Después de su elogiado texto "El final de la historia"

Otros cuentos breves de Melina Navarro Frutos

La escritora de Carlos Paz que dicta clases en el IES

En esta edición se publican tres textos de la escritora carlospacense Melina Navarro Frutos.

Todo estaba planeado, Piso 29 y El Umbral.

Su original estilo sorprende e invita al lector a resolver las historias presentadas por la autora en sus breves. 

Navarro Frutos ya impactó con el primer cuento publicado por El Diario, El final de la historia.

 

 

Todo estaba planeado

Todo estaba planeado. Para cuando la policía llegara, los gritos y los pedidos de auxilio no dejarían lugar a dudas de que fue un accidente. El cuerpo tendido al fondo de la cañada indicaría que trágicamente ella se despeñó de la ladera de la montaña cuando Julia resbaló al pisar el borde de una piedra inestable del filo del acantilado.

Se despertó sobresaltado. Hacía tiempo que lo maquinaba. Pero, por ahora, lo mantenía en secreto. Quizás era tiempo de compartirlo con su esposa; el sueño había resultado clarificador.

Marianella Susurró suave a su esposa que dormía plácidamente a su lado.

Despierta Marianella Prosiguió inquieto.

¿Qué pasa? Protestó adormilada.

Sé cómo recuperarlo todo Le dijo mientras esbozaba una sonrisa extraña.

Era el tiempo en que florecían las astromelias. El sol de primavera entraba por todos los ventanales de la casa iluminando cada rincón. Pronto sería su cumpleaños y su hija y su yerno la visitarían. Detuvo sus pensamientos, la alegría se le esfumó por un momento: su yerno… grave error cometió su dulce Marianella al casarse con Javier; su único interés, la fortuna familiar. Pero eso se había acabado hacía tiempo.

Se animó nuevamente. Terminó de arreglarse frente al espejo y salió de su habitación rumbo a la cocina. Una vez allí, cargó con agua la pava y la encendió, sacó una taza de la alacena y un saquito de té verde que depositó en la taza. El teléfono celular se iluminó en la mesada; era un mensaje de Marianella; el jueves vendría a casa, un día antes de su cumpleaños y Javier la acompañaría.

Sentimientos encontrados se anudaron en su estómago. Estaba feliz de reencontrase con su hija, pero disgustada de ver a su yerno. Sacudió sus pensamientos. Terminó de prepararse el té y bebió lentamente con la intención de recuperar la calma en cada sorbo; mientras su mirada se perdía en los rayos de sol que atravesaban las tablillas entreabiertas de los postigos.

 

Pronto llegó el jueves. La ansiosa mujer, parada junto al ventanal de la entrada principal, custodiaba la calle a la espera de su hija. Tiempo después, el ruidoso motor del viejo auto le advirtió que se acercaba a la casa. Se detuvo entre humos y explosiones y Marianella descendió del ruinoso automóvil, bella como siempre.

Julia abrió la gran puerta de madera y salió corriendo a abrazar a su hija, el viejo perro bretón que dormía distraído en el sillón de la sala, se animó ante los gritos de alegría y comenzó a ladrar mientras movía frenéticamente su rabo.

Ambas mujeres, abrazadas y entre risas, entraron a la casa, al tiempo que Javier sacaba las valijas del baúl del automóvil y se ponía en marcha dificultosa al interior de la casa.

La tarde transcurrió tranquila, hasta que Javier le propuso a su suegra, dar un paseo, una caminata por las sierras, al día siguiente con motivo de su cumpleaños.

Ya no estoy en condiciones de hacer esas travesías. Los años no vienen solos Dijo entre risas.

Pero suegrita, anímese, además Carlo nos puede acompañar, le vendría muy bien a este perro viejo recordar sus aventuras juveniles, cuando salía de cacería

Nunca debió mencionar ese asunto, así hubiera sido mejor. El rostro de Julia perdió de pronto su brillo y una mirada de odio atravesó a Javier.

El hombre se percató de su error y bajó la cabeza, al instante en que su esposa posaba una mano en su pierna con la intención de indicarle que guardara silencio.

Hace algunos años, en un confuso hecho, el padre de Marianella había muerto. Oscar y Javier habían salido de cacería deportiva acompañados del bretón que estaba en entrenamiento. Lo cierto es que Oscar quería dialogar con Javier, pero en lugar de eso tuvieron una fuerte discusión por un aparente fraude en los negocios de la familia y el arma de Oscar se disparó. Todo indicaba que el culpable era Javier; pero su hermano, abogado experimentado, logró aclarar la situación y Javier fue absuelto. Desde entonces, Julia echó a Javier de la empresa y de su vida, pero lo que no imaginó es que su hija lo seguiría incondicionalmente.

 

Y ahora estaban allí. Sentados frente a frente alrededor de la mesa del comedor, sin saber qué decir, mordisqueando en silencio los pensamientos dolorosos que los distanciaban unos de otros.

Fue entonces cuando Marianella interrumpió el silencio.

-Ma, Javier sólo quiso ser amable. Anímate, vamos a disfrutar de las caminatas que tanto te gustan- Dijo e inmediatamente calló mientras tomaba con ternura la mano de su madre extendida sobre la mesa.

El día amaneció lleno de perfumes de primavera. Javier y Marianella esperaban a Julia en el comedor de la casa. Habían preparado un gran desayuno de cumpleaños para ella. Con miradas cómplices y risas nerviosas la pareja se miraba, pero Julia estaba demorada. Para cuando bajó de su habitación al comedor, el desayuno ya se había enfriado y los esposos estaban desanimados.

-Perdón por la tardanza, pero me dormí muy tarde y hoy no escuché la alarma del reloj, disculpas otra vez. ¿Nos vamos? - Dijo Julia de pie junto a la mesa.

-Pero, mamá…¿y el desayuno?-

-No tengo hambre; pero sí ganas de caminar. ¡Vamos perezosos! Me llevaré esta delicia para el camino, por si más tarde me da hambre- Replicó alegremente y tomando un pastelito de chocolate lo guardó en su mochila.

Julia condujo en su lujosa camioneta durante dos horas hasta alejarse de la ciudad y llegar al pie de la montaña. Cuando estacionó, todos bajaron alegres del vehículo, hasta el viejo perro parecía haber rejuvenecido varios años al bajar velozmente y correr sin rumbo por el paisaje agreste.

La escalada se hacía cada vez más intensa y dificultosa a medida que ascendían por el cerro. Julia le daba ánimos a su yerno que se había quedado atrás varios metros. A medida que avanzaban, madre e hija se detenían para esperar a Javier quien daba signos de estar muy agotado. La respiración se entrecortaba, la vista se le nublaba y no lo dejaba ver bien el camino.

Todo estaba planeado. Para cuando la policía llegara, los gritos y los pedidos de auxilio no dejarían lugar a dudas de que fue un accidente. El cuerpo tendido al fondo de la cañada indicaría que trágicamente él se despeñó de la ladera de la

 

montaña, que Javier resbaló al pisar el borde de una piedra inestable del filo del acantilado y madre e hija hicieron todo lo posible para salvarlo.

 

 

Piso 29

El pasaje del viento helado de abril perfora su escaso ropaje hasta calarle los huesos y dejarse vencer.

Una y otra vez se elevan en su mente las palabras últimas que pretendió disimular por tantos años… Se elevan y se estrellan contra los muros oscuros de su laberinto mental.

Desde el balcón grisáceo y envejecido del piso 29, Alicia, con sus ojos húmedos de tanto dolor observa la nada que la rodea.

El sol comienza a perderse tras las espaldas de cemento de la inmensa ciudad.

Alicia reacciona, enjuga su llanto torpemente con sus manos y rápidamente entra a la habitación solitaria y oscura. A tientas enciende una luz y toma su caja de cigarrillos que depositada sobre la mesa la espera como siempre, en cada momento de incertidumbre. Luego de un suspiro enciende uno, aspirando profundo el humo venenoso que le recorre las venas hasta calmarla.

Cierra sus ojos intentando recordar sus blancos dedos acariciándole la piel hasta erizarla. Es inútil, por más que lo intente la razón destruye la ilusión del alma.

Alicia apaga la luz. La oscuridad invade cada rincón cercando con su fuerza la pequeña habitación.

Ella permanece inmutable, de pie, en el ángulo más frío; el cigarrillo se ha consumido en su mano y ni siquiera las cenizas se divisan en la penumbra…

Las sirenas de la policía perturban el silencio y con sus luces rompen el espacio.

Atraída por el tumulto se dirige hacia el balcón con paso lento e inseguro. Desde la altura es difícil comprender el caos; intentando divisar con claridad inclina con cuidado su cuerpo contra la baranda mohosa de cemento gris.

Nada, el desorden generado alrededor no permite que se vea lo ocurrido. Decide bajar.

Entra al departamento, enciende una luz y dirigiéndose al pasillo toma un abrigo del perchero que pende de la pared cercana a la puerta de salida; se lo coloca rápidamente mientras abre la puerta y sale rumbo al ascensor por el estrecho

 

pasillo. Se detiene frente al ascensor, pulsa el botón que llama a la ruidosa máquina y espera. El nerviosismo que le provoca la curiosidad hace que, por un instante, olvide la tristeza que la invade.

El ascensor llega anunciándole con el gemido débil de un timbre. Alicia cruza la puerta.

En los cuarenta y cinco segundos que tarda en descender los 29 pisos retorna a su angustia de saberse abandonada por un hombre duro que no supo amarla. Su mirada se ha clavado en el suelo:

- Y decía que me amaba el infeliz- Repite casi en silencio mientras se esfuerza por no llorar.

Otra vez el timbre le anuncia que está llegando a su destino; reacciona, se despeja y mira en el espejo del aparato mientras acomoda su cabello y se preparar para salir al exterior.

La puerta se abre y Alicia sale expulsada hacia la entrada del edificio en busca de una respuesta a su incertidumbre. Con paso presuroso llega hasta donde se encuentra el tumulto y abriéndose camino entre la gente se detiene extasiada al observarse a sí misma; su sangre cubre cada poro de la piel rasgada. Desesperada, trata de pronunciar palabras a la gente de su alrededor, pero es inútil, son indiferentes a su presencia.

Intentando abrirse paso a empujones corre hacia la entrada del edificio e ingresa al ascensor casi sin aliento. Aprieta con fuerza el botón 29, se cierra la puerta y comienza a ascender.

Su mente perturbada no le permite comprender lo ocurrido. Se mira al espejo y toca su rostro con sus manos; rompe en llanto mientras se deja caer al suelo lentamente:

¿Por qué me traicionó? – Murmura.

¿Por qué? – Grita y luego trata de calmarse al tiempo que revuelve en el bolsillo de su abrigo en busca de un cigarrillo. Lo encuentra, presurosa y con torpeza lo enciende y aspira profundo.

 

El timbre la hace poner de pie con dificultad. Se abre la puerta. Trabajosamente intenta correr tomándose de las paredes del pasillo para no caer. Entra a su departamento con violencia y arrancándose su abrigo se dirige al balcón en la oscuridad. El pasaje del viento helado de abril perfora su escaso ropaje hasta calarle los huesos y dejarse vencer.

Una y otra vez se elevan en su mente las palabras últimas que pretendió disimular por tantos años… Se elevan y se estrellan contra los muros oscuros de su laberinto mental.

Desde el balcón grisáceo y envejecido del piso 29, Alicia, con sus ojos húmedos de tanto dolor observa la nada que la rodea y se deja caer…

 

 

El umbral

Lo sintió desde el primer instante en que atravesó el umbral de su nuevo departamento. Era el mes de marzo y había esperado por años ese momento. Lentamente, comenzaría a hacer realidad su sueño.

En la gran ciudad, se levantaban fríos e inmutables los grandes edificios rodeando el río que atravesaba el paisaje urbano. El suyo era un bloque macizo en diferentes tonos de gris que se erguía orgulloso en una esquina frente a la cañada que encajonaba el río. Lo divisó a lo lejos y apresuró el paso, no importaba que el cordón de su zapatilla estuviera desatado, tendría cuidado, no tropezaría en las viejas baldosas sueltas de la vereda.

Arrastró con fuerza su valija y las pequeñas ruedas se quejaron ante el esfuerzo, como se quejaba su alma por el desarraigo. Pero otro sueño la aguardaba, otra vida, otro destino. La música alegre que le llegaba a sus oídos desde los auriculares, la impulsó, la animó.

Llegó. Con ansiedad y nerviosismo sacó la llave del bolsillo de su viejo pantalón y entró en el edificio. Una ráfaga de aire frío la golpeó en el pecho y la hizo retroceder, dudando de su decisión. Pero se recuperó y subió las escaleras hasta el tercer piso.

Le costó llegar. A cada escalón, el equipaje se le hacía más pesado. Se paró frente a la puerta y la abrió con dudas. Un aire húmedo y frío la recibió. Todo oscuro. Las pocas ventanas del departamento no daban paso a la luz. Los edificios de la cuadra se peleaban por ser más altos y se ensombrecían mutuamente.

Encendió la luz y observó cada rincón. Todo estaba perfectamente ordenado, decorado como era su costumbre. Se sintió un poco incómoda, sin embargo, pensó que comenzaba una nueva historia y sonrió.

El ruido monótono de las calles céntricas, que nunca cesaban, no le permitieron conciliar el sueño aquella noche o era su recuerdo o era el temor que le generaban esos recuerdos. Tomó su celular de la mesa de luz y miró la hora; consultó el clima; leyó las noticias, hasta que decidió que era suficiente y se propuso abandonar la cama.

 

Tomó la valija que descansaba en un rincón de la habitación, la depositó sobre la cama y con torpes movimientos desparramó su contenido sobre el acolchado. Buscó entre sus cosas algo de ropa y elementos de higiene y comprobó con rabia que las camisas le iban pequeñas y los pantalones muy ajustados. Aún así se los calzó y salió a la calle decidida a comenzar un nuevo día.

Caminó sin rumbo bajo el sol agobiante de los últimos días de verano. La indiferencia de la gente, apresurada para llegar a sus destinos, le recordaban que ese no era su lugar sino el de alguien más. Detuvo su marcha. Agachó la cabeza y su mirada se perdió en las manchas de sus sucias zapatillas de tela desteñida.

Regresó al departamento. Tenía hambre, así que buscó algo que comer en la alacena de la cocina. Prepararía un poco de arroz con algunas legumbres que encontró en una lata de conservas. Y comió sola.

Al día siguiente el grito del timbre la despertó. Se sintió confundida, no sabía qué hacer, qué decir. Se levantó de un golpe y en pijama se acercó a la puerta y esperó nerviosa. Del otro lado volvieron a insistir con el timbre. Dudó. Las piernas le temblaban.

Detrás de la puerta una voz de mujer preguntó:

-¿Cecilia? ¿Cecilia estás ahí? Por favor hija, estoy preocupada, hace unos días que no sé nada de vos. ¿Por qué no contestas el teléfono? La voz de la mujer se calló, esperando una respuesta.

Pero ella no respondió. Y esperó, inmóvil, con la respiración agitada, hasta que escuchó pasos alejándose por el pasillo, bajando la escalera. Respiró profundo e intentó recuperar el equilibrio. Hoy no saldría del departamento.

La noche llegó pronto y con ella los temores y el insomnio. Permanecer encerrada en ese lugar ya no era la mejor opción. Los recuerdos la ahogaban apretándole el estómago hasta provocarle nauseas. Rompió a llorar. La cabeza le dolía, todo daba vueltas a su alrededor. Hasta que de pronto la vio: era Cecilia. La miraba desde el retrato que colgaba en el ángulo más oscuro de la habitación, con sus cabellos mojados pegados a su pálido rostro y su vestido blanco empapado de lluvia.

 

Lo supo entonces y lo confirmaba ahora. Lo sintió desde el primer instante en que atravesó el umbral de su departamento.

No debió haber ido a ese viaje de fin de semana. Después de todo, sus amigos eran unos tontos. Sabían que ella les temía a las fuertes tormentas de verano y ese día se avecinaba una que prometía descargar toda su furia.

Y cerró los ojos. Y sintió el cabello mojado pegándose a su rostro y su vestido empapado de lluvia. A lo lejos escuchaba las voces de sus amigos que la llamaban, pero no podía responder, gritaba y su voz no salía, quería correr, pero sus piernas no se movían.

Tal vez, si el escritor terminaba de escribir la historia, ella podría salir de ese laberinto de sueños y vigilias.

 

 

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