14 de agosto: un nuevo aniversario del nacimiento de Manuel J. Castilla.

La tierra en uno                                

Por Aldo Parfeniuk (Ensayista y poeta)

Por Aldo Parfeniuk

(Ensayista y poeta)

  

  Toda la obra de Manuel José Castilla ( Salta, 14/08/1918- 19/07/1980) es un ejemplo concreto del valor y la importancia de la poesía frente al deterioro del mundo cuando la idea de progreso se funda solamente en los avances científico-tecnológico-económicos.  Cabe recordar que una cultura como la que el conquistador encontró en marcha aquí, en estas tierras del Sur,  sin  autoproclamarse como tal, resultó ser mucho más respetuosa (más “culta”) que la que trajeron los españoles, especialmente en sus relaciones con la tierra y con el concepto, tan en uso hoy, de desarrollo sustentable.

 Convengamos en que uno de los componentes principales de la poesía del poeta se enmarca en lo que se puede entender bajo la denominación de panterrismo (la tierra en todo) y que es propia, natural, de una milenaria cultura andina que, mixturada con la vertiente hispánica, compone un entramado que aún se mantiene vivo en las sociedades de nuestro noroeste.  En nuestras provincias  grandes y en los conglomerados urbanos del país es algo que prácticamente ya desapareció en tanto componente activo -y sobre todo visible- de lo socio cultural. En nuestro NOA, la de Manuel J. Castilla es una poesía ingresada ya, y en el mejor de los sentidos, a la categoría de  reliquia. Y esto es así debido a que esta poesía (sus versos, giros, decires, estrofas enteras…) corrió la suerte de ser adoptada por buena parte de la gente común (y al decir “común” me refiero a no especializada en leer poesía) como palabra religiosa: verbo que promueve en las subjetividades un fuerte imaginario, rigiendo, en algunos casos, ideas o conductas: por cuanto más que decirla, a su poesía, en realidad suele predicársela (como en algún otro momento pudo suceder, por ejemplo, con el Martín Fierro)  Seguramente, en más de un caso, se la pone en práctica, cumpliéndose así su carácter performativo. Lo cierto es que el hombre de la poesía de Castilla es este argentino/latinoamericano en general no debidamente considerado respecto de su americanidad subyacente ( nos referimos a la americanidad cobriza y con tonada); que vive de unos vínculos diferenciadores y que los establece no sólo con sus semejantes y con la naturaleza, sino con el tiempo, con sus dioses láricos -o lares, de los lugares- y con lo absoluto; es decir, en tanto deudor físico y metafísico de la Madre Tierra y del Padre Sol.

Este hombre latinoamericano de Castilla (el que ocupa actualmente una gran superficie física de nuestro interior argentino) todavía vive sin fracturas la continuidad entre lo cósmico y lo humano, entre lo físico y lo espiritual, aún cuando incorpore sincréticamente formas y contenidos eurocentristas universalizados.

       La “colonialidad” (por decirlo con la terminología de Aníbal Quijano) ejercida por las culturas dominantes europeas, lejos de convalidar un mismo status entre la naturaleza y el hombre, sentó como premisa el hecho de que quienes se identificaban con la naturaleza eran hombres que pertenecían a un nivel inferior, mientras que quienes tomaban distancia y la manejaban según sus intereses y sus modos, conformaban una clase superior ( detrás de esto se encuentra, en realidad, la construcción del concepto de raza )  Castilla practica, como artista, una ética de la responsabilidad, en el sentido de hacerse responsable de lo próximo que lo rodea, es decir de su paisaje natural y del mismo prójimo integrado a ese paisaje: de lo que le dio y le sigue dando vida y lo conforma física y metafísicamente.

 Oponiéndose al modelo de sometimiento de la naturaleza y la tierra, implícito en el concepto de lograr los máximos resultados en el menor tiempo posible y atendiendo solamente a los intereses de una sola de las partes, Castilla se hace cargo de lo que la tierra padece y, tomando su voz, habla,  dice con/por ella.

     Desequilibrada pero necesariamente, lo cierto es que  hasta en su programa estético nuestro poeta incorpora esa ética de regirse por lo que es mandato y fruto de su tierra: los trece libros que publicó Manuel J. Castilla son encabezados por una copla anónima, hecha por la gente de su tierra. Así como todavía hoy, en cualquier sitio de la región andina, antes de beber un simple vaso de cerveza el lugareño derrama al suelo el primer trago servido -para que beba la madre tierra- en cada libro de Castilla las palabras iniciales también le son consagradas, a la manera de ofrenda e invocación. También en el orden de lo gnoseológico el poeta adopta el mismo principio fundante: cuando se le solicitó al poeta una frase para el frontis de la recién creada Universidad de Salta –y próxima a cumplir cincuenta años-  escribió: “Mi sabiduría viene de esta tierra”.

Su poesía recrea ese mundo y ese tiempo, esa temporalidad, propios de las culturas andinas, profundamente ecológicas, dentro del cual cobran vida un herbolario, un bestiario y un fraternario, en cuya memoria se reconocen en continuidad aymaras, quechuas, wichis, matacos, gauchos, agricultores, pastores y mineros, en relación amigable no sólo con el resto del mundo de la naturaleza sino entre sí mismos, porque se saben frutos de una madre tierra sometida a la explotación y al envenenamiento.

    Quizás el poema-insignia de este importante aspecto de la poesía de Manuel J. Castilla que aquí se pone de relieve y se ofrece como ejemplo sea “La libertad”: texto que constituye toda una verdadera lección de respeto y hermandad con el medio ambiente. Entre otras cosas, allí se nos enseña (o se nos recuerda, por ser una  olvidada verdad) que la tierra es libertad disponible para la felicidad y el gozo de los hombres:  no para el sufrimiento. Y que ella, la tierra, sólo se entrega a quien demuestre ser capaz de poseerla amorosamente: único acto, único lenguaje que entiende la libertad/la tierra.

     Hablamos de una tierra -como es nuestra Latinoamérica- constituida por regiones a las que pareciera haberles llegado, finalmente, la hora de una unidad afirmada en su diversidad, mejor: en su bio diversidad.

 

La libertad

Déjate llevar con ella de la mano y mójate en su sombra

como si le sorbieses lo más puro del alma.

Vas a sentir entonces que tu sangre fluye en río sonoro

que trepa las barrancas y fecunda las últimas semillas,

por qué como salido de su cuerpo va el viento por la tierra alegoso,

lleno de arena bailando en remolinos y alegre.

Comprenderás por qué el jinete sólo pampa y distancia adentro

vaga como un sueño dentro de la patria

y que aquí en Salta

tocas el olor del maíz

y entiendes las comidas y el sabor de las manos de tu madre,

el gusto de las frutas del monte, su chañar, su algarroba

y hasta el crimen ingenuo de sus pájaros cuchilleros en los crepúsculos.

Sabrás desde qué lado del hombre le sube entristecida

la baguala y lo cava de huesos hasta hacerlo verter sus cales más

       profundas

como si fuera

su fuego fatuo en vida.

Sentirás su latido como el paso verde de la primavera trepando en una

planta

y la flor de esa planta tendrá un aroma a gente viva, desprevenida y

pura.

Sentirás por ella que el trigo calchaquí que comes con tus hijos

sabe a ichuna forjada en herrerías campesinas

hinchando el fuelle con los cuatro vientos del mundo.

Por qué desde ella avanza el mascarón de proa salpicado de agua de

mar

con todo el cielo encima de su pelo lo mismo que un gozoso joyerío

y peces voladores igual que ahogados queriendo abandonar su cautiverio.

Verás a Juan del Monte, el zorro,

dar su vida por ella a pura travesura

mientras te va enseñando su fatigosa reconquista risueña.

Animales montuosos, canciones de la entraña, comidas con que fundas los

días de tu vida,

padres vivos y muertos, todo vendrá a tus ojos,

si te dejas llevar por ella de la mano.

Recién entonces la tierra será tuya.

                                                          Manuel J. Castilla

Manuel J. Castilla publicó, entre otros libros: Agua de lluvia, La niebla y el árbol, Copajira, La tierra de uno, Norte adentro, De solo estar, El cielo lejos, Bajo las lentas nubes, Andenes al ocaso, El verde vuelve, Cantos del gozante, Triste de la lluvia. Además es autor de gran cantidad de reconocidos temas del cancionero popular argentino. Por su obra obtuvo importantes reconocimientos, algunos de los cuales son:  Premio Regional de poesía del Norte,  Premio Fondo Nacional de las Artes y el Primer Premio Nacional de Poesía. Sobre su poesía escribieron, entre otros, Antonio Requeni, Santiago Sylvester,Ricardo Kaliman, Aldo Parfeniuk.

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