Nota de opinión

El mundo que viene con Trump

Por Mariano Saravia, magister en Relaciones Internacionales.
sábado, 9 de noviembre de 2024 · 19:12

El triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos sorprendió, no tanto porque no pudiera darse, sino con la holgura con que se dio, principalmente en el Colegio Electoral. Todos los pronósticos daban un resultado muy reñido, principalmente en los siete llamados «estados bisagras». Pero Trump se llevó todos los electores de esos siete estados claves. A esta altura, está confirmada la victoria trumpista en Carolina del Norte, Georgia, Pensilvania, Michigan, Wisconsin y Nevada, mientras que el último estado que sigue con el escrutinio es Arizona, pero el magnate lleva una considerable ventaja de casi cinco puntos. Hasta ahora, tiene 301 electores, pero con los de Arizona podría llegar a 312, contra 226 de la candidata demócrata Kamala Harris.

¿Cuáles son las razones de este triunfo, y cómo puede influir tanto dentro como fuera de Estados Unidos?

Por empezar, quiero decir que me parece un triunfo sobredimensionado, por dos motivos: las encuestas previas y el sistema de elección indirecta. El clima que se había instalado era de un final abierto, cabeza a cabeza, y que, incluso, el escrutinio sería lento y discutido. Nada de eso pasó, y entonces el contraste es muy grande, generando la impresión de un triunfo más amplio de lo que es. Porque si lo vemos en términos absolutos de votos, estamos hablando de 74 millones contra 70 millones de votos. Es un triunfo claro, pero no es una goleada. En porcentajes del padrón electoral, Trump saca el 50 por ciento contra el 48 por ciento de Harris. Sigue siendo un país dividido por la mitad, con una grieta social, cultural y política muy profunda. Esto es producto del sistema indirecto, porque la composición del Colegio Electoral no se condice con la voluntad popular. Allí, Trump puede terminar teniendo un 58 por ciento contra un 42 por ciento de Harris.

Lo que quiero decir con esto es que son elementos importantes para tener en cuenta a la hora de analizar el gobierno que vendrá a partir del próximo 20 de enero de 2025. El presidente tendrá una legalidad mucho mayor que su legitimidad como vimos recién. La legalidad dice, mentirosamente, que Trump tiene casi el 60 por ciento de apoyo, cuando en realidad la verdadera legitimidad marca que tiene el 50 por ciento. En plena función, esto puede ser un elemento de conflicto, aumentado por las formas de Trump más tendientes al grito y al insulto que a la escucha y a la negociación.

Un nuevo poder

Me llamó mucho la atención que, en su primer discurso de triunfador, en la madrugada del miércoles 6 de noviembre, Donald Trump remarcó varias veces el nombre de su movimiento MAGA (Make Again Grat America) y ni siquiera mencionó al Partido Republicano. Hoy por hoy, lo que existe y llegó para quedarse es el trumpismo, un movimiento que trasciende a su propio líder. Él asumirá con 78 años y culminará su mandato con 82, siempre es una incógnita cómo puede responder una persona a esa edad frente a la exigencia de la política de las grandes ligas. Por eso, parece ir preparando el recambio, y lo más visible es cómo les da juego a dos personajes de su entorno: el vicepresidente electo James Vance, de 40 años, un claro exponente de esa clase media blanca y trabajadora del llamado «cinturón de óxido», el Medio Oeste estadounidense que representa la decadencia industrial y la bronca de esa clase trabajadora venida a menos y cada vez más conservadora en lo cultural y social. La que se sintió abandonada por las políticas demócratas.

El otro ariete de Trump es el hombre más rico del mundo, Elon Musk. También un personaje controvertido, sudafricano de nacimiento, dueño de la red social X y un cruzado del neofascismo mundial. Al día siguiente de su triunfo electoral, durante una conversación telefónica con el presidente de Ucrania, Trump le pasó el teléfono a su amigo Musk. Más allá del contenido de la conversación, que no trascendió, el gesto muestra el poder político que va a adquiriendo el hombre que ya maneja gran parte de la logística del Pentágono a través de sus empresas Space X (lanzamientos y transporte espacial) y Starlink (satélites de comunicaciones y de Internet). ¿Estaremos caminando hacia otra realidad distópica en la que un reducido grupo de multimillonarios neofascistas tomen el poder que tuvo hasta ahora una enorme maquinaria de burócratas bipartidistas que han fracasado en nombre de algo llamado democracia?

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