Colombia

Una triste historia que traje de Cartagena de Indias

  Por Vidal Mario  (Periodista-Escritor-Historiador)                      
sábado, 17 de febrero de 2024 · 21:15

Por Vidal Mario (Periodista-Escritor-Historiador)                                             

 

Primero recordaré que en esa joya colombiana cargada de belleza que es Cartagena de Indias, Gabriel García Márquez nació como escritor.

Allí, todas las mañanas “El Gabo” iba al diario El Universal, donde había conseguido trabajo. Allí construyó una hermosa casa, a orillas de su amado mar Caribe.

En la Universidad de Cartagena, fundada por Simón Bolívar en 1827, están guardadas las cenizas del creador de Cien años de Soledad.

Un día, en la Plaza de los Mártires, el telegrafista Gabriel Eligio Márquez le gritó a su hijo que, si seguía con su idea de ser escritor, terminaría comiendo papel.

Ocurrió lo contrario: ese hijo suyo terminó siendo una de las más importantes figuras de la literatura del siglo XX, y en 1982 ganó el Premio Nobel de Literatura.

Fundada a orillas del mar Caribe el 1 de junio de 1533, esta ciudad es en la actualidad un cofre lleno de historias. Un cofre del que cada cual puede extraer la historia que más le conmueva.

Fue mi caso: mi visita al Castillo de San Felipe me llevó a elegir la siguiente historia, ocurrida en 1815.

 

El sitio de Cartagena

El hecho al que me refiero sucedió el citado año 1815 durante la revolución independentista de la actual Colombia (en esos tiempos, Nueva Granada), en momentos en que el futuro libertador Simón Bolívar estaba en la isla inglesa de Jamaica.

El 22 de julio de ese año, el realista Pablo Morillo llegó a la ciudad de Santa Marta para preparar desde allí la invasión a Cartagena, la cual, por su abundancia de cañones, fusiles y fortificaciones, era la principal plaza fuerte de América del Sur.

Al mismo tiempo y en forma sincronizada, Morales, otro militar español que en Venezuela ya era famoso por sus actos de crueldad, también marchó por tierra contra la insurgente Cartagena, cometiendo toda suerte de atrocidades, por el camino.

El mencionado Morillo llegó por mar el 20 de agosto, y empezó el calvario de los cartagineses. Atrapados entre el mar y la tierra, no habían tenido tiempo de evacuar a sus mujeres, a sus niños y ancianos, la mayoría de los cuales hallarían horrible fin.

Tres mil seiscientos soldados la defendían. Contaban con sesenta y seis cañones, pero las tropas españolas los doblaban en número, disciplina y calidad de armamentos.

Además de tener muy escasa cantidad de víveres, los sitiados no podían recibir auxilio de ninguna parte ni de ninguna naturaleza.

Cartagena se convirtió en un caos. El hambre y la peste comenzaron a hacer estragos, especialmente entre los niños y ancianos. La gente llegó a alimentarse con carne de caballos, burros, perros, gatos, y hasta ratones.

Pero nadie hablaba de rendición. La fama de las crueldades cometidas en otras partes por los españoles les impedía pensar en otra cosa que resistir hasta lo imposible.

El 25 de octubre, Morillo, el que sitiaba la plaza desde el mar, comenzó a bombardearla.

 

El Apocalipsis

En noviembre, la falta de alimentos empezó a mostrar su apocalíptico rostro entre los sitiados. Los soldados morían de hambre en sus puestos, las calles estaban sembradas de cadáveres, y los hospitales estaban llenos de moribundos sin más esperanza que morir.

A principios de diciembre de 1815, la cantidad de muertos por día superaba las trescientas personas por día.

Pero los cartagineses seguían resistiendo con un heroísmo de que hay pocos ejemplos en la historia de las naciones.

Todo era dolor y desolación. Recién cuando no tuvieron más remedio que admitir que no podían resistir por más tiempo, se prepararon para evacuar el lugar.

En la noche del 5 de diciembre de 1815, unas dos mil personas, todo cuanto quedaba de la población, se embarcaron en trece barcos.

Los españoles, desde sus barcos y sus baterías costeras, continuaban grandes destrozos.

Durante la travesía, el hambre y las enfermedades continuaron su obra de exterminio. Sin tiempo para alguna piadosa oración, los cuerpos eran arrojados al agua.

La cuestión es que solamente seiscientas personas lograron llegar y desembarcar en Haití.

Así terminó aquel sitio que pasó a la historia de Colombia como la más trágica de todas las que recuerde, aunque también les costó a los españoles la pérdida de cerca de tres mil hombres.

Por su triunfo, el rey de España otorgó a Morillo el título de Conde de Cartagena.

 

Siguieron las atrocidades

Pero no todo terminó allí. La entrada a Cartagena por parte de las tropas españolas fue seguida de las más atroces venganzas.

El otro general, Morales, que había comandado la vanguardia terrestre de los españoles, difundió un bando ofreciendo un indulto a todos quienes se presentasen voluntariamente.

Pero después hizo degollar a orillas del Caribe a unos cuatrocientos ancianos, mujeres y niños que habían creído en la sinceridad de sus promesas de que respetaría sus vidas.

Los fugitivos de Cartagena que en otros puntos cayeron prisioneros corrieron idéntica suerte, de tal manera que las primeras operaciones del “ejército pacificador de Nueva Granada” fueron marcadas por verdaderos arroyos de sangre.

¿Y la Iglesia? Bien, gracias. Nada bueno podía esperarse de la Inquisición de Cartagena, que ya mucho antes había declarado al patriota venezolano Francisco Miranda “enemigo de Dios y del rey, indigno de recibir pan, fuego y asilo”.

Nada bueno podían esperar los independentistas de una Iglesia que también había proclamado que un terremoto que redujo a escombros a Caracas y otras ciudades venezolanas el jueves santo del 26 de marzo de 1812 había un castigo del cielo por desconocer la soberanía de España.

Nada bueno podían esperar los patriotas de un brutal, ignorante y pro-español Tribunal de la Inquisición que había quemado públicamente todos los libros que no estuvieran escritos en español o latín por “contener principios impíos y heréticos”.

                                 

 

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