Fernando Fuentes: la elegancia de una época que se apaga

lunes, 4 de mayo de 2026 · 01:58

Por Luis Hernán López

 

En los últimos años, el mundo de Fernando Fuentes se había vuelto pequeño. Íntimo. Doméstico.
Su casa en Villa Independencia era el centro de todo: allí compartía los días con sus hijos —Fernandito, Belén y Martín—, sus nietos y Adriana Quevedo, compañera de vida y memoria.
Pero incluso en esa calma había estilo. Fernando esperaba el otoño. Lo esperaba como se espera una ceremonia. Cuando el sol caía más manso, sacaba la reposera al patio y se entregaba a ese ritual silencioso de broncearse. Como a los veinte. No por salud —eso nunca fue lo suyo—, sino por elegancia. Como si el tiempo pudiera todavía dialogar con su figura, como si ese tono dorado acentuara, una vez más, sus inolvidables ojos azules.
Sin embargo, para contar a Fernando Fuentes hay que ir hacia atrás. Mucho más atrás.
A la Villa Carlos Paz de fines de los años ‘60, ‘70 y buena parte de los ‘80. Una ciudad que no era esta. Una villa serrana con otra respiración, donde el día y la noche tenían peso propio, donde los veranos eran largos y las noches, interminables.
Allí nació una estirpe: la de los dandys. Y Fernando era uno de ellos.
Solterón codiciado, dueño de una presencia que no pasaba desapercibida, organizaba su vida en torno a cuatro pasiones: volar, esquiar en el lago San Roque, reinventar la noche en su boliche Tempo —sobre calle Echeverría— y ese rito inalterable de almorzar con su madre, la entrañable Coca.
“Mi abuela nos hacía parar en la puerta cada vez que llegaba alguna pretendiente —recuerda su sobrina Daniela Pallaro—. Con mis hermanas decíamos que éramos sus hijas… y salían espantadas”.
La anécdota, entre risas, revela algo más profundo: Fernando era familia antes que nada.
“Nos llevaba a esquiar, a hacer piruetas en el agua”, suma su sobrino César Imparato.

Adrenalina, aire y noche

El lago San Roque era entonces una pista abierta. Un escenario donde la velocidad y la destreza se volvían espectáculo. Fernando tenía su propia lancha y una pasión evidente por el riesgo medido.
Pero también miraba al cielo: “Mi viejo tenía más de 300 horas de vuelo”, recuerda su hijo Fernando, hoy vinculado a la aviación, como si esa herencia no hubiera sido una elección sino un destino.
Y después estaba la noche. Tempo, primero. Matilde, más tarde.
Dos nombres que aún resuenan en la memoria nocturna de la ciudad. Espacios donde Fernando no sólo era dueño: era anfitrión, creador de clima, arquitecto de encuentros.
Su vida, vista en perspectiva, parece haber estado siempre al borde de algo: de la velocidad, del deseo, de la intensidad.

El amor y la pausa

A fines de los ‘70, Villa Carlos Paz ya brillaba como plaza teatral. En ese escenario apareció Adriana Quevedo: actriz en ascenso, figura del cine nacional, protagonista de una época en la que el teatro de verano marcaba el pulso del país. Había trabajado con Leopoldo Torre Nilsson y compartía cartel con figuras como Moria Casán.
El encuentro fue inevitable: “Yo fui el responsable”, admite Remo Capovila, amigo de ambos. “Para Fernando fue amor a primera vista”.
Adriana lo cuenta con una sonrisa intacta: “Cada noche me mandaba a buscar con un hombre distinto… hasta que le dije que parara, porque parecía que tenía un novio nuevo todos los días”. 
Fernando recorría la ciudad en un Jeep Willys negro. Después vendrían otros autos, otras escenas. Pero algo cambió.
Porque el dandy, el seductor, el hombre de la noche, eligió detenerse.
Con Adriana llegó la vida familiar. Martín ya estaba en el camino. Luego vendrían Fernandito y Belén. Y con ellos, otra forma de habitar el tiempo: menos vertiginosa, más profunda.

Cuando se va una época

Ayer no sólo se despidió a Fernando Fuentes. Se despidió algo más difícil de nombrar.
Las calles de Villa Carlos Paz, poco a poco, se van quedando sin esos nombres que construyeron una identidad. Sin esos hombres que no sólo vivieron la ciudad, sino que la interpretaron a su manera.
Ya no están Miguel Neder, Ricardo Riofrío, el “Cheto” Bianchetti… Y la lista sigue.
No es sólo el paso del tiempo. Es otra cosa. Es la sensación de que una ciudad puede seguir en pie y, sin embargo, dejar de ser la misma.
La Villa no desaparecerá por la caída de sus casas ni por el avance del cemento. Desaparece —o se transforma definitivamente— cuando se apagan sus personajes.
Fernando Fuentes fue uno de ellos. Y en su despedida, silenciosa y cargada de memoria, se fue también un modo de vivir, de mirar, de estar en el mundo. Una elegancia. Una época.

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