"El relato lo oí una noche en una aldea de los Qom...

Cuando llovieron peces…

Por Marta Juárez (Tartagal, Salta)
lunes, 5 de diciembre de 2022 · 21:45

Por Marta Juárez
(Tartagal, Salta)

 

El relato lo oí una noche en una aldea de los Qom, de boca de Saqweni, una anciana que siendo niña fue protagonista de los hechos narrados.

Llovía aquella noche cuando llegué a esa aldea hundida en las profundidades del monte chaqueño. El agua caía aplacando el polvo del camino y los ánimos de los Qom, o tobas como se los conoce comúnmente, agobiados de calor y de olvidos históricos. Apretados bajo la enramada del wete alrededor del fuego junto a los perros adormilados al rescoldo de las cenizas compartí la ronda de mates y cuentos, de antiguas historias que los ancianos sacaban despacio del saco musgoso de la memoria. Saqweni no tenía edad, jamás tuvo documentos de identidad y ella hacía mucho que había olvidado cuántas veces sus ojos habían visto florecer los quebrachos colorados. Había nacido en Napalpí en la provincia del Chaco donde en 1924 se produjo la masacre indígena más grande que registra la historia argentina nunca contada. Su padre pertenecía a esa comunidad y al formar pareja con su madre, Lujtai, una wichí miembro del poderoso clan de los Awuchés, parentela de los Rosillos, se fueron a vivir a Napalpí donde había nacido Saqweni.

Los hechos sucedieron en el tiempo de la ocupación del chaco, región que iban invadiendo progresivamente, corriendo y masacrando a los originarios de sus territorios, creando colonias, trasladando e instalando ganado, acaparando los mejores pastizales. Los shamanes sabían combatir al enemigo territorial, al de los pueblos vecinos con los cuales mantenían luchas históricas por las aguadas, por los mejores lugares de caza y a veces en las fiestas de la aloja por puras borracheras acordándose de viejos pleitos. Con ellos los shamanes se convertían en niloj, guerreros que no se pueden ver, pero con los ahatai, con los hombres blancos no funcionaba su magia, no podían hacerles frente porque si bien decían, ellos no tenían un espíritu poderoso se amparaban en la oscuridad del reino de donde venían. Los brujos sentían en ellos un mal resuello, que soltaba un hedor que señalaba de la peor enfermedad de la especie, LA CODICIA. 

Saqweni tendría unos cinco años cuando sus padres junto a otras familias escaparon de la balacera de los policías en Napalpí que mató a casi toda la población sin distinción de ancianos, mujeres y niños. Entonces varios grupos escaparon y huyeron a los montes, pero la policía fue tras ellos, salió a cazarlos como a animales. El grupo de la familia de Saqweni logró salvarse, pudieron sobrevivir en la selva durante la estación que proveía de alimentos, animales para la caza, frutos, peces en el río, pero cuando llegó la época de escases y frío no habiendo qué comer no pudieron resistir.

_ ¡Teníamos tanto hambre que los chiretitos, pobrecitos,  no paraban de llorar, no había nada con qué calmar el gusano del hambre que retorcía las tripas! – dijo  Saqweni, hundiendo su mirada en las cenizas del tiempo que no apagaba el dolor.

            _ Ya no había qué comer entonces el Jefe del grupo nos lleva al pueblo que estaba más cerca y era el Zapallar. Cuando el sol nos da en la cabeza llegamos, muertos de hambre y sed, entonces el Jefe dice:

            _ ¡Vamos a ver a comisario Prestera, que sepa que venimos a pedí comida no a peliá!–  Y ahí nos vamos toditos y Prestera escucha al Jefe que dice a él que queremos alimentos, que chicos y ancianos estan muriendo de hambre! –

El Comisario Prestera escuchó al jefe del grupo que respondió todas las preguntas que le hizo, cuántos habían escapado, dónde habían estado, que no tenían armas, y muchas otras que les hizo. Después de escucharlo le dijo que lleve a su gente a la entrada del pueblo, que hasta allí le iban acercar la ayuda que pedían.

            Hacia ahí se fueron con la ilusión que pronto tendrían algo que llevar a la boca. Esperaron y esperaron pero pasaba el tiempo y Prestera no llegaba, iba cayendo el sol tras el río y los chicos lloraban de hambre pero el comisario no llegaba nunca con los alimentos prometidos. La tarde moría cuando escucharon un ruido de montados, de caballos que venían al trote y de golpe cayó sobre ellos. En vez de alimentos Prestera había pedido tropas a Resistencia y reforzado con ellos comenzó la golpiza, a palos y a balas de nuevo. Se lanzaron contra todos sin mirar a quienes golpeaban o mataban los policías de a pie y a caballo. La gente comenzó a correr por todos lados y sobre ellos se lanzaban balas y montados, entonces un grupo de mujeres asustadas corrieron hacia el río y se lanzaron con sus hijitos en brazos a las aguas del Bermejo que bramando venían en crecida.

_ Y el río se los llevó en su correntada a todas las madres con sus hijitos. - 

Saqweni para un momento el relato ante el silencio que cae sobre el auditorio estremecido de espanto. Atiza el fuego, tiene los ojos enrojecidos…

_ De golpe el cielo se puso negro, grandes nubes taparon el sol, y la voz furiosa del trueno retumbó tan fuerte que tembló la tierra. Los vientos de los cuatro costados se desataron de las sogas de piedras que los ataban en la montaña y bajaron atropellando con toda violencia. Un gran estruendo se sintió de golpe y pareció que la tierra se partía. Eran  las grandes barrancas de orillas del río que se desmoronaban cayendo sobre las aguas del Talá, el Bermejo que se hicieron sangre que comenzó a crecer y a crecer hasta rebalsar inundando todo el pueblo de los ahatai...

_ Y comenzó la tormenta y llovieron peces y cuando paró el suelo estaba cubierto de todo tipo de pescados. Comenzamos a juntarlos, los hombres hicieron fuego y asamos varios a la llama y ahí nomás los comimos. Después guardamos pescado asado para el viaje y volvimos otra vez al monte.

_ Eso me acuerdo yo, pero mi marido que también estaba en el grupo, era chico como yo, dice que el solo se acuerda de haber visto los hombres muertos a balazos que quedaron tendidos en el suelo y las mujeres que se tiraron con sus hijitos en brazos al río.–

Y yo recuerdo que esa noche no hubo más relatos.  

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