Los venezolanos que dejaron su país y encontraron un hogar en Carlos Paz

Historias que conmueven, el dolor por el exilio y el sueño de construir una vida mejor.
jueves, 16 de mayo de 2019 · 21:23

Carlos Paz. Desde hace un tiempo, en las calles de Carlos Paz se escucha una tonada característica que resulta inconfundible. Cientos de venezolanos llegaron a nuestra ciudad como parte de un éxodo masivo que empezó hace cuatro años atrás y que se incrementó durante los últimos meses. Muchos de ellos tuvieron que vender sus casas, abandonar a su familia y armarse de valentía para emprender un viaje incierto. La mirada desde el exilio, el deseo de mejorar sus vidas, los sueños compartidos y la voluntad de hacer un nuevo hogar lejos de la tierra que los vio nacer. Historias que emocionan.

Se trata del mayor movimiento migratorio en la historia de Sudamérica, son casi tres millones de personas que dejaron Venezuela para radicarse en Colombia (el principal destino por su cercanía), Argentina, Estados Unidos, Brasil, España, México, Uruguay, Perú y Chile. En cada lugar donde se instalaron, recrearon una pequeña porción de su país, crearon comunidades que juegan al béisbol, cocinan platos tradicionales, bailan ritmos características y añoran el regreso. Gorras, camisetas de fútbol, calcomanías, siempre portan algo que los identifica como venezolanos, pero se muestran agradecidos por el recibimiento que tuvieron y las oportunidades que encontraron en Argentina.

Alí Rafael Rivas es secretario de la Asociación de Venezolanos en Córdoba y contó a El Diario: «El éxodo que se vive es inédito, producto de la crisis social y económica que está atravesando nuestro país. Somos miles los venezolanos que nos hemos radicado en Córdoba, yo pertenezco a la primera ola migratoria que se registró, pero indudablemente que en los últimos meses la cantidad de compatriotas que decidieron migrar es impresionante». «Somos profesionales, gente trabajadora que viene buscando un lugar donde poder vivir tranquilos y progresar. Yo soy consultor en comunicación, comercialización y marketing, me dedico a la organización de eventos corporativos y formé mi familia en Argentina».

Lijvet Trujillo nació en Caracas, vivió en Lechería (Anzoátegui) y en agosto de 2016 se radicó en la ciudad de Carlos Paz. Es dueña de una despensa ubicada en Avenida Perón 815 a la que sueña con bautizar como «La Venezolana», como la conocen todos los vecinos, y se dedica a cocinar comidas típicas de su país que fueron ganándose un lugar en el paladar de los argentinos. «El local quedó con el nombre anterior, La Esencial, porque no tenía plata para cambiar el cartel. Me mudé hace varios años, elegí la Argentina porque aquí vine varias veces de vacaciones y me gustaba mucho. Primero llegué a Buenos Aires, luego a Córdoba y finalmente a Carlos Paz. Los primeros tiempos no fueron difíciles, los peores momentos lo estoy viviendo ahora. Tuve que dejar el apartamento donde vivía, estoy viviendo en el local que alquilo y no tengo dinero para viajar a Venezuela a ver a mis padres. La situación que está viviendo el país es terrible, los impuestos son muy caros y cada vez me cuesta más subsistir. Al principio vivía bien y juntaba plata para enviarles a mis padres, pero ahora es imposible porque apenas si puedo sacar para mí. Si esto no mejora, no sé qué haremos»; aseguró Lijvet, quien hace las veces de embajadora de los compatriotas que llegan.

Miguel Valera está casado y tiene un pequeño de año y medio, llegó hace dos años a Buenos Aires y algunos días después se trasladó la ciudad. Es técnico agropecuario, supo trabajar en ganadería en Venezuela, luego estuvo un tiempo en Miami (Estados Unidos) y cuando volvió a su país, tomó la decisión de exiliarse cuando su esposa fue secuestrada. «Tuvimos que vender todo y venirnos. Me dedico a hacer peluquería canina en la Av. Libertad y en otra veterinaria de Córdoba y estamos saliendo adelante a pesa de toda la crisis económica. Yo llegué primero y luego vino mi esposa, dos meses después. Y aquí estamos instalados con mi mamá, mis hermanas y hasta la perrita, nos vinimos todos. Vengo de una ciudad pequeña que se llama La Victoria (Aragua) que está entre Caracas y Maracay, a dos horas de las costas venezolanas. Desde aquí, estamos viendo lo que está sucediendo a la distancia y deseamos que todo cambie, que se vaya este gobierno que hizo mucho mal. Yo tengo 47 años y estoy emprendiendo una nueva vida, pero me gustaría volver»; reconoció.

Una de las características del proceso migratorio es que generalmente, quienes eligen la ciudad de Carlos Paz aquellos venezolanos que no son oriundos de Caracas y las grandes ciudades, ya que aquellos se radicaron mayoritariamente en ciudades como Córdoba, Buenos Aires y Rosario. Sin embargo, Blanca González es caraqueña, tiene 39 años de edad y llegó hace dos años. «Me vine desde la capital de Venezuela para acá y vino conmigo toda mi familia, tengo dos niños de 3 y 6 años, mi mamá y mi esposo. Salimos en auto hasta una parte avanzada del país, tomamos un autobús y luego tomamos un vuelo por Brasil y llegamos a Foz de Iguazú. Seguimos en colectivo y llegamos un día después a Córdoba, tuvimos la bendición que una familia argentina nos prestó su casa y nos ayudó a abrir nuevos horizontes acá. Yo soy egresada de la Universidad Central de Venezuela, la mejor de mi país, soy socióloga y durante mucho tiempo tuve a mi cargo el control y seguimiento del plan de alfabetización tecnológica y enseñar a usar el computador a la población. Llegué y a los dos meses, tuve la posibilidad de conseguir un empleo en una pastelería de Carlos Paz. Después pasé a una empresa más grande y soy asistente de pastelería, ya me acostumbré al trabajo pero ha sido un cambio fuerte. He podido ver la vida con otra perspectiva, agradezco el estar acá y siento una gran esperanza de comenzar de nuevo». «Lo anecdótico de nuestro caso es que mi mamá se fracturó la pierna antes de salir y tuvimos que hacer el viaje con ella así, no la podíamos operar porque no había tiempo y ella se puso firme y nos dijo que viajaría así»; señaló.

Hace dos años, Yusner Rangel se radicó con su esposa y sus dos hijos en las sierras. Y poco tiempo después, su hija mayor llegó con su pareja. «Lo habíamos planificado hace un tiempo atrás por la situación que vivía el país, dejamos nuestra tierra y nuestra familia. Tengo muchos hermanos y mis padres allá, pero las condiciones para quedarse no estaban dadas. Vivíamos en la ciudad más fría de Venezuela, Mérida, y por eso cuando llegamos acá lo encontramos parecido a nuestra casa».

«Habíamos llegado al punto de tener que cruzar a Cúcuta (Colombia) para conseguir alimento, la situación nos llevó a emigrar y buscar una mejor calidad de vida. Yo era estudiante de arquitectura y cuando llegué aquí, me faltaba solamente la tesis. Somos cristianos y pertenecemos a una iglesia que tiene un templo aquí en Córdoba y eso hizo que pudiéramos pensarlo como un lugar para vivir. No nos gustan las ciudades grandes, así que llegamos a Córdoba y nos vinimos a Carlos Paz. Había un grupo de venezolanos importante y nos enteramos que una chica alquilaba una cabaña y recibía a personas aquí, vendimos nuestra casa y con eso pagamos el alquiler. Ahí comenzó todo, ahora estoy con mi esposa y mis hijos: una de 19 años, otro de 12 años y el menor de 5 años. Es triste ver lo que está pasando allá, pero la situación es compleja. Cuando llegué el dólar estaba en $15 y podía ayudar a mi familia en Venezuela, pero ahora trabajamos para resolver los gastos básicos mensuales y no podemos enviarles más dinero»; puntualizó en diálogo con este medio y aseveró: «Se necesita de un cambio muy importante, cambiar la mentalidad de nuestro pueblo. Estoy muy agradecido de esta tierra argentina y ha sido una bendición enorme para nosotros».

Una de las historias más emotivas es la de Maritza Quintero –una venezolana oriunda del estado Mérida que arribó a fines del año pasado- y habló de la difícil situación que le tocó vivir: «Yo soy madre soltera, tengo un solo hijo que lastimosamente tuve que dejar con su abuela y mi hermana. Aquí me recibió una familia muy querida que había tenido que huir de la dictadura argentina y que fueron recibidos en aquel entonces por mi mamá y mi papá, y de ahí nació una amistad hermosa. Ahorita son ellos los que me recibieron a mí en Cabalango. Estoy muy bien aquí, Argentina me abrió las puertas con mucho cariño y me dedico a trabajar como empleada doméstica. Estoy con una familia muy amorosa y espectacular y estoy siguiendo de cerca lo que está pasando allá. Me gustaría regresar a mi país, pero por ahora estoy con los planes de traerme a mi hijo este año».

Yrmary Sandoval y su esposo Joel Hernández tienen una familia ensamblada. Se conocieron cuando ella ya tenía dos hijos: Néstor Méndez y Luis Enrique Pérez, junto a quienes llegaron a la Argentina. En tanto, el hijo de Joel, se quedó en Venezuela. «El primero en llegar fue mi hijo mayor, que se instaló en Córdoba a través de un amigo que había venido y comenzó a estudiar la carrera de turismo. Nosotros estuvimos cuatro años tratando de migrar desde Maiquetía y estábamos estudiando la posibilidad de irnos a Ecuador, Chile y Argentina. Inicialmente, llegamos a Salsipuedes, en las afueras de Córdoba y yo vendía arepas para mantenernos. No pagábamos alquiler ni comida y luego se nos ocurrió empezar a publicar en Facebook y logré vender también. Después entré en el grupo de venezolanos en Córdoba de WhatsApp y me surgió la posibilidad de trabajar en un hotel en La Cumbrecita, me entrevisté y era un trabajo de mucama cama adentro. Al principio estuvo todo bien, pero luego tuve algunos problemas laborales y no pude continuar».

«Seguí buscando empleo y al tiempo, me enteré que necesitaban una recepcionista en un hotel de Carlos Paz y fui y me entrevistaron. Saqué dinero de donde no tenía y empezamos los trámites migratorios y el 3 de noviembre, comencé a trabajar. Los jefes con muy buenas personas y me ayudaron con un adelante para que mi esposo pudiese venir. En Venezuela, fui secretaria en empresas privadas y públicas y antes de venirme, trabajaba como asistente de recursos humanos para un instituto de prevención social y salud para los docentes. Con mucho esfuerzo, nosotros enviamos dinero a Venezuela. Allá somos cinco hermanos y tres estábamos en situación crítica, y están también mis papás. Nos gustaría poder progresar aquí y ayudar a los otros a que puedan venir, porque solos no pueden hacerlo, resulta muy costoso»; apuntó Yrmary, quien junto a su esposo decidió fundar además una empresa de amoblamiento. «Todos los venezolanos que nos vinimos a la Argentina, lo hicimos para trabajar. Y con mucho esfuerzo, esta semana arrancamos con un emprendimiento propio y si nos va bien, dejaré mi trabajo para ayudarlo a mi esposo».

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