Miroslav Scheuba, el poeta cocinero pasó por las sierras cordobesas

Tras visitar el Bosque de la Poesía, afirmó que "los algoritmos, por lógicos que sean, nunca tendrán la misteriosa belleza de una mariposa, de un ruiseñor o de un arco iris."
domingo, 26 de septiembre de 2021 · 00:00

 Por Pedro Jorge Solans.

Fotografía: Silvia Coggiola.

tanto el arte poético como el arte culinario son alimentos de primera necesidad, afirma el poeta nacido en Iquique, Chile.

 

Miroslav Scheuba Rosales, el poeta cocinero dialogó con El Diario en su paso por Villa Carlos Paz. Sus opiniones arrojan tanta claridad como sus poesías y sus microrrelatos. Las otras llaves del reino, Abecedario fabuloso, son algunas de las obras que tiene este poeta chileno, (1950), radicado en Buenos Aires. 

 

P. Solans: ¿Cómo definiría al panorama poético en la actualidad?

Miroslav: El panorama, como siempre, es auspicioso. Desde la Grecia antigua, todos los tiempos han sido difíciles, pero aún hasta en las peores épocas, habrá un Píndaro que se inspire frente a una copa de vino y diga un brindis. Precisamente, el poeta que acabo de mencionar, una noche había aceptado dos invitaciones a cenar. Una comida la daba una gente pobre y la otra, una familia rica. En las dos ocasiones dijo el mismo ditirambo y en las dos cenas fue muy aplaudido:

  “Cuando preocupaciones y penas broten del corazón, naveguemos todos juntos sobre un océano de oro y aunque vayamos hacia orillas engañosas, disfrutemos del poder del vino, gracias al cual los pobres se vuelven ricos y los ricos se vuelven felices.”

 

P. Solans; ¿A su criterio cómo afecta la pandemia a la comunicación, especialmente a la poesía?

Miroslav: Por un lado, esta pandemia ha exacerbado a los medios de comunicación y en algunos casos, el exceso de información nos ha intoxicado. No obstante, estimo que la poesía sale fortalecida de esta pandemia porque la palabra ha tenido tiempo y espacio para recuperar su valor intrínseco. La poesía, fuente de desahogo, es curadora; la poesía, remedio para el alma, es sanadora. Para los árabes y antes para los persas, la poesía era una forma de rezar. Omar Khayyám, mil años después de Cristo, elevaba sus ojos al cielo e imploraba: “¡Oh Señor! Cuida de mis pies y de mis manos. De mis pies, porque son los que me llevarán hasta la taberna; y de mis manos, porque con ellas levantaré la copa.”

 

P. Solans: ¿En qué coinciden el arte poético y el culinario?

Miroslav: Coinciden y bastante porque tanto el arte poético como el arte culinario son emocionales, pasionales y ambos son alimentos de primera necesidad.

 

P. Solans: ¿Qué opina del procesamiento del lenguaje natural, o de los algoritmos que intentan interpretar el lenguaje?

Miroslav: Una palabra siempre estará más alta que una cifra. Hay matemáticos que hablan de la belleza de los números y las ecuaciones. Me atrevo a decir que los algoritmos, por lógicos que sean, nunca tendrán la misteriosa belleza de una mariposa, de un ruiseñor o de un arco iris.

 

P. Solans: ¿La poesía puede ser el acto humano en un mundo tan inhumano?

Miroslav: En un mundo tan inhumano y despiadado, suelen ocurrir actos humanos que lo redimen y nos redimen. En medio de un basural, la poesía es un acto sagrado.

 

P. Solans: ¿A su criterio puede nombrar poetas que iluminaron el camino de su poesía?

Miroslav: Tuve el destino de nacer en la patria del idioma poético de Neruda, poeta que en un momento de su vida se siente agobiado por el peso de la existencia, pero gracias al idioma en que vive, puede desahogarse y decir: Sucede que me canso de ser hombre. Este verso o esta frase de siete palabras es intraducible a cualquier otro idioma. Tuve la suerte de acercarme al idioma inglés y darme cuenta de que Shakespeare es el más alto poeta de la lengua inglesa. En un pasaje de Macbeth, un personaje le dice a otro que los vencejos anidan en lo alto de la torre del castillo, allí, donde el aire es delicado. Tengo la dicha de leer a Borges en su idioma y agradecerle que él hubiera leído a los grandes poetas como Dante Alighieri y que hubiera resumido un momento del Inferno de la Divina Comedia, donde Francesca de Rímini se encuentra en la biblioteca de su marido, el viejo y jorobado Francesco Malatesta, y mientras ella está buscando un libro, Lancelot, porque está podrida de aburrimiento, aparece su cuñado, Paolo Malatesta, que es joven y bello, y ambos se sorprenden y se flechan. En ese momento fatal, aparece el viejo mal pensado y creyendo que ya ha pasado “algo” entre ellos, los mata. Siglos después, Borges escribe: 

                                  

                                   Se miran con incrédula maravilla.

                                   Las manos no se tocan.

                                   Han descubierto el único tesoro;

                                   han encontrado al otro.

                                   No traicionan a Malatesta,

                                   porque la traición requiere un tercero 

                                   y sólo existen ellos dos en el mundo.

                                  

El poeta en Carlos Paz

 

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