanos en el aeropuerto de Barajas, y la corporación, por primera vez en su trayectoria, los había agasajado con un banquete. Además, México había ofrecido a España la presidencia del Congreso. Ramón Menéndez Pidal, Presidente del Real organismo, había celebrado la iniciativa mexicana y aceptado enviar delegados al Congreso. «A este congreso de academias —dijo ante los huéspedes— al que asistirá la Academia Española, ahora tan cordialmente invitada, auguramos desde ahora los más felices resultados». Los delegados mexicanos regresaron a su país con el convencimiento de que su misión había sido exitosa. Sin embargo, llegado el momento de recibir a las delegaciones, la española no se hizo presente. Un escueto telegrama provocó el estupor general. Decía: «Surgida dificultad insuperable».

Nuestra Academia participó de esa primera asamblea, y José León Pagano, su representante, relató los hechos en un informe publicado en el Boletín de abril-junio de 1951. Allí cuenta que, a su llegada, luego de treinta horas de vuelo, entró «de súbito, en una atmósfera enardecida, a causa de la no concurrencia de España al Congreso». Se desencadenó una fuerte corriente de hostilidad hacia la ingrata Madre Patria y las palabras “ofensa”, “desaire” y “agravio” se reiteraban en las constantes referencias al conflicto. La indignada efervescencia llegó a tal punto que el académico Martín Luis Guzmán, novelista y político de fuerte temperamento, propuso el cisma: que las Academias americanas se separaran de la española. Pero la idea no tuvo apoyo. La mayoría de los académicos mexicanos y las demás instituciones que conformaban la Asociación no se adhirieron a la pasional propuesta. El conflicto fue diluyéndose y, a fines de ese mismo año, la Real Academia se unió a la Comisión Permanente; en Madrid, tuvo efecto el Segundo Congreso, y, restañadas las heridas, la capital española se constituyó en sede de la institución, alojada en el edificio de la Real Academia.

En verdad, la Academia Española no había sido la responsable de la ausencia de su delegación. Según palabras del secretario de la corporación, Julio Casares, la decisión se había tomado «por indicación de la superioridad». El régimen franquista, imperante entonces y con una década de poder absoluto, mantenía relaciones tensas con el Gobierno mexicano y le reprochaba su apoyo a los republicanos. Le exigía que manifestase públicamente haber puesto término a sus relaciones con el gobierno rojo —como llamaban los franquistas a sus enemigos— y desconociese la llamada representación diplomática republicana en México.

En nuestro país las Academias nacionales soportaban momentos de turbulencia. Si nuestra Academia había estado presente en ese borrascoso primer Congreso, decisiones político-culturales tomadas por el gobierno de entonces no presagiaban nada bueno y se dudaba de que la entidad existiera cuando se celebrase el segundo, en 1956. Desde el Gobierno nacional, se desencadenaron medidas regulatorias de las Academias que eliminaban su autonomía y las convertía en meras dependencias del Estado. En 1950, se había promulgado una ley en ese sentido, muy debatida en el Congreso, y reglamentada en 1952 por un decreto que precisó sus alcances. ¿Cuáles eran? Las corporaciones, para su integración, debían presentar una terna de candidatos a un Consejo de Academias Nacionales, encargado de efectuar la elección. También los presidentes debían someterse a esa instancia. No los elegían sus pares, sino funcionarios del Gobierno. Además, curiosamente, los académicos cesaban en sus cargos a los sesenta años. Debían irse a la edad en que lo habitual en todas las academias del mundo era que entraran. Las razones de la ley, comunes en los regímenes autoritarios, eran capciosas. Escudándose en la supuesta función social de los intelectuales y en el servicio que debían prestar a la sociedad y, en particular, a los sectores populares, los funcionarios ejercían la discriminación y buscaban la uniformidad ideológica […]».

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