Charla con Paula y María Marull

“Nuestras obras son como hijos que cuidamos mucho”


Producción de MICA, Mercado de Industrias culturales Argentinas

Referentes culturales

Paula y María Marull, dramaturgas, actrices y referentes del mundo del teatro, cuentan cómo conciben el arte, realizan un recorrido por su carrera y brindan recomendaciones para los hacedores culturales del sector teatral.

Son hermanas gemelas, casi idénticas. Ambas son actrices y dramaturgas formadas con el maestro de actores Raúl Serrano y los dramaturgos Mauricio Kartún y Javier Daulte. Escriben juntas o por separado, se dirigen mutuamente y comparten cierta mirada del mundo que hace que sus obras tengan un sello propio: son historias pequeñas con una sensibilidad particular que repercute con fuerza en los espectadores.

En Lo que el río hace, su última pieza en cartel, los espectadores lloran, se ríen, aplauden de pie y en muchos casos las esperan a la salida del teatro para contarles sus experiencias. Una vez, por ejemplo, se les acercó un sobreviviente del ARA General Belgrano —un crucero que se hundió tras un ataque durante la Guerra de Malvinas—muy conmovido por una escena de naufragio que hay en la obra. La multipremiada pieza cuenta la historia de Amelia, una mujer que vive en la ciudad y se ve obligada a volver al pueblo donde pasó su infancia tras la muerte de su padre y allí, nada es como lo recordaba; salvo el río. 

La historia tiene elementos autobiográficos, transcurre en Esquina, Corrientes, donde las hermanas Marull pasaban los veranos en su niñez. A los 18 años se mudaron a Buenos Aires desde su Rosario natal para estudiar Diseño Industrial; empezaron a trabajar como modelos y a estudiar teatro. Pronto se sumaron a la televisión, en ciclos como “Atorrantes”, de Pato Galván o “1, 2, 3, Out”, conducido por Horacio Cabak. En paralelo, seguían con sus estudios de teatro y dramaturgia. En los escenarios y en la escritura de sus obras encontraron su lugar de pertenencia y la televisión fue quedando atrás. La Pilarcita –escrita y dirigida por María– y Yo no duermo la siesta, escrita y dirigida por Paula, y protagonizada por María, son algunas de las obras que realizaron. 

El trabajo sostenido durante más de diez años, hace que hoy sean referentes en el mundo del teatro y para los hacedores culturales que forman parte del Mercado de Industrias Culturales Argentinas (MICA), el programa de la Secretaría de Cultura de la Nación a cargo de Leonardo Cifelli, del que las Marull también participaron hace algunos años.

 

—Varias de sus obras abordan grandes temas pero lo hacen a través de pequeñas historias ¿Hay una búsqueda consciente en ese sentido? 

María—Sí. Me atrevería a decir que para nosotras la única manera de abordar los grandes temas es a través de las pequeñas cosas. Casi que hablamos de los grandes temas sin querer, te diría. Uno puede hablar del amor a través de una escena, un momento, a través de algo cercano. Creo que si uno se pone a observar la vida o las imágenes que aparecen cuando se sienta a escribir o se conecta con la creatividad o con la necesidad de expresar algo, siempre están escondidos los grandes temas, pero a simple vista no se ven. Si los viéramos quizás nos asustaríamos, diríamos, “ay, mirá cómo estamos tratando este tema”, sentiríamos una responsabilidad que quizás es mejor no sentirla en el momento que uno se está expresando, casi sin saber de qué estás hablando. 

Siempre son escenas o momentos o situaciones o imágenes que esconden alguna pregunta que uno internamente se está haciendo y que después de todo el proceso creativo, de sacarlo afuera, de que se transforme en una obra, que venga el espectador, ahí recién uno termina de entender o empieza a entender que estamos hablando de grandes temas. Yo creo que es esa un poco la manera que nosotras tenemos de abordar la creación, digamos, ¿no? 

Paula— Sí. A mí me pasó que cuando empecé a escribir, ya teníamos una formación como actrices, habíamos leído mucho teatro. Nos gustaba escribir, pero nunca habíamos incursionado en la dramaturgia, y yo sentía que los dramaturgos eran como próceres, que hablaban de grandes temas. Entonces, cuando empecé a escribir mi primera obra, que es igual a todas las otras que hemos escrito, historias de gente sencilla, pequeñas, si se quiere; de héroes o antihéroes de la vida real, ¿no? que no tienen efectos especiales. Entonces yo sentía que eran temas pequeños, como ¿a quién le va a importar una chica que viene del interior o una señora que sale a tomar mate a la vereda? Javier Daullte —que es uno de nuestros maestros, junto con Mauricio Kartún— me incentivaba mucho a seguir escribiendo esa historia pequeña. Me decía que el tema iba a aparecer después. 

El tema aparece solo, sin que lo busquemos, como dice María, porque si uno a priori quisiera escribir sobre un tema, la libertad, por ejemplo,  no sabría ni cómo abarcarlo. Por ahí ponés ideas sobre la libertad o estereotipos de la libertad, pero quizás escribiendo sobre una mujer que se termina yendo de la casa y se libera de un montón de exigencias que tenía, de su pareja, terminás hablando de la libertad, de la liberación, pero desde un abordaje cercano, ¿no? 

 

—¿Y creen que eso es lo que hace que el público empatice tanto con sus obras? 

Paula—Sí, yo creo que sí, que tiene que ver con algo de que el tema se vuelva universal, porque, por ejemplo, en Lo que el río hace, que hay una imagen muy presente del padre de Amelia, que es el personaje que hacemos con María, que está bastante inspirado en nuestro padre. Nuestro papá era una persona muy singular, no se parecía a ningún padre. Y, sin embargo, sucede que en la obra a toda la gente le llega mucho. Qué increíble que con un padre tan diferente a todos se pueda identificar tanta gente, ¿no? A nosotras nos resorprende y conmueve. Es la magia del teatro. Me parece que el escribir desde las imágenes hace que el público sienta. El material empieza a repercutir en una zona interior del espectador, que se sube al viaje al que lo estamos llevando, ¿no?

La obra tiene varias capas, una primera que parece sencilla y simple, en la que el espectador entiende lo que está ocurriendo. También tiene sentido del humor y el espectador se ríe mucho, eso hace que esté disponible para conectarse con algo más profundo que el material tiene, que lleva a la emoción, a las preguntas o a los temas de los que la obra habla. Son preguntas que creo que en este momento también muchos espectadores se están haciendo, tienen que ver con el tiempo, con qué hacemos con nuestro tiempo, con qué hicimos con nuestras elecciones a una cierta edad, a dónde quedó lo que éramos, qué pasa cuando nos reencontramos con gente que se guardó una parte de nuestra que ya no somos.  

María—Yo creo que la obra tiene su virtuosismo, la gente está entretenida durante dos horas, se emociona, y se ríe, pero para mí hay un plus de ese cuerpo que está ahí viviendo algo que no vive mucho, que es dos horas de estar sintiendo, estar riendo, estar llorando, estar sin el celular, compartiendo con toda esa gente en vivo y en directo. Es algo único y profundo. 

Paula— Muchas veces en el aplauso nos reconmovemos. Cuando se prende la luz vemos a la gente conmovida, se pasan un pañuelo, algunos se abrazan entre ellos, es re lindo lo que pasa. Eso que pasa ahí, entre la gente, no tiene que ver tanto con nosotros. Quizás los inspiramos, lo provocamos en ellos, pero la gente se entrega a eso. Por ahí ves a un señor grande todo de traje que llora a pesar de él o una chica que llora y el marido la abraza. Me conmueve. 

La obra en todas esas capas habla de nuestro papá, de nuestra infancia, del tiempo, de los amores, de algo muy de uno, pero cuando viene ese aplauso, y vos ves a la gente, que te mira conmovida, te agarra la emoción, porque es como que estás hablando con esa persona; te están abrazando, como que te dicen “ay, nos está pasando lo mismo” y no sabés qué, porque no sabés qué le pasó, pero algo de eso le pasó, quizás el papá murió, quizás se está preguntando, qué le está pasando en su vida, quizás no da más. Se arma algo que es muy lindo, te involucra. La verdad que lo disfrutamos porque recibís también del público, es ese compartir que hoy en día también con la vida que vivimos, se va perdiendo. 

 

—¿Ese ida y vuelta con el público les aporta a la hora de escribir o de hacer una obra?

María—Nosotras siempre valoramos mucho al público. La obra la empezamos a descubrir cuando la estrenamos, porque el público termina de completar el espectáculo. Por ejemplo, siempre nos sorprende que la gente se ría tanto, porque cuando nosotras escribimos son situaciones dramáticas, los personajes siempre están atravesados por algo que les está costando resolver, atraviesan momentos difíciles. Siempre pensamos que va a estar el humor porque es la manera que tenemos de mirar la vida, entonces está incluido en nuestra manera de escribir naturalmente. 

Valoramos mucho lo que nos devuelve también en el momento en que estamos haciendo la obra. No somos de escribir para el espectador, escribimos lo que necesitamos contar para nosotras. Por supuesto trabajamos un montón para que todo sea lo mejor posible, el texto, los ensayos, la escenografía. Sí es verdad que somos muy de consultar, en proceso de ensayo y todo, le consultamos mucho a gente que valoramos mucho su opinión, por ejemplo, Mauricio Kartún y Javier Daulte, te diría que han supervisado todos nuestros materiales en todas las instancias, texto, ensayo, y son consultados permanentemente, ya de manera compulsiva para cualquier decisión que hay que tomar. 

Paula— Somos muy de consultar y pedir ayuda. Una vez que estrenamos el público, por supuesto, te ilumina, como dice María, te resignifica, por ahí el público ve cosas en el material que nosotros no vimos, incluso siempre nosotros le hacemos un chiste a Jorge Dubatti, le decimos “por favor, Jorge, estrenamos, vení a ver la obra, así sabemos de qué estamos hablando, así sabemos qué decir”, porque viste que él te analiza la obra de una manera que vos, cuando la lees, decís, “pa, hice todo esto”. A veces escuchamos a los espectadores que hacen comentarios durante la función y es muy gracioso, los otros días en la escena de amor, el actor que hace de Antonio dice, “volviste, yo te estaba esperando”.Apenas arranca la escena escucho a una señora que dice, “¡ay, pobrecito!”.

 

—Empezaron trabajando en televisión y hoy son referentes del teatro y una de sus obras, La pilarcita, cumple diez años. ¿Qué lectura hacen de ese camino? 

María— Mirá, yo siento que llegamos naturalmente, que un poco es como la vida, que va pasando día a día, y después decís, “oh, mirá todo lo que pasó”.  Poniendo el ejemplo de La pilarcita, que ahora, además, para los 10 años volvió a estar en la obra Lucía Maciel, que fue la primera con la que estrenamos la obra. Volver a ensayar con ella fue tomar conciencia del paso del tiempo. De hecho, cuando yo estrené esa obra mi hija Eva era bebé, yo iba a los ensayos, después le daba la teta, y ahora, Lucía actuó con las ojotas de mi hija Eva puestas en los pies.

Tengo una sensación de gratitud hacia hacia el teatro en general, hacia la vida, hacia todos los actores y los equipos y los grupos que han hecho que las obras sigan- Agradezco de habernos escuchado a nosotras mismas, de haber dicho, “bueno, sí, hagamos nuestras obras” fue algo que se fue dando naturalmente, pero te diría que lo siento como algo muy de pasito a pasito, de algo muy artesanal de estos años, muy bonito, muy paso a paso, porque trabajamos de una manera muy artesanal en un punto. Se ha transformado un poco nuestra manera de vida también, los elencos son como nuestras familias teatrales.

Paula—También estuvo lindo que en un momento nos escucháramos, porque la verdad nosotros cuando vinimos de Rosario hacíamos obras con nuestros compañeros de teatro de Raúl Serrano, mientras trabajábamos en televisión. Cuando fuimos al casting de “1, 2, 3, Out” nosotras teníamos todas las piernas lastimadas porque estábamos haciendo Las brujas de Macbeth en el teatro independiente y  nos arrastrábamos por el piso y nos lastimábamos todas. 

El trabajo de televisión era muy expuesto porque eran programas que se veían un montón. Entonces no se sabía nuestro camino, que nosotras estudiábamos y  escribíamos obras muy incentivadas por nuestros maestros. Digo esto porque es importante la figura de un maestro que te diga “sí, tu obra está buena, la tenés que dirigir vos”. Un maestro te puede abrir o cerrar una puerta. Entonces empezamos a hacer nuestras obras y la verdad no había garantía de nada. Nosotras lo hacíamos por una necesidad de contar esa historia nuestra, pero sí hubo algo, te diría hasta físico, de sentir como mucha pertenencia en esos lugares; de decir “yo acá me quiero quedar”, en contraste con lo otro. Nosotras nos nutríamos ahí. Lo otro se fue desvaneciendo porque ocupamos más el tiempo en eso que en lo otro, y de alguna manera como que seguimos trabajando de la misma manera, viste, como esto artesanal que decía María. Seguimos trabajando de una manera artesanal.  Las obras son como hijos que cuidamos mucho. 

Cuando uno mira atrás, hemos sido afortunadas también, qué sé yo, de tener un lugar, un espacio donde conectarnos con cosas lindas. 

María —Además, también hemos tenido la suerte — o no sé, se llamarla suerte— de estar bien acompañadas, ¿no? Por ejemplo, Lo que río hace, la estrenamos en el Teatro San Martín en la Sala Cunill Cabanellas, que es la más pequeña, más parecida a las salas del teatro independiente. Después, cuando terminó, dijimos “bueno, a ver, ¿a qué sala la llevamos?” y ahí apareció Andrea Stivel con el Teatro Astros y ella apostó a que una obra como Lo que el río hace, que quizás no es lo que se venía viendo más frecuentemente en la calle Corrientes, donde hay espectáculos más comerciales, con actores con más cartel, más famosos o autores extranjeros. Nosotras tampoco sabíamos cómo iba a funcionar la obra ahí. Había productores que nos decían “van a tener que cambiar la gráfica porque esa gráfica es muy seria, tiene que estar más arriba y tienen que acortar la obra”, una visión de un teatro más comercial. Nosotras, con Andrea, que es la dueña del teatro, pudimos decir “bueno, apostemos a la obra como es, confiemos que si a la gente le gustó le va a gustar”. Empezamos con un día por semana, una sola función y después Andrea nos fue dando dos, tres y ahora estamos haciendo cinco funciones por semana en una sala de calle Corrientes donde no es tan habitual. No hay que subestimar al espectador y pensar que porque una obra tiene que ser comercial, entre comillas, tiene que tener cierta fórmula. También esto es trabajo en equipo. Todo esto que pasa nos gusta mucho, por nosotras y porque pensamos que también puede pasar con otras autoras, otros autores. Abre caminos. 

 

—¿Qué consejos o recomendaciones les podrían dar a los hacedores culturales que, como ustedes, se dedican al teatro?

María— Yo creo que hay que confiar en el universo personal que cada uno tiene como artista. A mí me parece valioso siempre llevar eso a fondo porque como decía Kartún, “uno es el poeta que puede y no el que quiere”. Para mí esa es una frase muy buena porque por ahí vas a ver algo que te encanta y decís “que hermoso escribir así”, pero quizá a mí no me sale escribir así, yo escribo como soy. Si uno quiere escribir como no es o escribir cosas o ideas que no son tan de uno, a veces el camino se vuelve más hostil porque uno se aleja de su voz que, en definitiva, es lo único que tenemos. Yo siempre disfruto mucho cuando voy a ver un espectáculo y veo un universo personal. Por ahí no tiene nada que ver con el mío, pero siempre hay ahí una verdad, una sensación de alguien expresándose que es valiosa. Diría eso como faro. También me lo digo a mí, cuando me ofrecen proyectos ese es el faro para saber si puedo hacerlo, si lo puedo hacer mío o me va a estresar. Diría que no hay que perder el disfrute de hacer y para mí el disfrute de hacer es expresar algo de uno, más allá del resultado. 

Paula—Yo también pienso que hay que ser fiel a la propia voz y después también rodearse de gente que esté alineada con vos; trabajar con amigos, con gente con la que te guste estar y compartir; armar un equipo de buena gente. Pasarla bien no es menor mientras uno está trabajando. Nosotras lo recuidamos eso. Por supuesto que trabajamos con rigurosidad pero cuidamos que sea un espacio para pasarla bien. 

También hay que dejarse ayudar. Nosotras somos mucho de consultar, de preguntar, de mostrar ensayos. Hay que dejarse ayudar por gente que uno valora la opinión. Eso me parece que a nosotras también nos sirve un montón, ¿no?

María—Sí, entender la ayuda en el sentido de lo grupal. Para que eso tan de una salga afuera también necesitamos la mirada de un otro porque a veces uno desconfía, tiene miedo. También es importante no olvidarnos de lo poderosos que son los buenos maestros, tanto para lo técnico como para lo humano y el alma porque te iluminan. A veces lo que uno necesita no es tanto una corrección profunda de la estructura dramática sino que digan “Si, podés, hacelo”. 

Paula—Hay que generar una red. Nosotras tenemos a Silvia Giusto, a Azul Lombardía, amigas que se dedican a lo mismo, que están ante cada estreno, ante cada cosa. Otro consejo es no trabajar solo porque a veces la dirección o la dramaturgia son solitarias. Si bien estás dirigiendo un grupo no le podés transmitir tus inseguridades, tenés un rol de guía. Para mí está buenísimo hacer red con gente que está en la misma que vos y compartir los procesos. 

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