Fernando Pessoa: Un drama en gente            

Por David Ijiel Bonino Ensayista y poeta

Por David Ijiel Bonino
(Ensayista y poeta)

 

No hay “yo” posible donde las máscaras son el rizoma.

            ¿De qué rostro?

En Pessoa, “las máscaras” son el rostro impostor (o no). Nadie duda del simulacro  de la verdad fingida. El Poeta. “Máscara el rostro y máscara la sonrisa”.  Dialéctica  en este anfiteatro de su “drama en gente”. Una obra en donde sus heterónimos supuestos, son tan cabalmente reales, indómitos y disidentes como una tragedia sin caracteres. (O sí).

 

Alberto Caeiro

Alberto Caeiro nace en Lisboa en 1889, un año después del ortónimo, supuesto. Tras la prematura muerte de sus padres, se traslada a un pueblo de Ribatejo, antigua provincia portuguesa ubicada en el centro-sur del país, donde vive durante casi toda su vida, en la casa de una vieja tía abuela. No cursa estudios formales, a no ser la instrucción primaria, pero se va a constituir en el maestro entre otros  de Pessoa,  de Ricardo Reis y Álvaro de Campos.

Caeiro vive una vida contemplativa, de retiro y recogimiento, dedicada a forjar una visión “natural” del mundo.

Escribe Pessoa: “Puse en Caeiro todo mi poder de despersonalización dramática”. En cuanto a su figura nos lo describe como un hombre “rubio, pálido, de ojos azules, de media estatura”.   

Entre sus libros encontramos los siguientes títulos: Guardador de rebaños; diario del Poeta Amoroso y Poemas inconclusos. Más tarde sabremos que esos rebaños que guarda el poeta son sus pensamientos, con una salvedad “El rebaño son mis pensamientos  /y mis pensamiento son todos sensaciones”. Caeiro rehúye de la metafísica.  Intenta construir una visión natural del mundo, sin sobreinterpretaciones. Poeta clásico (o quizás ingenuo, para oponerlo al “poeta sentimental”). Su voz irá trazando los contornos de una Naturaleza que no debe ser develada; de un Dios que no precisa ser conocido. Caeiro pregunta “¿El misterio de las cosas dónde está? (…) Porque el único sentido oculto de las cosas / es que no tienen ningún sentido oculto, es más extraño que todas las extrañezas / y que los sueños de todos los poetas / y los pensamientos de todos los filósofos, / que las cosas sean realmente lo que parecen ser / y no hay nada que comprender.  // (…) Las cosas no tienen significado: tienen existencia. / Las cosas son el único sentido oculto de las cosas.”

Álvaro de Campos conoció por casualidad a quien sería luego su maestro. Un hecho incidental durante un paseo por Ribatejo. Las cusas se debieron a su primo, un comerciante vinculado a su vez al primo de Caeiro.  Así Campos relata el encuentro:

“Conocí a mi maestro Caeiro en circunstancias excepcionales, como todas las circunstancias de la vida, y sobre todo las que, no siendo nada en sí mismas, vienen a ser todo en los resultados.

Dejé en casi tres cuartos mi curso escocés de ingeniería naval; partí en un viaje al Oriente; en el regreso, desembarcando en Marsella, y sintiendo un gran tedio de seguir, vine por tierra hasta Lisboa. Un primo mío me llevó un día de paseo al Ribatejo; conocía a un primo de Caeiro y tenía negocios con él; me encontré con el que habría de ser mi maestro en casa de este primo suyo. No hay más que contar, porque esto es pequeño, como toda fecundación”.

            En cuanto a la fisonomía, a su rostro, su aspecto, su semblante, su tono de voz. Campos señala:

“Lo veo todavía, con la claridad del alma, que las lágrimas del recuerdo no empañan, porque la visión no es externa. Lo veo ante mí, lo veo tal vez eternamente como la primera vez que lo vi. Primero, los ojos azules de niño que no tiene miedo; después, los pómulos ya un poco salientes, el color un poco pálido, y el extraño aire griego, que venía de dentro y era una calma, y no de fuera, porque no era expresión ni fisonomía. El cabello, casi abundante, era rubio, pero, si faltaba luz, se acastañaba. La estatura era mediana tendiendo a alta, pero encorvada, sin hombros levantados. El gesto era blanco, la sonrisa era como era, la voz era igual, lanzada en el tono de quien no procura decir sino lo que está diciendo –ni alta ni baja, clara, libre de intenciones, de hesitaciones, de timideces. La mirada azul no sabía dejar de mirar fijamente. Si nuestra observación extrañaba alguna cosa, la encontraba: la frente, sin ser alta, era poderosamente blanca. Repito: era por su blancura, que parecía mayor que la de la cara pálida, que tenía majestad. Las manos un poco delgadas, pero no mucho; la palma era larga. La expresión de la boca, la última cosa en que se reparaba –como si hablar fuese, para este hombre, menos que existir– era la de una sonrisa como la que se atribuye en verso a las cosas bellas inanimadas, sólo porque nos agradan –flores, campos anchos, aguas con sol– una sonrisa de existir (…)”.

            Álvaro de Campos describe pormenorizadamente el primer encuentro. Refiere las disquisiciones que tuvo con su maestro sobre el romanticismo inglés, sobre el realismo estético y filosófico, sobre el paganismo y lo pagano. Sobre el infinito y los modos de lo finitos. La escena y el diálogo es el siguiente:

“Refiriéndome, una vez, al concepto directo de las cosas, que caracteriza la sensibilidad de Caeiro, le cité, con perversidad amiga, que Wordsworth designa un insensible con la expresión:

            “Una flor en la margen del río para él era una flor amarilla, y no era nada más”.

Mi maestro Caeiro rió. “Ese simple veía bien: una flor amarilla no es realmente sino una flor amarilla”. Pero, de repente, pensó. “Hay una diferencia”, agregó. “Depende si se considera la flor amarilla como una de las varias flores amarillas, o solamente como aquella flor amarilla”.

Y después dijo:

“Lo que ese poeta inglés suyo quería decir es que para tal hombre esa flor amarilla era una experiencia vulgar, o una cosa conocida. Pero eso no está bien. Toda cosa que vemos, debemos verla siempre por primera vez, porque realmente es la primera vez que la vemos. Y entonces cada flor amarilla es una nueva flor amarilla, aunque sea lo que se dice la misma de ayer. La gente no es ya la misma ni la flor es la misma. El propio amarillo no puede ser ya el mismo. Es una pena que la gente no tenga exactamente los ojos para saber esto, porque entonces seríamos todos felices”.

 Para Álvaro de Campos Cairo no era un pagano: era el paganismo. El ingeniero naval intenta desarrollar así este concepto. Nos dice: “Voy a definir esto de la manera en que se definen las cosas indefinibles: con la cobardía del ejemplo. Una de las cosas que más nítidamente nos sacuden en la comparación de nosotros con los griegos es la ausencia de concepto de infinito, la repugnancia de infinito entre los griegos. Pues mi maestro Caeiro tenía en sí ese mismo inconcepto. Voy a contar, creo que con gran exactitud, la conversación asombrosa en que me lo reveló.

Me refería él, desarrollando lo que dice en uno de los poemas de El Guardador de Rebaños, que no sé quiénamado en tiempos “poeta materialista”. Sin hallar la frase justa, porque mi maestro Caeiro no es definible con alguna frase justa, dije, con todo, que la atribución no era del todo absurda. Y le expliqué, más o menos bien, lo que es el materialismo clásico. Caeiro me oyó con una atención dolorosa en el rostro, y después me dijo bruscamente:

“Pero eso es muy estúpido. Es una cosa de curas sin religión, y por tanto sin disculpa ninguna.”

Quedé atónito, y le señalé varias semejanzas entre el materialismo y su doctrina, salvo la poesía de esta última. Caeiro protestó.

“Pero eso que llamas poesía es todo. Ni es poesía: es ver. Esa gente materialista es ciega. Dices que ellos dicen que el espacio es infinito. ¿Dónde es que ellos vieron eso en el espacio?”

Y yo, desorientado. “¿Pero no concibes el espacio como infinito? ¿No puedes concebir el espacio como infinito?”.

“No concibo nada como infinito. ¿Cómo es que puedo concebir cosa alguna como infinito?”

“Hombre”, dije yo, “supón un espacio. Más allá de ese espacio hay más espacio, más allá de ese más, y después más, y más, y más... No acaba...”

“¿Por qué?” dijo mi maestro Caeiro.

Quedé en un terremoto mental. “Supón que acaba”, grité. “¿Qué hay después?”

“Si acaba, después no hay nada”, respondió.

Este género de argumentación, acumulativamente infantil y femenina, y por tanto incontestable, me ató el cerebro durante unos momentos.

“¿Pero concibes eso?” dejé caer por fin.

“¿Si concibo qué? ¿Qué una cosa tenga límites? ¡Claro! Lo que no tiene límites no existe. Existir es que haya otra cosa cualquiera y que por lo tanto cada cosa sea limitada. ¿Qué cuesta concebir que una cosa es una cosa, y no está siempre por ser otra cosa que está más adelante?”

En esta altura sentí carnalmente que estaba discutiendo no con otro hombre, sino con otro universo. Hice una última tentativa, un desvío que me obligué a sentir legítimo.

“Mira, Caeiro... Considera los números... ¿Dónde es que acaban los números? Tomemos cualquier número: el 34, por ejemplo. Más allá de él tenemos el 35, el 36, el 37, el 38, y así sin poder parar. No hay número tan grande que no haya un número mayor...”

“Pero eso son sólo números”, protestó mi maestro Caeiro.

Y después agregó, mirándome con una formidable infancia:     “¿Qué es el 34 en la realidad?”

Con ese fervor velado con el que sólo los discípulos despiertos hablan de sus maestros, Campos refiere sus últimas impresiones, lamenta, tal como lo haría 2500 años antes Platón en el Fedón, la imposibilidad de acompañar a su maestro en los momentos finales de su vida:

“Nunca vi triste a mi maestro Caeiro. No sé si estaba triste cuando murió, o en los días anteriores. Sería posible saberlo, pero la verdad es que nunca osé preguntar a los que asistieron a su muerte cualquier cosa de la muerte o de cómo la tuvo.

En todo caso, fue una de las angustias de mi vida –de las angustias reales en medio de tantas que han sido ficticias– que Caeiro muriese sin estar yo a su lado. Esto es estúpido pero humano, y es así.

Yo estaba en Inglaterra. El propio Ricardo Reis no estaba en Lisboa; estaba de vuelta en Brasil. Estaba Fernando Pessoa, pero es como si no estuviese. Fernando Pessoa siente las cosas pero no se conmueve, ni aun por dentro.

Nada me consuela de no haber estado aquel día en Lisboa, a no ser el consuelo que pensar en mi maestro Caeiro me da espontáneamente. Nadie es inconsolable ante la memoria de Caeiro, o de sus versos; y la propia idea de la nada –la más pavorosa de todas si se piensa con la sensibilidad– tiene, en la obra y en el recuerdo de mi maestro querido, alguna cosa de luminoso y de elevado, como el sol sobre las nieves de las cumbres inaccesibles”.

 

Álvaro de Campos

Álvaro de Campos nació en Travira el 10 de octubre de 1890 y murió en Lisboa, el 30 de noviembre de 1935, el mismo día y el mismo mes de Fernando Pessoa. De origen judío portugués, tenía un rostro cetrino,  peinaba su pelo lacio con raya al costado, usaba monóculo y vestía chaquetas ceñidas al cuerpo. A diferencia de su maestro, Campos cursó estudios superiores.  Sus primeros conocimientos los recibió de su tío que ejercía como sacerdote en Babiera y que lo instruyó en el latín. Refiere el poeta de sí mismo “Alvaro de Campos, nacido en Algarve, educado por un tio-abuelo, cura, que le instiló cierto amor por las cosas clásicas”. Posteriormente se licenciaría en Glasgow, Escocia, en Ingeniería Naval, profesión que nunca llegaría a ejercer.  

Tras su vuelta a Lisboa, en 1914, a los 24 años, emprende un largo viaje en barco a oriente, visita la India y China, experiencia que marcaría su escritura y que dará como resultado Opiário, texto que sería publicado a posteriori y Onda Marítima. En esta última leemos:

“Ah las frescas mañanas del arribo
y la palidez de las mañanas en que se parte,
cuando nuestras entrañas se contraen
y una vaga sensación semejante al miedo
-el miedo ancestral de separarse y partir,
el misterioso y ancestral recelo al arribo y lo nuevo-
nos recorre la piel y nos tortura
y todo nuestro cuerpo angustiado siente,
como si fuese alma,
un inexplicable deseo por sentir de otra manera:
una nostalgia de algo,
una zozobra del cariño ¿a qué vaga patria?
¿A qué costa? ¿A qué nave? ¿A qué muelle”?   

Según Antonio Tabucchi, en su libro Un baúl lleno de gente “(…) en junio de 1914 Campos firmaba Ode Trunfal, solemne y vitalista celebración del hormigueo de lo real que, publicada en 1915 en el primer número de “Orpheu” serviría de manifiesto al modernismo portugués”. Señala el autor “Una vez establecido en Lisboa, Campos se convierte en el inventor y el corifeo de la vanguardia portuguesa”.   

            Futurista, burgués y anti burgués, snob, dandy, homosexual supuesto aunque se conocieron amores con una joven en su época de estudiante, sus manifiestos no fueron pasado por alto (Ultimátum, 1915, Aviso por causa de moral, 1923). Escándalo, ruptura, cesibilidad inteligencia e inclasificable hasta cierto punto. En su poema Marinetti, académico, haciendo referencia a Filippo Tommaso Marinetti, fundador del movimiento futurista, la primera vanguardia italiana, el poeta lisboeta ironiza:

“A eso van todos, a eso van todos…

cualquier día, salvo venta, yo también voy…

si nacen, al fin , todos pasan por eso…

No tengo más remedio que morir antes,

no tengo más remedio que escalar el Gan Muro…

si me quedo, me toman para ser social…

A eso van todos, porque nacieron para Eso,

y solo se llega a Eso para el que se nació…

Y a eso van todos…

Marinetti, académico….

Las musas se vengaron con focos eléctricos, mi viejo,

te pusieron por fin en el proscenio de la caverna vieja,

y tu dinámica, siempre un bocado italiano.

            f-s—s-s-s-s-s…….”

           

Campos siempre vuelve a su mentor.  Trata de encontrar un espejo que lo muestre. En “Notas para recordar a mi maestro Alberto Caeiro” confiesa:

“Mi maestro Caeiro, como no decía sino lo que era, puede ser definido por cualquier frase suya, escrita o hablada, sobre todo después del período que comienza de la mitad en adelante de El Guardador de Rebaños. Pero, entre tantas frases que escribió y se publican, entre tantas que me dijo y yo cuento o no, la que lo contiene con mayor simplicidad es aquella que una vez me dijo en Lisboa. Se hablaba de no sé qué que tenía que ver con las relaciones de cada cual consigo mismo. Y yo pregunté de repente a mi maestro Caeiro, “¿está contento consigo?” Y él respondió: “No: estoy contento”. Era como la voz de la Tierra, que es todo y nadie”.

 

Ricardo Reis

Ricardo Reis nace en Oporto el 19 de septiembre de 1887. Su muerte acontece el 30 de noviembre de 1935. Como si una fatalidad ineluctable lo hubiera previsto todo de ante mano, ese día muren también sus amigos, Fernando Pessoa y Álvaro de campos.  Día aciago para las letras portuguesas.

Reis, a diferencia de los otros, vivió casi toda su vida en Brasil. Lejos de Lisboa. Lejos de la Baixa. Médico de profesión, se auto exilia en sud América por sus ideas monárquicas en plena coyuntura de la primera república portuguesa.

Educado por los jesuitas en su infancia. Su escritura es impensada si no se la piensa en diálogo con las sátiras del poeta latino Horacio.  Nos dice Pessoa “Pese en Ricardo Reis, toda mi disciplina mental, investida en la música que le es propia”.  

“Las rosas del jardín de Adonis
son las que yo amo, Lydia, esas efímeras rosas
que en el día de su nacimiento,
en ese mismo día, mueren.

La luz es eterna para ellas, pues
Nacen con el sol cuando ya ha salido, y se acaban
antes que Apolo pudiera incluso iniciar
sSu trayectoria visible.

Como ellas, déjanos hacer de nuestras vidas un día,-
Voluntariamente, Lydia, desconociendo
Que existe la noche antes y después
de lo poco que perduramos”

Álvaro de Campos escribe sobre su amigo: “Hay frases repentinas, profundas porque vienen de lo profundo, que definen a un hombre, o, mejor, con las que un hombre se define sin definición. No me olvido aquella en que una vez Ricardo Reis se me definió. Se hablaba de mentir, y él dijo: “Abomino de la mentira porque es una inexactitud”. Todo Ricardo Reis – pasado, presente y futuro – está en esto”.

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