La palabra como raíz de nuestra cultura

El reconocido poeta, ensayista e intelectual Aldo Parfeniuk será uno de los escritores carlospacenses que además de participar en “Villa Carlos Paz rumbo al VIII Congreso Internacional de la Lengua Española” será anfitrión del evento.
martes, 05 de marzo de 2019 · 20:30

Villa Carlos Paz.- El reconocido poeta, ensayista e intelectual Aldo Parfeniuk será uno de los escritores carlospacenses que además de participar en “Villa Carlos Paz rumbo al VIII Congreso Internacional de la Lengua Española” será anfitrión del evento. 
Como previa a las actividades que se desarrollarán desde el 23 al 26 de Marzo, concedió una entrevista a El Diario de Carlos Paz.
 
¿Por qué y para qué se realiza este evento en Carlos Paz? ¿Qué lo llevó a participar?
 
Carlos Paz está haciendo acertadamente lo que también debieran hacer otras ciudades y pueblos de la Provincia con relación a este VIII Congreso Internacional de la Lengua Española que tiene como referente a Atahualpa Yupanqui.

Para mí es el ejemplo de una buena y oportuna apropiación –en el mejor  de los sentidos- de algo propiciado por el Gobierno de la Provincia, y que es bueno que sea aprovechado de diferentes maneras por distintas instituciones y localidades Para que no todo quede en la ciudad capital, como algo centralizado que hay que ir a buscar allá. 

Estamos haciendo uso del derecho a valernos de una inversión tan costosa, que pagamos todos los cordobeses, no solamente ampliándola democráticamente, sino aprovechándola para recibir gente de primer nivel y reflexionar con los vecinos sobre algo tan importante como son las cuestiones del lenguaje, los discursos, la cultura, la comunicación  y la identidad.

Se sabe que este es un Congreso armado en España. Van a venir los Reyes que nos “descubrieron”, a defender, en buena medida, el gran negocio del español en el mundo: la lengua como mercancía, y que económicamente está en alza; pero también habrá escritores y linguistas que representan otras ideas políticas y otras minorías linguisticas incluso de la misma España, como la catalana, vasca o gallega, y que curiosamente hoy se van imponiendo en la misma península al castellano oficial.

 
¿Qué beneficios cree usted que podemos recibir los de aquí?
 
Muchos y de distinto tipo. A nuestros vecinos podemos mostrarles de qué manera, mediante la organización de este tipo de eventos es posible recuperar algo del perfil que históricamente distinguió a Carlos Paz, que fue el lugar elegido por personalidades de la cultura universal para descansar y crear, como Manuel de Falla, Ernesto Sábato, Rogelio Yrurtia, Córdoba Iturburu, Leónidas Barletta, José H. Porto, Sigfrido Prager, Gumersindo Sayago, Jorge Martín Furt,  Edgar Bayley y tantos otros, y, en el orden  lingüístico-cultural, tomar conciencia, reflexionar y debatir sobre cuestiones de primera importancia.
 
¿Y en cuánto a lo más específico del lenguaje y el idioma?
 
 El panorama es amplio y complejo.  No hay nada en una cultura que no pase por su lengua; y al revés: no hay nada en una lengua que no pertenezca a su cultura.

Personalmente, mis intereses son muy puntuales, y en ellos se juntan filosofía, historia, sociología y poesía. Durante casi treinta años enseñé Antropología Cultural en la Facultad de Lenguas bajo la consigna de que los auténticos hacedores de los idiomas son los poetas: por eso Homero es el griego, Virgilio el latín, etcétera; del mismo modo que, más acá en el tiempo, Dante es el Italiano, Goethe el alemán, Shakespeare el inglés, Cervantes el español.   Sabido es que   “el idioma nos vino con las naves”, como decía Antonio E. Agüero, por eso la nuestra es una lengua de crianza, pero no materna. Las lenguas que había por aquí ( comechingón, aymara, quechua, mapundung, guaraní..) fueron subsumidas y en algunos casos devastadas, por más que con esfuerzo se intente rescatarlas, y estas Jornadas sirven también para plantear cosas como estas.  

Sabemos que cuando se pierde una lengua es como cuando el mercado, usando un monocultivo redituable (la soja) elimina plantas del ecosistema que aunque no den dinero son imprescindibles. La pregunta a responder es: ¿tenemos los argentinos una lengua que nos exprese, que nos represente?, ¿cómo, de qué está hecha?

 
¿Y usted cree que se puede dar respuesta a tamaña pregunta? 
 
Bueno, aparte de mi obra de poeta, los trabajos sobre Manuel J. Castilla que vengo haciendo desde hace años, mi trabajo académico en general creo que permiten demostrar una vez más que los poetas son los más sensibles oidores de las voces de nuestros vastos paisajes y regiones socio culturales, y es por eso que podemos esperar de sus palabras una lengua realmente materna, que nos represente: a partir de ellos (Castilla, Yupanqui, J.L.Ortiz, Escudero, Bustriazo, Pedroni, Discépolo…) yo escucho y siento las voces de mi pueblo y de mi cultura: siento que por fín hablamos como latinoamericanos, y que como poeta, humildemente, trato de contribuir con ello. 
No hay que olvidar que con cada lengua viene una cultura y una visión del mundo propia, que sin sus palabras originarias se tergiversan, o se pierden sus fieles significados, como ya muy bien lo anotara Colón en su Diario, en 1493, cuando decía que los árboles todos están “tan disformes de los nuestros como el día de la noche, y así las frutas, y así las yerbas, y las piedras, y todas las cosas…Que no hay persona que lo pueda decir, ni asemejar a otros de Castilla”, y cosas parecidas.
 
Pero normalmente las personas en este tiempo no pensamos, ni nos ocupamos diariamente de estas cosas: ¿esto es perjudicial?
 
Por supuesto; y así estamos…Los contenidos y los discursos digitales, cada vez más reducidos,  también achican el pensamiento: no hay que olvidar que pensamos con palabras. Y aunque a veces resulte incómodo, hay que volver a leer, escribir y manejarnos con más palabras, con más ideas, para evitar ser embaucados.  Hay que ejercitar la memoria y aprender del pasado: transmitirles las historias locales a nuestros hijos y nietos. Un lingüista contaba que, en ocasión de un tsumani que arrasó las islas Andamán, solamente se salvaron los de una isla que recordaron una historia: la que sus viejos abuelos les contaban, que decía que cuando el mar se retiraba hacia adentro, había que correr hacia las montañas.

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