Ayer en portada y seleccionada por el editor

Villa Carlos Paz en el New York Times

La fotografía que ilustra la nota.
lunes, 27 de julio de 2020 · 15:45

El pasado domingo 22 de julio, el prestigioso matutino norteamericano New York Times publicó una nota firmada por Noah Gallagher Shannon titulada «Viaje al interior de las temibles tormentas de Córdoba». Con epicentro en Villa Carlos Paz, los científicos recolectaron información a finales del 2018 y ahora estudian el clima extremo para comprender su funcionamiento y aprender algo sobre los monstruosos fenómenos climáticos del futuro.

El New York Times hace hincapié por sugerencia de su editor en la importancia de lo datos que obtuvieron de los lugareños de Berrotarán, La Carlota y de los fenómenos que van modificándose a raíz del cordón montañoso que rodea el destino turístico Villa Carlos Paz. El artículo hace hincapié en la importancia que tuvo el estudio realizado en Córdoba, Argentina. El aporte que hizo para entender otros fenómenos registrados en zonas de Estados Unidos y del África, como Mozambique.

En un párrafo, la cronista relata su encuentro con una vecina carlospacense que le mostró piedras caídas en una tormenta.

«Un día, poco después del final del estudio, los meteorólogos me llevaron a las faldas de las colinas de Villa Carlos Paz para visitar a una mujer de nombre María Natividad Garay, que tenía en su poder lo que podría ser uno de los mayores granizos que se han recuperado en la historia. Su residencia, encajada entre un complejo de departamentos y un taller mecánico, incluía una modesta chacra así como varios departamentos y casas de huéspedes, algunos de los cuales alquilaban los meteorólogos argentinos afiliados al estudio. Al llegar encontramos a Garay sentada atrás en una silla, con la puerta ligeramente abierta para recibir la brisa refrescante.

Garay es una mujer de cincuenta y tantos que habla con cuidado, de cabello corto y marrón y la sonrisa templada y sosegada de quien es versado en el aburrimiento interrumpido de la vida en las llanuras. Al preguntarle sobre la tormenta que produjo el granizo recordó la fecha precisa —8 de febrero de 2018— y me dijo que la tormenta había durado exactamente 15 minutos, lo tenía grabado en la mente. Hacía treinta años que vivía en la zona, explicó, y aunque la región era conocida por las tormentas, eso era simplemente algo que la gente sabía. “Hay que experimentarlo de primera mano”, dijo.

Señaló varias cicatrices largas en el edificio del costado, lugares donde columnas enteras de ladrillo se habían descascarado. “Eso fue lo primero que vi”, dijo, “el granizo golpeaba las paredes transversalmente”. Un instante después sus tragaluces se hicieron añicos y el hielo invadió la casa. Dijo que el ruido era increíble, como un tren que atraviesa tu patio, delgado y distante al principio, y luego ruge sobre ti. Después de que el diluvio se detuvo, miró afuera y encontró el patio cubierto con lo que parecían fragmentos de vidrio lechoso. “No llovió para nada hasta que paró el granizo”, dijo, todavía sorprendida por la observación, un año después. Los meteorólogos supusieron que esta era la razón por la cual la piedra se había conservado sorprendentemente bien.

La sostuvo frente a nosotros. Era esférica y tenía casi el tamaño de una toronja. La mantenía envuelta en una bolsa Ziploc al fondo de su nevera. Era incapaz de decir por qué, exactamente, solo que le pareció un objeto digno de preservarse. Con ese tamaño aterrorizante y esa apariencia, ahí enterrado en su jardín, parecía de origen extraterrestre. Se inclinó y nos mostró los muchos miles de cristales que arañaban la piedra, algunos de los cuales ya habían empezado a fracturarse y a derretirse en su mano»; reza el artículo publicado en uno de los medios más importantes del mundo.

  

Párrafos de la nota donde mencionan a Carlos Paz en el New York Times

 

…La sede improvisada del estudio —de nombre RELAMPAGO, un acrónimo en inglés que juega con el español— ocupaba una serie de anexos y salas de conferencias entre una extensa finca blanca y un hotel en un rascacielos en el centro de Villa Carlos Paz. Las sierras, que se ciernen sobre el extremo oeste de la ciudad, pueden verse desde casi cualquier lugar en ambas sedes del estudio, lo que obstruye el horizonte. Cuando llegué al centro de operaciones del hotel, una tarde a mediados de diciembre, encontré a Nesbitt encorvado sobre un modelo de computadora en una habitación estrecha y acristalada. Nesbitt es alto y corpulento, tiene una barbilla redonda y hoyuelos y un cabello juvenil, y estaba vestido con pantalones cortos, una camisa tropical de manga corta y sandalias. Me condujo a través de una oficina abarrotada de servidores y computadoras, donde los estudiantes de posgrado monitoreaban imágenes satelitales, hasta un patio en ruinas que servía de oficina. Habían pasado cuatro o cinco semanas desde el último estallido de grandes tormentas, y el cielo sobre nosotros se alzaba enorme y vacío, excepto por una nube de cúmulo ocasional y solitaria que flotaba sobre las sierras, arrastrada por una brisa inusualmente agradable para la temporada (…)

…Lenardon y yo nos encontramos a principios de diciembre de 2018, durante el pico de una temporada de tormentas de verano, en la ciudad turística de Villa Carlos Paz, a unas dos horas en auto al norte de Berrotarán. Bajo de estatura y amigable, con grandes e inquisidores ojos negros y la figura forjada de un jugador de rugby, vestía una camiseta polo y llevaba una mochila repleta de libros y registros meteorológicos. Nos sentamos en una suite de hotel, donde Lenardon pasaba el día en una reunión con un grupo de científicos del gobierno y universitarios financiados por la NASA y el Departamento de Energía de Estados Unidos. El grupo estaba a mitad de una campaña de dos meses de cacería de tormentas en las Sierras de Córdoba y le habían pedido a Lenardon que se les uniera (…)

Por la mañana, los equipos estaban en la carretera mucho antes de las siete en punto, en dirección a una red rural de caminos agrícolas, cuatro o cinco horas al sur de Villa Carlos Paz. Los tres DOW se estacionaron en los puntos de un triángulo de aproximadamente 3900 kilómetros cuadrados, con la esperanza de que sus escaneos superpuestos formasen una red atmosférica lo suficientemente grande como para atrapar la tormenta. Los seis camiones restantes se desplegaron, posicionándose para lanzar globos meteorológicos y dejar caer cápsulas: estaciones meteorológicas resistentes que se asemejan a un aire acondicionado. La mayoría está estacionada en la tierra a lo largo de zanjas de riego, o en lotes vacantes de tierra, con cuidado para evitar depresiones que puedan inundarse, así como también silos y árboles, que pueden bloquear los radares, enganchar los globos o escindirlos en escombros. Con poco que hacer más que esperar, los equipos pasaron las siguientes horas en el envío de mensajes de texto con fotos de nubes y las carreras por empanadas de gasolinera.

Alrededor de las seis de la tarde, Angela Rowe, profesora asistente de la Universidad de Wisconsin-Madison que dirigía las operaciones del día, comunicó por radio desde el centro de operaciones que varias tormentas seguían un rumbo noreste hacia el triángulo. Pronto aquellos de nosotros que estábamos en el campo vimos como los cielos delante de nosotros se transformaban. Las nubes a lo largo del borde de ataque de la tormenta más septentrional se aplanaron, y enviaron zarcillos grises de bruma que rozaron el suelo. Mucho más arriba, el núcleo ennegrecido de la tormenta comenzó a burbujear, y giró hacia el cielo como una olla de pasta que se desbordaba. La temperatura se desplomó y aumentó vertiginosamente, el aire detonó con explosiones erráticas de polvo y lluvia. Al caer la noche, los relámpagos comenzaron a atravesar el cielo que se acercaba, y delinearon la forma retorcida de la tormenta en destellos estampados. A las 9:00 p.m., el viento comenzó a lanzar a los miembros del equipo hacia los lados, y los obligó a correr de un lado al otro entre los camiones, gritando para ser escuchados mientras luchaban por inflar globos y colocar cápsulas.

Al pensar en la mañana de finales de diciembre, cuando Berrotarán quedó sepultada bajo el granizo, lo que más pavor le da a Matías Lenardon es el recuerdo de la niebla. Recordaba que había fluido sobre el asentamiento agrícola en el norte-centro de Argentina en algún momento antes del amanecer. Pronto se había espesado más que casi cualquier bruma que el joven agricultor hubiera visto antes. Encapotó los campos de maíz y soya que rodeaban al pueblo y ensombreció los restaurantes y las carnicerías alineadas en la vía principal. Recordó que la niebla trajo consigo el aire fresco de la montaña de las cercanas Sierras de Córdoba, una cordillera cuyos picos más altos se elevan abruptamente de la pampa justo al noroeste del pueblo. Como cualquier característica única en un terreno plano, las sierras servían desde hacía tiempo como una suerte de faro en los miembros de la comunidad agrícola local, que las observaban para enterarse del clima que se avecinaba. Pero si Lenardon o alguien más en Berrotarán se detuvo a pensar en la bruma de esa mañana de 2015, fue solo porque les entorpeció su vista habitual de las montañas (...)

En aquel momento El Diario de Carlos Paz cubrió periodísticamente la estadía de los  científicos que desplegaron sus equipos de última generación en Villa Carlos Paz. El hotel elegido se transformó en su base de operaciones.

«Estamos aquí porque en Córdoba se originan muchas tormentas severas. Es un buen laboratorio para nuestra ciencia»; dijo el responsable del operativo denominado Relámpago. El objetivo de la iniciativa apuntaba a medir, conocer y pronosticar los fenómenos de la naturaleza. Los visitantes destacaron el apoyo de los argentinos del equipo Paola Salio, del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (Conicet); Celeste Saulo del Servicio Meteorológico Nacional y el cordobés Marcelo García.

 

Los cazas tormentas

Según datos científicos, la mayoría de las tormentas en Argentina se originan en Córdoba. Más aún, son las más poderosas del planeta por la altura que desarrollan las nubes. Para los investigadores existe un triángulo de interés en la provincia, la zona donde ocurren las "mejores" tormentas, con gran actividad eléctrica que son las que pretenden estudiar.

El gobernador Juan Schiaretti recorrió los camiones de Relámpago y conversó con los investigadores. El proyecto implicó una inversión de US$30 millones entre diferentes organismos y universidades de Estados Unidos.

A los «cazadores de tormentas» en Córdoba se le sumaron técnicos del Ministerio de Ciencia y Tecnología provincial en colaboración con la Facultad de Astronomía, Matemática, Física y Computación de la universidad nacional- los programas Cosechadores de Granizo y Cazadores de Crecidas para generar una base de datos a través de diferentes registros.

 

El día que llegaron

El Diario de Carlos Paz publicó «Coincidiendo con la lluvia ocurrida en el día de hoy, los recién llegados cazadores de tormentas comenzaron su trabajo en la ciudad. Los camiones se encuentran instalados en el terreno del Registro Civil y se apostarán en diferentes lugares de las sierras con el fin de realizar observaciones meteorológicas, ya que las provincias de Córdoba y Mendoza tienen un alto índice en tormentas».

«Somos científicos que estamos aquí, para recopilar datos sobre el severo clima que ocurre durante esta época del año», explicó uno de los especialistas que participa del programa. Y agregó: «De esta manera ayudaremos a la ciencia a comprender porqué son tan poderosas».

El Proyecto Relámpago cuenta con la colaboración del Gobierno Nacional Argentino, CONICET, Servicio Meteorológico Nacional, Universidad de Buenos Aires, la UNC, junto a instituciones educativas de Estados Unidos.

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