Así fue como un pueblo inglés logró vencer la peste en el S XVII

martes, 27 de octubre de 2020 · 10:47

En el siglo XVII, los habitantes de Eyam frenaron el avance de la peste bubónica poniéndose en estricta cuarentena.

Ahora, en plena pandemia del coronavirus, este pueblo del centro de Inglaterra se inquieta ante la llegada de visitantes que ignoran las consignas.

Debido a la pandemia, el museo que traza la historia de este “pueblo de la peste”, con 30,000 visitantes cada año, decidió no reabrir sus puertas tras las vacaciones invernales.

Y es que más de la mitad de sus voluntarios tienen más de 70 años.

“Antes de la ciencia”

En 1665, la peste bubónica llegó a esta localidad desde Londres, 250 kilómetros más al sur, llevada por unas pulgas en las telas compradas por el sastre local.

Con los meses, la plaga mató a docenas de personas.

Entonces, el rector de la Iglesia de Eyam, William Mompesson, con la ayuda de su predecesor Thomas Stanley, logró convencer a los feligreses de confinar completamente la aldea para luchar contra la enfermedad.

El confinamiento duró seis meses y los aldeanos establecieron un sistema para cortar todo contacto con el mundo exterior, pero no el comercio: en una gran roca con orificios situada a las afueras del pueblo dejaban monedas empapadas en vinagre, el único desinfectante conocido en la época. Los aldeanos de los alrededores les dejaban comida.

“Todo lo que decidieron hacer fue muy efectivo”, dice la historiadores Francine Clifford.

“Pero pagaron el precio”: en 14 meses murieron unos 260 vecinos, una proporción considerable de la población de Eyam, estimada en hasta 800 habitantes antes de la plaga.

Al vencer a la peste, “un pequeño pueblo en el norte de Derbyshire hace 350 años marcó la diferencia”, afirma Plant. “Si funcionó hace 350 años, y hacemos lo que tenemos que hacer, funcionará de nuevo en 2020”.

Sin embargo, para noviembre de 1666, la enfermedad había desaparecido y su confinamiento había impedido que se propagara más al norte.

“Se sacrificaron y funcionó”, dice Joan Plant, de 73 años, descendiente de uno de los supervivientes.

“Aunque el número de víctimas fue terrible, la mayoría de gente sobrevivió”, dice el reverendo Gilbert, “lo superaron y la vida comenzó de nuevo”.

En ese momento, la iglesia estaba cerrada para luchar contra la peste, pero los fieles se reunían fuera para rezar, a unos tres metros unos de otros.

 

 

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