Periodismo poético

La modista del pueblo San Onesíforo de Galípolis

Por Pedro Jorge Solans
sábado, 10 de septiembre de 2022 · 13:59

por Pedro Jorge Solans

(periodismo poético)

 

La modista del pueblo San Onesíforo de Galípolis

solía coser, tomar mate y conversar a la vez.

Decía; -el misterio de la vida es muy grande para una existencia tan corta,  

y uno tiene que hacer varias cosas a la vez

para vivir varias vidas-

Quería ganarle tiempo, al tiempo;

no soportaba la necesidad de ir baño,

cuando su máquina de coser “Singer” aceleraba el bordado

y del otro lado, la aguja marcaba una obra de arte.

Su pequeña silueta no disimulaba su obsesión.

La modista presentía que su silencio era de no fiar,

podía hacerla pisar el palito,

traicionarla con un simple engaño

pero inevitable.

Y esa tarde, como todas las tardes,

su tía Porfiria golpeó la puerta,

su compañera de horas interminables,

la miró de arriba abajo,

y la mandó a orinar.

La modista mansamente obedeció,

y la “Singer” se detuvo tras funcionar

sin interrupciones

desde que el transporte de la Fundación Eva Perón

la dejó en su lugar.

La tía Porfiria no pudo describir lo que sentía la modista,

no le cabía en su cuerpo.

La costurera del pueblo, la de todos, 

fue única por su lengua sin alfabeto,

filosa como su pobreza y sin saber leer ni escribir

bordaba y cosía.

“No me pregunten de qué color es lo que sale del corazón,”-repetía,

cuando no sabía qué responder.

 

II

 

En San Onesíforo de Galípolis decían de ella que trabajaba en diseños

para pobres, feos y dolidos, aunque nunca se animó a mostrarlo.

En su inconsciente temía.

El miedo fue su verdadero compañero,

emergía de su cueva cuando se presentaba en sociedad,

temblaba, sudaban sus manos

y ruborizada cerraba con fuerza su boca.

Tenía terror que se repitiera la leyenda milenaria del pueblo;

ella ya lo había sufrido.

No recordaba bien, si había sufrido por su abuelo

en la caída de Juan Perón,

o por su hermano en los años setenta,

o en sus sueños locos que escondió en el monte.

Su tía Porfiria, una religiosa practicante, la tranquilizaba:

-No seas miedosa mujer, nuestro Santo

ya lo hizo por nosotros y por nosotras.

Recuerda mujer; Onesíforos padeció el martirio de Adriano

por acompañar a un forastero por Hispania, y su sangre nos protege-

La costurera escuchaba a la tía Porfiria y se tranquilizaba.

Para una fiesta patronal,

el 6 de septiembre se había caído del almanaque,

y la modista vistió a todas las mujeres del pueblo

de igual manera para que, aunque sea, en el día del Santo Patrono

no hubiera desigualdades en el pueblo de Onesíforos.

Pero cuando las señoras se vieron vestidas iguales

se generó un clima molesto denso intenso en la procesión

y el odio estalló,

desde unos arbustos de la plaza central

sorprendieron jóvenes desnudos que bailaban

y flameaban banderas multicolores.

La vergüenza y los gritos de las familias arrestaron a la costurera

que inmediatamente recibió una lluvia de piedras,

restos de baldosas rotas y cascotes.

La acción de los vecinos fue más rápida que la policial.

La tía Porfiria desapareció entre los ligustros.

Los efectivos de la comisaría del pueblo vieron

como la modista que les arreglaba los uniformes gratis

era arrastrada por los feroces caballos de la fuerzas armadas

 

III

 

Fue acusada por atentar contra la moral y las buenas costumbres.

Murió la subversiva del pueblo.

No hubo velorio, sólo un acto de constricción.

¡Por mi culpa!¡Por mi culpa!¡Por mi gran culpa!

Semejante agravio mereció la hoguera.

El pueblo San Onesíforo de Galípolis se quedó sin ropa,

pero sin pecadora.   

Comentarios