A propósito de la presentación de Periodismo estilo comando de Mónica Vecco

Rastrilladores de bosta

por Alejandro Sánchez-Aizcorbe (Escritor, periodista y catedrático)
jueves, 23 de diciembre de 2021 · 19:22

por Alejandro Sánchez-Aizcorbe. (Escritor, periodista y catedrático)

Especial desde Baltimore, Estados Unidos.

 

Rastrilladores de bosta es una traducción de muckrakers, palabra que en inglés designa a un conjunto de periodistas y escritores americanos que a partir de la década de 1890 afilaron la pluma para criticar la corrupción política y los monopolios industriales en los Estados Unidos.

 

Fueron sin duda dichos rastrilladores quienes contribuyeron a denunciar la pasmosa corrupción de los Estados Unidos de aquel entonces. Iniciaron con ello una tradición periodística que, amparada en la primera enmienda a la constitución de los Estados Unidos, ha servido para revelar hechos que de otro modo no se habrían conocido o se habrían conocido de manera distorsionada en favor de sus perpetradores.

Las atrocidades de la guerra de Vietnam, la renuncia de Nixon, las revelaciones de Wiki Leaks, la inexistencia de armas de destrucción masiva en Irak, los Panamá Papers, los Pandora Papers, y el seguimiento cotidiano de la Internacional de la Ultraderecha, del nazismo, el fascismo y el falangismo revitalizados, no sería posible sin el periodismo de investigación.

 

Sin este noble oficio tampoco habríamos conocido la formación de la Internacional de las Dictaduras, que agrupa, en el contexto de la neo Guerra Fría, a los gobiernos de Rusia, China, Irán, Bielorrusia, Siria, Corea del Norte, Nicaragua, Cuba (desgraciadamente) y Venezuela. Debido a su quiebra económica, en parte causada por las sanciones de Washington y la Unión Europea, la Habana y Caracas justifican la represión y el asesinato de opositores y periodistas en varios de los países mencionados.

De manera semejante, haciendo eco al restablecimiento de la libertad de prensa en el Perú a partir de 1980, Mónica Vecco, Edmundo Cruz, Gustavo Mohme, César Hildebrandt, Ángel Paez, Gustavo Gorriti y el mismo Enrique Enrique Zileri, entre otros, cogieron el toro de la información por las astas. Se dedicaron a historiar la década sangrienta que conduciría a la dictadura de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, y a la formación de la mafia fujimorista. Esta mafia ya ha establecido nexos operativos con la Internacional de la Ultraderecha.

 

Merced también al periodismo de investigación que nos reúne hoy día, en Alemania, en la Región Metropolitana de Nürnberg, se ha formado la Alianza contra el Extremismo de Derecha. Es de esperar que sigan naciendo y confederándose este tipo de organizaciones en el mundo entero, pues debemos lidiar con el peligro para la humanidad que ofrecen los sueños de dominación planetaria de la ultraderecha y de la ultraizquierda.

 

Luego del breve e intenso tratado sobre la historia y teoría del periodismo de investigación, Mónica Vecco pasa a la “pepa” de su obra, es decir, a la práctica. En siete capítulos de riguroso y ágil relato, lleno de las peripecias que supone el oficio, la autora aborda casi todos, si no todos, los factores que marcaron el ascenso, el estrepitoso colapso y la huida vergonzosa de Fujimori y Montesinos.

La corrupción nefanda del gobierno de Fujimori y de su familia empezó a destaparse en 1992 con el escándalo de la venta, en tiendas de Miraflores y San Isidro, de la ropa usada que el gobierno de Japón había donado para los damnificados del fenómeno del Niño. Le cupo el acierto de darlo a conocer a la recientemente fallecida Susana Higuchi, por entonces primera dama. Mónica Vecco reporta lo que Higuchi declaró:

 

“Tengo el nombre de los sitios y sé muy bien quiénes son!”

 

La primera dama se refería a sus cuñados Rosa y Santiago Fujimori y a Clorinda, esposa de Santiago. El arranque de honestidad le valió a Susana Higuchi encierro y torturas, inclusive electroshocks, y un intento de envenenamiento con Parathon o Folidol, según ella perpetrado por el mismísimo Alberto Fujimori. Junto con Vladimiro Montesinos y otros socios, Alberto Fujimori podría actuar en las páginas más repugnantes del marqués de Sade. Durante una de sus declaraciones, Susana Iguchi dijo:

 

En una anterior oportunidad, y ante las mismas testigos, Rosa Barrera de Milla y Teresa Guima y la finada Nelly Maldonado Harris de Gamarra, [Alberto Fujimori] me trató de agredir con un machete … un machete el doble de esto, una hoja doble … Antes de entrar al desayuno y en una actitud así y con una cara endiablada. Tuve que gritar todos los nombres de mis amigas, quienes vinieron corriendo. Y entonces, con un machete … más que el doble que este, se puso a embadurnar su mantequilla en su pan (https://www.diariovoces.com.pe/53040/testimonios-revelados-torturas-susana-higuchi)

El escándalo de la ropa usada, relata Mónica Vecco, fue el preludio del autogolpe del 5 de abril de 1992. La suerte estaba echada. “Esa noche”, recuerda la autora, “un grupo de soldados con un comandante al mando irrumpió en la redacción en pleno cierre. Acababa de producirse el famoso mensaje a la nación en el que Alberto Fujimori anunció el cierre del Congreso de la República … Al día siguiente, salió a la calle una edición memorable de La República con amplios espacios en blanco (que hasta hoy atesoro), que hizo patente la censura que ese día se aplicó sobre sus contenidos. Por primera vez en mi joven carrera conocí el tremendo impacto de la página en blanco. Nunca me había sentido tan orgullosa de ejercer mi oficio en un diario veraz.”

La satisfacción de buscar y encontrar la verdad, el orgullo que causa el cierre de un buen número, el encanto de haber destapado la vileza de un gobierno, son sensaciones y sentimientos que conocen Mónica Vecco, el legendario Edmundo Cruz y los periodistas que junto con ellos, arriesgando la vida, se enfrentaron al fenómeno de la dictadura de Fujimori y Montesinos que, como bien sabemos, tiene una grave secuela liderada por Keiko Fujimori, la hija que ha tenido el cuajo de negar las torturas que su padre le infligió a su madre.

Negacionismo, postverdad, revueltas antivacuna; réplicas de Donald Trump en Brasil, Argentina, Francia y Perú; ataques a la ciencia y a los científicos; asesinato de líderes ambientalistas y periodistas en México; penetración de la ultraderecha en las fuerzas armadas de los Estados Unidos y Alemania, y el fenómeno del sicariato en Colombia, México y Perú, constituyen algunos de los síntomas de un desorden mundial que, debido a la pandemia, se ha agudizado a extremos hasta hace poco inconcebibles.

 

Tal retroceso y consecuente brutalización de la vida cotidiana, aunados al cambio climático, presagian una época oscura, ansiogénica, distópica. Creo yo que la prosecución de la verdad, y de los valores que pueblan las páginas de Periodismo estilo comando, forman parte de la posibilidad de remontar la tormenta en que nos debatimos.

 

Vivo y trabajo en Baltimore, cuna de Edgar Allan Poe. Baltimore es relativamente pequeña, tiene un poco más de 600,000 habitantes, pero este año ya contamos más de trecientos homicidios, ocurridos por lo general en los sectores más pobres. Suena familiar? Evidentemente, no se trata de un fenómeno local.

  

Es en esta grave coyuntura internacional que el libro de Mónica Vecco nos reafirma en la lucha por la libertad de expresión. Mónica Vecco y Edmundo Cruz conocen muy bien lo que es plantarse con la guardia en alto frente a las amenazas de la dictadura, del terrorismo, de la corrupción y del narcotráfico.

El Perú y el mundo necesitan urgentemente periodistas como los sanmarquinos aquí presentes. Estoy seguro de que los alumnos y alumnas de Mónica sabrán seguir sus pasos; sabrán hacer universidad y hacer historia. Ejemplo y sabiduría de parte de su maestra no les faltan.

El periodismo es una de las profesiones más riesgosas. Disminuir su riesgo es un imperativo constante, porque el sadismo de las dictaduras de cualquier pelaje desea llegar, ha llegado y llega a suprimir casi absolutamente la libertad de decir lo que vemos y verificamos. El peligro funciona al mismo tiempo como atractivo y repelente. A los jóvenes que se proponen seguir la senda de Mónica Vecco, vale la pena recordarles lo que escribió João Guimarães Rosa: “Vivir es peligroso.” Pero no por eso vamos a dejar de hacerlo, agrego yo. Vale.

 

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