A propósito de la tragedia peruana

Castiga pero no mates

por Alejandro Sánchez-Aizcorbe y Marcela Valencia Tsuchiya (Escritores y periodistas. Especial desde EE.UU)
lunes, 19 de diciembre de 2022 · 19:10

por Alejandro Sánchez-Aizcorbe y Marcela Valencia Tsuchiya

(Escritores y periodistas. Especial desde EE.UU)

 

Con el imperativo suplicante del título de este artículo, un campesino peruano se dirigió a un terrorista de Sendero Luminoso.

Teniendo muy en cuenta y obedeciendo la súplica y la orden de aquel campesino, este y el próximo gobierno han de sentar las bases económicas, científicas, ecológicas, médicas, culturales y políticas en el mediano y largo plazo. Las bases de un desarrollo posible que eleve real y finalmente el nivel de vida tanto de los sectores rurales como urbanos.

En el tiempo desde que se instauró la economía llamada neoliberal en el Perú hasta el presente, ciertos sectores crecieron notablemente proporcionando empleo y salarios que hicieron entrar al mercado a estratos sociales que hasta entonces habían tenido ingresos demasiado bajos pero que ahora se afirmaban como propietarios, asalariados, consumidores, profesionales, científicos, médicos, marinos, soldados y policías actuantes en un organismo relativamente posible y probable, relativamente disonante, en el que convivirían el sector privado y el sector público. Tal era el proyecto nada desdeñable. ¿Qué sucedió? La cantidad de presidentes, congresistas, militares, empresarios, religiosos y gente de toda extracción que, como dijo un notable amigo, viven de y con la corrupción, tamaña cantidad y sus acciones fallidas explican el fracaso cualitativo de un proyecto sostenible en el tiempo y en lo que disponemos de planeta —que en el caso del Perú es una gran tajada.

Y es de la realización de tal proyecto en el Perú de lo que estamos hablando desde hace demasiado tiempo. La velocidad histórica de hoy en día contagia la delicia de una ola grande corrida a pecho en la Herradura de Semana Santa. La maravilla humana y ecológica que es el Perú constituye un paraíso demasiado grande como para convertirse en la mula de carga de reyezuelos, súbditos y súbditas, sicarios, capi de carteles, que en las resacas de su degeneración no ven más allá de sus nevadas naricitas y encima pretenden gobernar, mientras la gente que se debate en la pobreza extrema y en la pobreza encuentran en el delito un modo de vida como en Brasil, México, Colombia, etcétera.

   Es evidente que en las décadas que van desde la constitución de Fujimori hasta el presente, el proyecto neoliberal multiplicó el PBI en importantes áreas, empleando y dando acceso al consumo y al futuro a muchos trabajadores. Mal que bien nadie lo duda. Pero a la par han quedado escandalosamente irresueltos los problemas del carácter criminal —no nuevo sino inédito en su alcance e influencia— de sectores significativos de los poderes del Estado, de las fuerzas armadas, de la empresa privada asociada a ellos, y, por qué no decirlo, de la población en general puesto que quien calla otorga.

El proyecto neoliberal fracasó en lo tocante a la promesa de ascenso y movilidad social que el capitalismo moderno puede ofrecer. En estos años el Perú ha perdido la oportunidad de, por ejemplo, ser Uruguay. La menor población y los menores problemas del Uruguay no son excusa para que en el Perú hayan crecido, como lo han hecho desde la pandemia, la pobreza y la pobreza extrema, inaceptables desde todo punto de vista, cuyo control y erradicación son necesarios para que exista un proyecto de convivencia social mínimamente aceptable. En estos años el Perú ha perdido la oportunidad de alcanzar el bienestar que ha logrado Corea del Sur. Se repite la oportunidad? Creemos que sí. Si esta vez la perdemos, nos habremos contentado con el horror de la distopia, término creado por John Stuart Mill en una sesión de la cámara de los comunes a propósito de Irlanda.

No hay duda de que en el marco de la pandemia y la guerra, las dificultades han aumentado, y existen el ultrismo, el infantilismo, la ignorancia, la corrupción ecuménica, el narcotráfico, el lavado de activos, la minería ilegal, los feminicidios, el monopolio de la publicidad mediática entregado a un grupo económico, el tráfico de seres humanos, la esclavitud, el conflicto del VRAEM. Somos el primer o segundo productor de cocaína del planeta.

En el fracaso total o peligrosamente parcial han coincidido los gobiernos que el habitante peruano, constructor de cosmos y de sueños, ser de altura andina y profundidad marina, ha experimentado muchas veces sobre sus lomos, desde antes de los incas. Esos constructores de bienestar, de ciudades, fortalezas, templos, túneles, socavones, vías y puentes maravillosos, agricultores de la escarpa, compositores e intérpretes de música como la que le describía Cesáreo Martínez a Günter Grass en San Petersburgo mientras bailaban juntos! También nos referimos a esos sabidos que saben de todas las sangres, de todas las lenguas, que migran por el mundo entero, escritores, periodistas, ingenieros, músicos, empresarios, jornaleros, migrantes, que por mal gobierno y por corrupción generalizada decidieron abandonar el país de sus antepasados. A ustedes también nos referimos y con ustedes nos hallamos.

No nos cuenten los actuales políticos, empresarios, militares y religiosos cómo han conducido el país. Desde Fujimori el Perú ha estado bajo el relativo control de la empresa privada y del Estado, que han tratado de aplicar el modelo de la escuela de Chicago. En más o menos el mismo tiempo que a Corea del Sur le tomó convertirse en una potencia, el Perú ha multiplicado varias veces el PBI, pero ha perpetuado la pobreza extrema y la pobreza en un contexto de corrupción moral privada, estatal, política y militar. Quizá se haya alcanzado un punto de no retorno y el país ya se encuentre en la anomia. Hacemos votos por que no sea el caso.  

 Parafraseando a Victor Hugo, se trata de una revuelta del pueblo contra sí mismo y, en general, contra las reglas del juego que a todas luces ha experimentado un fracaso colosal aunque remediable.

Pues bien, el panorama es tan difícil que debemos apelar a las inteligencias, brazos y valentía dispuestos al trabajo, al sacrificio y a la honradez imprescindibles para el desarrollo económico y social; apelar a las comunidades universitarias científicas, artísticas y letradas, a las comunidades indígenas, a los colectivos de género, a las organizaciones de mujeres, a las fuerzas armadas, a los empresarios. Acaso se trate de la última ventana de oportunidad.  

El control de la violencia pasa por combatir el lavado de activos, la minería ilegal, el narcotráfico, y la compraventa de políticos y autoridades. La delincuencia común, el sicariato, el narcotráfico y el terrorismo han convertido a México en un duro ejemplo de violación de los derechos humanos, de desaparecidos, de feminicidios, de prostitución, de asesinato de periodistas, de masacres y facinerosos ocultamientos. El Perú puede seguir imitando a México y seguir llorando en la chinganita del Club Nacional, del clubcito exclusivo y del club provincial, o enfrentar los imperdonables errores, coimas, cobardías y cicaterías que han contribuido al estallido actual y nos mantienen en olor de mustia e inoperante antigüedad. No es feliz el rico rodeado de asesinos y ladrones; se convierte en una bestia más.

Debe cesar de inmediato el impulso dictatorial de acallar a la oposición por medios violentos. Si rechazamos las alas extremas de derecha e izquierda, nos queda libre la cancha para enfrentar inmensos desafíos de solución impostergable: el lavado de activos, la minería ilegal y el narcotráfico —tríada ya mencionada—, la precariedad del sistema de salud pública, la insuficiente gerencia del cambio climático (agua potable!), la producción de cocaína (VRAEM), la corrupción de no pocas capas del Estado, el monopolio mediático, la corrupción de ciertos elementos y factores de la empresa privada, del poder judicial y de las fuerzas armadas y policiales. Sigue la lista.

Nadie se salva. Mayor razón para optar por la salvación.

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