Periodismo poético

Agonía en cinco tuit

A la memoria de Liliana Giménez, (44), la docente que vivía en Villa Giardino y fue una de las primeras víctimas de la pandemia de COVID-19.
martes, 23 de agosto de 2022 · 21:32

Por Pedro Jorge Solans

 

 

-¡Nada! ¡Nada de versos libres! ¡Ustedes escriban como puedan,

con palabras y corazón

porque todo lo que sientan es poesía! -Decía la maestra,

y sus alumnos miraban los cóndores,

y los cóndores atravesaban el infinito.

El viento esculpía las uñas de las rocas de Los Gigantes,

y el paisaje una escuela,

un nido en el solar

de la Pampa de Olaen.

Desde ese lago seco en pleno cielo donde bebieron miles de años

las sierras mediterráneas,

desde ese lago, de vez en cuando la maestra bajaba al pozo

a nivel del mar,

con alforjas repletas de escritos mágicos con olores a hierbas frescas

y minerales futuristas,

bajaba hacia la cárcel de Bouwer

donde los presos leían el tiempo de otros presos,

y se tatuaban los bandidos protectores de los sueños

de Fiódor Dostoyevski, José Santos Chocano y Óscar Wilde

y salían de los pabellones para recibirlas detrás de las rejas

con alforjas repletas de cartas, promesas y aplausos.

La resignación no tenía sitio en su mirada,

en lo alto, ella escribía

para quienes no leían,

o no sabían leer; 

y en el pozo, liberaba pájaros sedientos,

que sobrevolaban conciencias

y ciudades temerosas,

ciudades iluminadas de faroles simbólicos

de días insulsos,

ciudades hostiles, siempre hostiles

con semáforos histéricos.

La maestra se llamó Liliana Giménez,

era una semilla fecundada en lugares,

donde tenía sensaciones diferentes,

con el mismo aire puro de libertad:

cerca de las nubes

como detrás de los barrotes.

Ella sentía aromas de especie humana,

ese olor a sueño que revive.

 

II

 

Liliana murió al caer la noche. Fue un crimen más,

uno de los tantos golpes desconocidos e inciertos

de origen lejano,

de un mal ajeno,

de un destino imprevisible.

Ella no sabía que las vanitas y la finitud rondaban sus aulas,

que la esperaban desde que escribió en la pizarra del firmamento,

donde hay traición, hubo lealtad.

Fue ese mismo día que en la pared de un calabozo leyó:

“no se puede jugar solo al carnaval.”

La perseguían,

y la esperaron en las alturas de los cerros

y bajaron con ella hacia la otra cara de la vergüenza,

y aprovecharon un largo bostezo

en un amanecer donde se amasaba el pan de los necesitados de aliento,

los que escribían agonías en celdas sin ventanas.

Ellos tenían la tenían como su “lazarilla” en las penumbras a traviesa,

de la mano de la profesora no les importaba la televisión de colores sui generis.

Cuando alertó a sus sentidos no hubo más cobijo entre los corderos

de las sierras,

y fueron derrotados sus alumnos

detrás de los barrotes de Bouwer

y entonces, prefirió despedirse

antes que la despidieran,

y describió de puño y letra su agonía en grafitis virtuales.

Le bastaron cinco.

Cinco tuits,

¿para qué más?

Si el adiós y la bienvenida insumen la misma urgencia,

la misma suerte,

la misma decisión,

el mismo instante.

 

III

 

Liliana relató sus últimas horas o primeras de la vía de los muertos.

No necesitó métrica para que se entendiera el dolor en carne viva,

y cómo soportaba la invasión

y describió con puntos y coma el sudor de una fiebre inefable

que coloreaba su cuerpo e insumía agua más de la cuenta.

El llanto de la impotencia humedeció su casa

sobre el polvoriento camino de los artesanos

en la cordobesa Villa Giardino.

Ese domingo tuvo una oscuridad distinta

y con cuarenta y cuatro años amanecidos,

lo percibió:

No había torta selva negra ni café de autor en El Bosque.

Hubiese sido el mismo domingo en cualquier lugar del mundo.

Veintinueve de marzo con la sangre en ebullición, publicó:

 

- “Hasta luego amigos, los quise.” -

 

Sintió que los asesinos estaban cerca.

El uranio de la mina Schlagintweit la envolvió en un velo caracol

para que descendiera de la nieve incipiente de Los Gigantes

a la intensa temperatura otoñal de Punilla. 

Era su último descenso.

Fue lento para evitar caídas innecesarias

y pudiera oler, sentir, palpar, ver y oír

desnuda el riesgo del adiós

en un pestañeo  

para cada una de las piedras

que habían encendido sus micas

en su honor.

Fue lento su descenso

para que inhalase profundamente

cada una de las hierbas serranas.

Un coro de aromas, y una brisa cómplice

la acompañaron

con peperina, poleo; menta, espinillo, chañar, jarilla y el romerillo,

y debajo,  

danzaban la albahaquilla, la salvia y el tomillo,

y le demostraban sus amores los helechos, las carquejas y las matas de zarzamora.

La escoltaron en medio de una cortina neblinosa

donde sobresalía la ternura en manos anónimas

pequeñas, sensibles, invisibles al tacto.

 

IV

 

La otra realidad estaba en sus tuits.

Abandonada, se iba, se iba,

y lo sabía,

publicó otro mensaje el treintaiuno de marzo.

 

-Anoche. Cuarenta grados pese al paracetamol.

 El médico dice que aumente la dosis

y que no vaya a los centros de salud,

ni me mueva.

No califico para Covid-19.-

 

La oscuridad de la casa era más visible que las luminarias públicas.

Ese mismo martes atascado de nubes

se dedicó a terminar su mensaje.

Horas más tarde del segundo comprimido,   

apareció escrito en su red social de pajarito.

 

-No califico ni para dengue-

 

Todo absolutamente todo alistado

para una guerra distante,

virtual,

a librarse en escenarios neutrales

que ella no conocía, ni había leído,

¡Cómo, cómo entonces, podía intuir lo que pasaba!

Sus sábanas estaban más húmedas que nunca,

se adherían a su piel hasta que se imprimían

sudarios que no eran santos, ni beatos, ni mucho menos;

eran sudarios de una mujer que atesoraba la humanidad,

 inquebrantable

como el virus que la atacaba.

El cuarto tuit fue un compás.

 

-Ocho días de fiebre me llevó

para que un médico se acercara.

“Si tienes fiebre, espere otros síntomas.

Y estamos empezando.

Alexander Fleming, cómo te amo.

Tu poesía se anticipó a la ciencia”.-

 

Pensó en la casualidad,

en los efectos antibióticos de un hongo,

de un hongo alucinógeno

que poetizara su partida

o evitase un tropiezo. 

A las pocas horas,

su último mensaje tuvo aliento de ultratumba:

 

-Después de nueve días de agonía,

finalmente me llevan a internar.

Besos a todos.

 

V

 

Liliana, la docente de los vuelos de cóndores,

la madre de las Altas Cumbres,

la maestra que leía los más bellos versos

de lucha y resistencia,

que leía para que escucharan

los duendes de las cárceles

preparó su partida febril.

Ya no sabía quién era,

ni qué era,

tanteaba el enigma,

el delirio en su estado puro,

la belleza certera,

o lo opuesto a la verdad impuesta

por los poderosos.

¿Mujer?

¿Maestra?

¿Poesía?

Nadaba por los aires,

como una pluma sensible despojada de carne,

y una ambulancia en silencio anunciaba su destino.

Llegó al hospital tarde.

Penosamente tarde.

Ya no estaba en la camilla,

 había volado sobre un mar de colores y sonidos, 

hasta que se posó en cada ventana de cada celda y cantó:

“para la libertad…”

Y luego, como un pájaro más

voló sobre flores,   

cantó la alegría y la belleza de lo vivido.

La Unidad de Terapia Intensiva era una coreografía.

Bailaba con una sonrisa en otro plano

perspectiva de algo que parece, pero no está.

La neumonía bilateral y el edema pulmonar se habían coronados

reyes de una pandemia

que Liliana apenas conoció

por las imágenes que llegaban de otras geografías.

                                           

  

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