Del frente ruso al lago San Roque
Fue un «as» de la Segunda Guerra, quiso salvar a Hitler y terminó viviendo en Carlos Paz
Hans Ulrich Rudel, el piloto más condecorado de la Luftwaffe, se refugió en Villa Carlos Paz tras la guerra. Allí escribió libros, practicó deportes extremos y dejó una huella poco conocida en la historia local.En el corazón de Carlos Paz, frente a la actual terminal de ómnibus, vivió uno de los personajes más enigmáticos del siglo XX. Se llamaba Hans Ulrich Rudel, había sido el as máximo de la aviación alemana durante la Segunda Guerra Mundial y el único soldado en recibir la condecoración más alta del Tercer Reich: la Cruz de Caballero con Hojas de Roble de Oro, Espadas y Diamantes, otorgada una sola vez en toda la guerra.
Llegó a la Argentina en 1948, aunque existen dos versiones sobre su arribo: una lo ubica en un vuelo desde Roma el 8 de junio y otra asegura que cruzó desde Brasil por Paso de los Libres el 5 de julio. En Córdoba se presentó bajo el nombre de Emilio Mayer y fijó residencia en calle Alvear, en el chalet Mary, frente al lago San Roque. Con su pierna ortopédica —perdida en combate tras ser alcanzado por fuego antiaéreo—, se lo veía desplazarse en una motocicleta BMW de guerra, acompañado por su bulldog inglés, el primero que se vio en el pueblo.
Del mito bélico a las sierras cordobesas
Durante la contienda, Rudel se convirtió en leyenda. Voló más de 2.530 misiones, destruyó 519 tanques soviéticos, tres buques de guerra, 150 emplazamientos de artillería y 800 vehículos de combate, llegando a arrojar más de un millón de kilos de bombas. Incluso fue el primer piloto en hundir un acorazado sin ayuda —el buque soviético Marat— y descubrió la táctica de atacar a los tanques por detrás, donde eran más vulnerables.
Fue derribado 32 veces y herido en cinco oportunidades, pero jamás se rindió. Adolf Hitler lo consideraba el modelo perfecto del “soldado ario” y lo admiraba profundamente. De hecho, en los últimos días del Tercer Reich, Rudel se ofreció a volar su Stuka hasta Berlín para rescatar a Hitler, cuando el Ejército Rojo ya había cercado la ciudad.
Tal era su fama que Joseph Stalin ofreció una recompensa de 100.000 rublos por su cabeza. Su lema personal, repetido hasta su muerte, fue: “Nur der ist verloren, der sich selbst aufgibt” (“Perdido es solo quien se abandona a sí mismo”).
Un aviador entre montañas
Rudel llegó a Córdoba junto a otros técnicos alemanes convocados por el gobierno de Perón para trabajar en la Fábrica Militar de Aviones, en el desarrollo del Pulqui II. Allí se desempeñó como piloto de pruebas, pese a su pierna ortopédica.
En Villa Carlos Paz llevó una vida intensa y deportiva. Se arrojaba al río San Antonio desde el puente central durante las crecidas, practicaba tenis y se convirtió en uno de los primeros andinistas de la provincia. En 1953 escaló el volcán Llullaillaco, en Salta, y en 1956 coronó el Aconcagua junto al ingeniero Karl Morghen, también ex técnico de la Fábrica Militar.
Compartía su casa con Ursula, una mujer alemana que creía viudo a su esposo, el doctor Juergen Leyerer, desaparecido en el frente ruso. Pero un día el médico apareció vivo en Carlos Paz, y —según testimonios locales— los tres convivieron un tiempo en la misma vivienda, una historia que bien podría inspirar una novela.
Enredos políticos y vida secreta
La posguerra lo mantuvo bajo la mirada de las potencias aliadas. En 1952, una reunión clandestina en Berlín lo proclamó “nuevo Führer” del Partido del Imperio Alemán, lo que provocó que Alemania pidiera su extradición a la Argentina. En su chalet de calle Alvear, investigadores hallaron cartas del grupo Adolf Hitler y correspondencia del fascista británico Oswald Mosley, dirigida a Juan Domingo Perón, solicitando que Rudel regresara a Europa por su “valor para el mantenimiento de la civilización”.
Aunque nunca fue condenado por crímenes de guerra, Rudel se mantuvo fiel al ideario nazi, lo que le generó tensiones con oficiales argentinos que simpatizaban con los Aliados. En 1955, tras la Revolución Libertadora, fue detenido en Carlos Paz e interrogado en Buenos Aires bajo cargos de falsificación de documentos, pero pronto recuperó la libertad y se marchó del país.
Años después, se convirtió en empresario y representante de la fábrica alemana Karl Mengele & Sohn, viajando por América Latina con pasaporte legal. Su red de contactos incluía al dictador paraguayo Alfredo Stroessner, con quien mantuvo amistad y realizó gestiones secretas relacionadas con armamentos.
Escritor y figura polémica
En Carlos Paz, Rudel dedicó parte de su tiempo a escribir. Publicó el libro “2.500 vuelos contra el bolchevismo” y más tarde “Pilotos de Stukas”, cuya primera edición argentina de 1958 se conserva en la Biblioteca José H. Porto. También redactó ensayos políticos como “Nosotros, los soldados del frente” y “Nuestra opinión sobre el rearme de Alemania”, donde justificaba una nueva guerra contra la Unión Soviética.
Sus textos fueron traducidos al inglés y al alemán, y reeditados en 1990, aunque su contenido ideológico generó rechazo en Europa. Aun así, Rudel siguió siendo una figura de culto entre los nostálgicos del nazismo, y un personaje incómodo para la diplomacia alemana.
Últimos años y regreso al mito
En 1974, ya como empresario, volvió a reunirse con Perón en la Quinta de Olivos, foto que los diarios publicaron al día siguiente, causando malestar en la embajada alemana. Cuatro años después, durante el Mundial de Fútbol 1978, visitó en secreto a la selección alemana alojada en Ascochinga, presentándose con una acreditación que lo identificaba como “asesor personal” del DT Helmut Schön.
Esa fue su última visita a Córdoba. Falleció en Alemania el 18 de diciembre de 1982, a los 66 años. Durante su funeral en Dornhausen, dos cazas Phantom de la Luftwaffe sobrevolaron el cementerio a baja altura en un homenaje no autorizado. Nadie asumió la responsabilidad del vuelo, pero el gesto selló su despedida como el último as de la vieja aviación alemana.
Un legado entre las sierras
Entre los vecinos de la vieja Villa Carlos Paz aún sobreviven recuerdos y anécdotas sobre aquel extranjero enérgico que nadaba en el río, subía cerros con una pierna de metal y escribía libros en soledad. Su vida osciló entre el heroísmo, la ideología y el mito, y convirtió a esta ciudad serrana en una nota al pie de la historia mundial.
En la Biblioteca José H. Porto, su libro “Pilotos de Stukas” sigue siendo un testimonio tangible de su paso por el lugar, donde el hombre que una vez hizo temblar los cielos de Rusia halló, entre montañas y lagos, su improbable refugio.
Nota: Este trabajo se apoya en materiales del Archivo Histórico de la Municipalidad de Villa Carlos Paz, recopilados por Eldor Bertorello dentro de Encuentros con historias sueltas.