El genial compositor español

El misterio de Manuel de Falla en Argentina

Por Pedro Jorge Solans (Especial para Fuentes Informadas)
miércoles, 10 de enero de 2024 · 07:44

El genial compositor español vivió en Villa Carlos Paz, amó las sierras cordobesas y murió en Alta Gracia. El músico andaluz no quiso volver a la España de Franco  

Dos días antes de su muerte en Alta Gracia, el compositor andaluz Manuel de Falla se despidió de su gran amiga la cantante catalana Conchita Badía.

—Hasta que volvamos a vernos, y si no, en lo eterno. —le dijo.

Badía volvió a Barcelona recordando la despedida, que fue casi una confesión. Falla le había narrado minuciosamente una reunión mantenida con amigos argentinos en las serranías cordobesas. Estaban en su cuarto del chalet El Espinillo, hoy Museo Manuel de Falla, él arrinconado por la tuberculosis, ella mirando por una ventana el cielo diáfano, imponente, brilloso que acariciaba un duraznero. La revelación surgió cuando la cantante le anunció que se volvería del exilio.

—Debe de ser el destino. —le dijo Conchita.

—No invoques al destino, yo me quedaré aquí o en cualquier lugar de las sierras, —respondió él, fastidioso.

Falla sedujo de una manera especial a Conchita. A tal punto que lo recordó toda su vida. Especialmente su último monólogo y una frase, que la dejó sin futuro: “Uno es, lo eterno”.

II

El compositor español nunca consiguió despegarse del primer pueblito que lo cobijó a orillas del lago San Roque, de vez en cuando buscaba motivos para visitar la villa de don Carlos Paz.

En 1943 llegó al castillo de su amigo, el escritor y mecenas Jorge Furt para pasar un día de otoño. No esperó un encuentro fuera de lo común. Era un paseo más. Pero conoció a un joven Ernesto Sábato y a Máximo Gainza Paz, familiar de los dueños del influyente diario La Prensa de Buenos Aires, que venían del paraje El Pantanillo, sobre el arroyo Los Chorrillos, donde vivían. Los jóvenes llegaron caminando y se emocionaron al conocer a Falla. Furt se los presentó.

—En casa de don Jorge tengo la impresión que estoy en el Palacio de Pitti, y de que todos los libros de Florencia me esperan para darme una paliza a la italiana, —dijo el joven Sábato, esgrimiendo una suave sonrisa. Furt ordenó a su personal infusiones para la visita.

—No creo que en el Palacio de Pitti haya ningún ejemplar de poesía gauchesca, ni cartas de tan poco interés para los italianos como el trabajo epistolar del señor Juan Bautista Alberdi —le respondió Máximo Gainza Paz.  Falla se mantenía en silencio.

—Furt, como todo poeta, tiene el deseo de construir la República de Platón. Y parece que intenta hacerlo aquí, con arquitectura jesuítica, desde esta colina donde puede soñar, mientras pisa el cielo de este pobre pueblo de Carlos Paz. Y si fuese así, creo yo, habría que darle un voto universal de confianza y señalar que su oscuridad no es cualquier oscuridad, —señaló Sábato con mueca irónica.

Falla lo miró y sonrió. Con la infusión en la mesa, el compositor, sin inquietarse, confesó:

—A mí siempre me persiguió la oscuridad. Recién lo noté cuando arribé a América. Salí de Europa tosiendo. Tosí con los inmigrantes y mientras ellos venían a probar suerte yo venía a curarme, —dijo Falla ante la mueca intimista y desgarradora de sus interlocutores. Luego remató, —En realidad todos veníamos por la vida. Pero la oscuridad no se disipaba, y como verán mi tos tampoco, —agregó, y tosió.

Sábato preguntó tratando de aliviar el momento:

—¿Usted sigue yendo y viniendo pese a haber encontrado un lugar en las sierras?

—Aquí me quedo, joven. —Falla giró la mirada hacia la puerta interna. Sábato elogió el castillo de Furt, ubicado en la actualidad a orillas de la ruta 38.

—La fachada se asemeja a esas edificaciones europeas exultantes. La imponente torre es una copia de la que se levanta en el Palacio de Pitti. —Furt lo corrigió:

—Ernesto, nada de castillo. Esta es una casa.

—El interior de esta casa, como la define el amigo, es similar al de los conventos. Para mí es La Pitti cordobesa, mi querido poeta del soneto libre, don Jorge Furt. —Replicó Sábato.

El clima era ameno, una invocación a las musas. Sábato había roto la timidez y la vergüenza tormentosa que lo caracterizaba en esa época. Según Gainza Paz, don Falla lo había deslumbrado.

—¿Habrá 40 mil títulos en la biblioteca de Furt?… me pregunto, —soltó Sábato y miró esperando respuesta.

Furt no quiso dar cifras: —No sé cuántos libros puede haber aquí. En esta casa nadie le da importancia a la cantidad.

Don Manuel de Falla, sorprendió y en voz suave se metió en la tertulia: —Cuando yo vivía en el pueblo de Carlos Paz, Furt sólo me hablaba de las cartas de Juan Bautista Alberdi y una vez se lo comenté a mi médico, el Doctor (Leopoldo) Conde, quien minimizó el estilo epistolar de este señor y, por consiguiente, no insistí. Luego supe que Alberdi, además de todo lo que saben los argentinos y en especial este señor que tengo a mi derecha, editó un periódico de moda que divulgaba la vestimenta femenina y masculina. Fue un cronista de los acontecimientos que generan seres inciertos en tiempos diversos, y me refiero a tiempos diversos para no invocar al futuro. El futuro que siempre es una locura. Escribía sobre costumbres impregnadas de poesía y música con el seudónimo Figarillo. Y cuando lo mandaron al exilio, dejó en Buenos Aires una amante y un hijo recién nacido, al que nunca reconoció.

Sábato no salía de su asombro y dijo con desgano:

—Otra señal de oscuridad que generalmente se confunde con tragedia.

—¡Ah, Ernesto!, tan joven y apesadumbrado. No se abrace a la vida doliendo. Mire lo que me pasó a mí. Mi padecimiento empezó en mi querida Cádiz y hoy tuve que escapar de Alta Gracia para gozar El amor brujo en este castillo. ¡Oh, perdón!, en esta casa de Furt, y escapé como si yo fuera un tercero en discordia en una de esas noches en los jardines de España. Ahora suena El sombrero de tres picos. ¡Shhh! Escuche, ¡cómo suena cuando se eleva desde la oscuridad! ¡Es Conchita Badía! Ella hace y deshace el mundo con su voz.

Falla empezó a toser. Tosía como nunca, quiso callar su tos con una pregunta y casi se ahogó. Sábato lo miraba con ojos desorbitados y Gainza Paz se había zambullido en su taza de café. El silencio inspiraba respeto.

–¿Qué piensa, joven..? ¿De la oscuridad, Ernesto? ¿Usted, que por lo que contó Furt, ha dejado la ciencia y cree en el arte? ¿Qué piensa de esta oscuridad maldita que nos agobia?

Sábato no supo qué decir, pensó un instante y ensayó una respuesta:

—Maestro, el hombre daría su existencia por disipar la oscuridad.

—¿Usted cree, Ernesto, que el hombre dejaría de existir por ver la luz? Tanta fe en un joven como usted me gusta y a la vez asusta.

—Por lo menos, hay que creer en la humanidad, maestro, don Manuel, en su música, que siempre refresca. Aunque humildemente le confieso: a mí me preocupa mucho la oscuridad tanto o más que lo eterno. Suelo resistir fuertes tormentas abrazado a momentos únicos e irrepetibles.

Hace unos días en mi rancho del Pantanillo he finalizado un texto sobre la oscuridad.

—Qué interesante sería leerlo.

Sábato sacó de su bolsillo unos manuscritos.

—¡Uy!, ¿los tiene aquí?

—Sí, los llevo conmigo porque en cada tormenta se me ocurren ideas para corregirlos, y uno no sabe cuándo una nube pone oscuro el horizonte. Alguna vez un vagabundo me dijo que la sombra no tiene tiempos ni espacios en la búsqueda de la luz. Siempre lo tengo presente.

Sábato quería contarle que escribía debajo de una higuera y que solían rodearlo fenómenos extraños, pero Falla no quiso dejar inconcluso el tema de la oscuridad.

—Léalo, por favor, Ernesto, —le dijo imperativamente.

Sábato, con manos temblorosas, se acomodó los anteojos y leyó:

–Aparte de razones vinculadas a la psicología de la infancia, el prestigio de la oscuridad se debe al hecho de que lo profundo es frecuentemente oscuro, lo que, desde luego, no implica la verdad recíproca. Especulando sobre este paralogismo, muchos escritores modernos han logrado fama de grandes psicólogos. Habría que distinguir la oscuridad de expresión y la expresión de la oscuridad. Es cierto que hay problemas oscuros, como el de Dios o el de la eternidad. Pero es deseable que se haga ver claramente en qué son oscuros…

Falla quedó en silencio y volvió a toser mientras Sábato lo miraba esperando una devolución.

—Brillante como oscuro, —dijo al fin— Sin embargo, en estos días en que casi no tengo a la España de mi vida, más que aceptar la oscuridad, o preguntarme, sobre el amor que siento o no siento. Quiero vivir plenamente este bello lugar, el más andaluz de América Latina.

—¿Maestro, por qué se fue del pueblo de Carlos Paz? —preguntó Sábato con mucha dificultad, ante el mutismo de Furt y Gainza Paz. Falla se sintió incómodo, molesto y tosió.

—Cuestiones de médicos y mezquindades humanas. En Carlos Paz mi médico era Leopoldo Conde. Después conocí a Gumersindo Sayago, quien me recomendó el traslado hacia Alta Gracia. Excusas hay muchas pero la intención era una sola, y el impulso pudo haber sido algo tan nuestro como los celos. Hace dos años que vivo a orillas de El Tajamar de los jesuitas.

Sábato sintió que le hincaron el pecho con una aguja cuando escuchó la palabra celos:

—Celos. Yo vivo en celos, maestro —confesó Sábato casi lagrimeando y Falla se apiadó y nombró por primera vez a su entrañable amigo Federico (García Lorca).

—Ernesto, ¿cómo se vive en celos? —Preguntó don Manuel.

Sábato, casi en trance, explicó que en las sierras había aprendido que los celos superan a la incertidumbre y la mayoría de las veces, sumergen en un túnel oscuro donde siempre se da lo que uno no quiere que se dé, y termina en tragedia. A Falla no le pareció relevante lo que escuchaba e interrumpió:

—Escuche, Ernesto, ¡escuche!, es Conchita Badía, El amor brujo.

Escucharon en silencio hasta que Falla rompió el clima.

—¿Y usted cómo llegó a ese paraje en medio de la desolación serrana?

—Para defenderme de lo superfluo. Es un refugio de gente un poco bohemia y sin dinero. Vivimos en simples ranchos sin agua corriente ni electricidad. Nos bañamos en el río. Llegué a principio de este año porque abandoné mis cátedras y mi carrera de físico. Quedé literalmente en la calle con una mujer y dos hijos pequeños. Estoy sobreviviendo gracias a algunas traducciones y artículos que escribo con seudónimo en el diario El Mundo. Llegué por indicación de Enrique Wernicke, amigo de ellos –y lo señala a Gainza Paz– que también pasa largos períodos aquí.

Falla hizo una mueca irónica. Se rieron. Sábato describió la pobreza que vivía como bella y redentora. Falla se interesó por el paraje, y le dijo que le gustaría conocerlo y Sábato lo invitó:

—Cuando guste, maestro. Está relativamente cerca de aquí. Podemos venir a buscarlo en un Ford 38 de una familia lugareña.

—¿Y qué hace ahí? —Le preguntó Falla.

—Hasta ahora me la pasé escribiendo y meditando sobre mi abandono de la ciencia.

—¿Qué título podrían tener esos escritos?

—Uno y el universo, me parece, —respondió Sábato.

—¡Hostia! Me seduce tanto o más que penetrar en la oscuridad. Me gustaría tener el honor de leerlo. ¡Eso de Universo…! Y Falla movió sus manos como agitando el aire.

—Maestro, usted es un artista trascendental. Yo apenas garabateo un viaje que tuvo como punto de partida la ciencia, pero aún no tiene final, aunque anhelo que sea la literatura o la pintura.

—Pero, el Universo… —exclamó Falla.

III

Conchita Badía nunca pudo responder una pregunta que la volvió loca: ¿Por qué Falla me contó con lujo de detalles la reunión que mantuvo en el pueblo de Carlos Paz?

En el camarote del barco, mientras regresaba a Barcelona, ensayaba su voz con el misterio de Falla. La soprano y pianista española nunca disipó las dudas sobre el futuro, ni ahuyentó los fantasmas del destino. Le retumbaba aquel diálogo como eco de algo que no volvería a vivir.

En el puerto fue recibida con afecto. Tras los abrazos y saludos de rigor, le preguntaron por el viaje:

—Se me hizo eterno, —respondió Conchita.

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